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El declive de Bagdad dos décadas después de la guerra, espejo para Teherán

La capital iraquí sigue intentando recuperarse de la destrucción y el estancamiento económico que siguió a la invasión estadounidense de 2003

Una pareja conversa en el histórico Café Shabandar de Bagdad el pasado 25 de abril.Natalia Sancha

“El Cairo escribe, Beirut publica y Bagdad lee”, reza un conocido proverbio árabe sobre los roles culturales que jugaron estas capitales en el pasado. Una grandeza venida a menos que convirtió a la Bagdad de mediados del siglo XIX en uno de los faros intelectuales de Oriente Próximo. El prestigioso mercado de libros de la capital iraquí se extiende hoy en el barrio de Al Mutanabbi, que toma prestado su nombre de uno de los mayores poetas árabes. Da la espalda al Tigris y ante él se abre un paseo lleno de librerías ambulantes, ...

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“El Cairo escribe, Beirut publica y Bagdad lee”, reza un conocido proverbio árabe sobre los roles culturales que jugaron estas capitales en el pasado. Una grandeza venida a menos que convirtió a la Bagdad de mediados del siglo XIX en uno de los faros intelectuales de Oriente Próximo. El prestigioso mercado de libros de la capital iraquí se extiende hoy en el barrio de Al Mutanabbi, que toma prestado su nombre de uno de los mayores poetas árabes. Da la espalda al Tigris y ante él se abre un paseo lleno de librerías ambulantes, cafés concurridos por artistas e intelectuales, retratistas callejeros y bancos donde los ciudadanos se sientan a leer al sol. Basta caminar 200 metros para toparse con el emblemático Café Shabandar y volver de golpe a la realidad.

“Aquí estalló el coche bomba matando a 80 personas e hiriendo a docenas”, dice señalando la calle Omar al Jushali, dueño del café que presiden las fotos enmarcadas de sus cuatro hermanos y un sobrino muertos en el atentado suicida que reclamó Al Qaeda en 2007. Entre sus muros, varios clientes fuman chicha y sorben té con limón, mientras una elegante pareja conversa animadamente.

Más de dos décadas después de la invasión de Irak por parte de Estados Unidos, que dejó decenas de miles de muertos, desató una guerra civil e impulsó el nacimiento del grupo yihadista Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés), la capital del país, de ocho millones de habitantes, sigue intentando recuperarse de aquella destrucción. Un declive que ahora muchos ven como espejo en el que pueda reflejarse Teherán, la capital de Irán, tras otra ofensiva lanzada en la región por EE UU junto con Israel, de fracasar la actual frágil tregua de dos semanas.

Desde 2003, la economía iraquí ha bailado al compás de la guerra y del precio del petróleo. Antes, al ritmo de las sanciones estadounidenses y de la ONU. La invasión de Estado Unidos hundió el PIB cerca de un 40%, hasta unos 17.000 millones de euros al cambio, tras el colapso del Estado y la paralización de la actividad, según los datos del Banco Mundial. Desde entonces, con entre el 90% y el 95% de sus ingresos estatales dependientes del crudo, el país ha vivido al ritmo de los precios del barril y de conflictos como la guerra civil de 2006‑2008 o la lucha contra el Estado Islámico entre 2014 y 2017, que devastaron infraestructuras clave.

La crisis energética de 2022, provocada por la invasión rusa de Ucrania, volvió a llenar las arcas del Estado, abriendo unos años de optimismo social y reconstrucción que la guerra en Irán amenaza con volver a frustrar. A pesar del repunte económico, dos décadas después de la invasión, Irak sigue sin diversificar su economía ni reconstruir servicios básicos: el empleo público concentra cerca del 42% del mercado laboral total, y el país continúa siendo un petroestado frágil, como demuestra el impacto del cierre del estrecho de Ormuz, que este mes ha hundido en un 70% los ingresos estatales.

No se avista un solo extranjero en el Café Shabandar, que se fundó en 1904 y un mes atrás era un destino predilecto de turistas. En sus muros cuelgan fotos de dignatarios extranjeros, intelectuales, políticos o poetas árabes.

No lejos de allí se yergue el Sarai de Bagdad, palacio que sirviera de sede al gobernador otomano de la provincia. El río Tigris serpentea a través del país, partiendo la capital en dos: la oriental Rusafa y la occidental Karj. La milenaria Bagdad rezuma historia por los poros de sus rotondas, plazas y vestigios de las diversas civilizaciones que la han habitado, incluidas las huellas de la devastación que ha dejado una retahíla de guerras e invasiones, desde la mongola en 1258 hasta la estadounidense en 2003.

Parte de su historia se exhibe en el Museo Nacional de Irak, que dirigiera la arqueóloga y espía británica Gertrude Margaret Lowthian Bell. La señorita Bell fue un personaje clave en la delineación del Estado de Irak tras la I Guerra Mundial y la instauración de la dinastía hachemita en la figura del rey Faisal I bajo el mandato británico. El monarca se hizo cargo del funeral de su amiga, que se suicidó en su casa de Bagdad el 12 de julio de 1926 con una sobredosis de barbitúricos. “No viene casi nadie”, se sincera Jaula Ali, cuya familia lleva cuatro generaciones cuidando de la modesta tumba de Bell y de las del resto del Cementerio Británico de Bagdad.

