Ir al contenido

Trump aumenta la presión contra Irán mientras sopesa una acción militar

Como hizo a Venezuela antes de la intervención del 3 de enero, el presidente de Estados Unidos lanza un ultimátum a Teherán para que renuncie a su programa nuclear

Vuelven a sonar los tambores de guerra en la Casa Blanca. Un mes después de la intervención militar que capturó al presidente Nicolás Maduro en Venezuela, el objetivo es ahora Irán, el país que Estados Unidos ya bombardeó en junio pasado para castigar su programa nuclear y al que ya estuvo a punto de atacar de nuevo hace dos semanas ante la violenta represió...

Suscríbete para seguir leyendo

Lee sin límites

Vuelven a sonar los tambores de guerra en la Casa Blanca. Un mes después de la intervención militar que capturó al presidente Nicolás Maduro en Venezuela, el objetivo es ahora Irán, el país que Estados Unidos ya bombardeó en junio pasado para castigar su programa nuclear y al que ya estuvo a punto de atacar de nuevo hace dos semanas ante la violenta represión de las protestas contra el régimen. El presidente Donald Trump, acosado por la indignación en torno al violento comportamiento de la policía de inmigración en Minneapolis y por la publicación de nuevos documentos de los archivos de Jeffrey Epstein, ha confirmado que ha lanzado un ultimátum a Teherán para alcanzar un acuerdo por la vía diplomática. No ha querido decir cuándo expira.

Se impone una sensación de déjà vu a los meses previos antes de la operación en Venezuela: las reuniones en la Casa Blanca para presentar distintas opciones; las intensas negociaciones diplomáticas vía intermediarios; la presentación de ultimátums y de amenazas de uso aniquilador de la fuerza; la acumulación de un vasto despliegue militar en la zona.

“Una gran armada, una flota se dirige hacia Irán, y es mayor incluso que la que teníamos cerca de Venezuela… Veremos qué ocurre. Puedo decir una cosa: ellos quieren llegar a un acuerdo”, aseguraba Donald Trump este viernes a la prensa en el Despacho Oval. Estados Unidos exige el fin del programa nuclear iraní y la entrega del uranio enriquecido en territorio del país de los ayatolás. También el fin de la represión contra los manifestantes, la cancelación del apoyo a las milicias radicales islámicas en Oriente Próximo y el cierre del programa de construcción de misiles balísticos.

Son unas condiciones que Teherán percibe como una rendición. Y difíciles de cumplir: sus misiles son su última línea de defensa contra su gran enemigo regional, Israel. Y el uranio enriquecido de que dispone está a muchos metros bajo tierra, sepultado bajo los restos de las instalaciones nucleares atacadas.

Presencia militar reforzada

Mientras tanto, Estados Unidos refuerza su presencia militar en la región hasta niveles no vistos desde que bombarderos B-2 lanzaron bombas de 13 toneladas contra las instalaciones nucleares iraníes en junio. Esta semana ha entrado en aguas de Oriente Próximo el portaaviones Abraham Lincoln, con su grupo de escolta de tres destructores equipados con misiles, y se dirige a su destino definitivo, a donde llegará en los próximos días. El buque lleva a bordo aviones de guerra F-35, los más modernos de la fuerza aérea estadounidense, cazas F-18 y EA-18 Growler para la guerra electrónica.

Además, ha reforzado su presencia militar con docenas de cazas F-15, y sistemas de defensa aérea antimisiles THAAD y Patriots, que se suman a las 40.000 decenas de miles de soldados que la potencia norteamericana ya mantiene en bases militares en el golfo Pérsico. Mientras tanto, en sus bases en Estados Unidos, otros bombarderos se encuentran en estado de alerta elevada, como ocurría en vísperas del ataque que ordenó Trump el pasado junio contra objetivos nucleares iraníes.

El secretario de Estado, Marco Rubio, describió el despliegue en una comparecencia esta semana ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado como una medida preventiva “sabia y prudente” en caso de que Irán decidiera atacar objetivos estadounidenses “al alcance de sus misiles y sus drones”. Pero el jefe del Pentágono, Pete Hegseth, se mostró más beligerante. “Estaremos preparados para acometer lo que este presidente espere del Departamento de Guerra (la denominación preferida de esta Administración para el Departamento de Defensa)”, ha prometido.

El ministro de Exteriores de Irán, Abbas Araghchi, se ha mostrado dispuesto a entablar conversaciones con Washington, aunque no a cualquier precio. “Una negociación basada en amenazas, intimidación y exigencias unilaterales e ilegítimas no puede ser eficaz, y la República Islámica de Irán ciertamente no tolerará tales enfoques”, subrayó.

Su país también ha advertido que, en caso de ataque, respondería con golpes contra objetivos militares estadounidenses en la región, y podría atacar Israel o a los aliados árabes estadounidenses en la región. Ante la perspectiva de posibles hostilidades inminentes, el precio del barril de petróleo se disparó este viernes por encima de los 70 dólares.

Washington ve una oportunidad. Rubio aseguró en su comparecencia ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado que Irán se encuentra en su momento “más débil” en décadas tras la guerra de 12 días de junio pasado y los ataques israelíes de sus grupos aliados en Líbano, Gaza o Yemen.

Trump, por su parte, aún se regodea del éxito de la operación en Venezuela. Estados Unidos no sufrió ninguna baja mortal y la captura de Maduro ha disparado la tolerancia de sus simpatizantes —que le votaron para que no metiera al país en más de esas “guerras eternas” que lo sangraron económica y militarmente a comienzos de este siglo— a nuevas intervenciones en el exterior.

Una encuesta publicada esta semana por el digital Politico indica que el 65% de sus votantes apoya acciones militares contra al menos uno de varios territorios extranjeros, incluidos Irán, Groenlandia, Cuba, Colombia, China y México. De todos ellos, la República Islámica es el objetivo más popular: un 50% está de acuerdo con una intervención, una cifra que se dispara al 61% entre los estadounidenses que se describen como incondicionales del presidente.

Protesta convocada por Amnistía Internacional en Atenas en favor de los manifestantes iraníes. Foto: Louisa Gouliamaki (REUTERS)

Las opciones que su equipo de seguridad nacional ha presentado ante Trump incluyen incursiones en objetivos estratégicos dentro de Irán, según el periódico