Entre las históricas plazas sobresale la de Tahrir (liberación, en árabe) y símbolo de la independencia de la tutela británica en 1932, donde los iraquíes se han manifestado posteriormente contra Sadam Husein, contra el gobierno en 2019 por la situación de corrupción y desempleo, y este pasado sábado contra la guerra en Irán. Hoy se empapela con los rostros de los líderes de las milicias del llamado eje de la resistencia asesinados en Irán, Líbano o Irak.

Cortes de luz en un país rico en crudo

A diario se registran cortes de electricidad en la metrópoli de un país que posee la quinta mayor reserva de petróleo del mundo. La histórica tempestad que cubrió la ciudad a finales de marzo, anegando sus calles, puso en evidencia una vez más la decadencia de unas infraestructuras que en el pasado causaron envidia en la región. La invasión estadounidense (2003 a 2011), arguyendo unas armas de destrucción masiva que nunca existieron, sumió al país en un retroceso de décadas. Aquel año el Museo Nacional también fue saqueado.

Los años de lucha contra el Estado Islámico (ISIS, entre 2014 y 2017) constituyen otro lastre de esa invasión contra la que surgió el grupo terrorista, dejando también su huella de destrucción. La ciudad quedó marcada por atentados suicidas y, una vez más, se vieron aplazados los planes de reconstrucción.

En el bullicio de los cafés, los clientes aseguran que en los últimos cuatro años por fin empezaba a despegar el país, con la reconstrucción de puentes y carreteras y nuevos negocios. El edificio del nuevo Banco Central de Irak, diseñado por la renombrada arquitecta iraquí Zaha Hadid, se alza sobre el horizonte como símbolo de las ambiciones de un país por recuperar la grandeza pasada. O el nuevo y fastuoso centro comercial Iraq Mall, inaugurado apenas diez días antes de la ofensiva israeloestadounidense contra Irán; el más grande del país, con más de 500 tiendas de ropa y 150 restaurantes.

La incertidumbre generada por la guerra contra la vecina Irán amenaza con truncar ahora este impulso de bonanza. Los iraquíes cierran sus bolsillos ante el temor de que el Estado no pueda seguir pagando los sueldos de funcionarios, con la caída en más de dos tercios de los ingresos del petróleo en el mes de marzo por el cierre del estrecho de Ormuz, en unas arcas estatales que dependen en un 90% de las exportaciones del crudo.

A las cicatrices de la ciudad se suman ahora los ataques cruzados con misiles y drones, como el que impactó en marzo en la sede de inteligencia iraquí en el barrio de Al Mansur, a pocos metros de la embajada española, matando a un oficial. Pese a la creciente inestabilidad, allí ha quedado a cargo la embajadora Alicia Rico.

Aparte de reforzar las relaciones bilaterales, la delegación española también vela por la reducida comunidad de un “centenar de nacionales” que queda en el país. La número dos, Carmen Buján, administra el grupo de WhatsApp Españoles en Irak “para que los ciudadanos se sientan constantemente acompañados”, explica la diplomática. Alemania ha cerrado su sede colindante a la española, y otras como la estadounidense, objetivo de los ataques de milicias iraquíes proiraníes en la capital, se parapetan en la llamada zona verde detrás de bloques de hormigón y concertinas, en un pedazo del centro de la capital al que no tienen acceso los iraquíes de a pie.

Más allá de las heridas al patrimonio y el declive de las infraestructuras, los iraquíes temen que la postura de su Gobierno, que condena “la agresión contra la soberanía de la vecina Irán” y tensa sus relaciones con la aliada Washington, les devuelva a la era de las sanciones internacionales, que sumió a la población en la más absoluta miseria y vació el país de médicos, intelectuales e ingenieros. “Yo vengo de una familia de clase media, pero cuando era un adolescente mis padres no podían ni comprarme zapatos nuevos por las sanciones”, cuenta en el barrio de Karrada, y desde el anonimato, un escritor iraquí de 46 años.

Medio millón de niños murieron en Irak en la década de los noventa debido a las consecuencias de las restricciones económicas impuestas, según concluyó un informe de la ONU. Las declaradas intenciones de las Administraciones de Donald Trump y Benjamín Netanyahu de poner fin ahora en Irán a “un programa nuclear muy avanzado”, forzar “un cambio de régimen” y alentar un levantamiento de la población interna mediante duras sanciones económicas —junto a las voces que plantean una invasión terrestre de la República Islámica y el reparto de armas a la oposición interna— resuenan como un déjà vu en la capital iraquí. Allí crece el temor a que la vecina Teherán, con sus infraestructuras modernas y su milenario patrimonio, pueda verse devastada y empujada a décadas de retroceso, siguiendo los pasos de Bagdad.

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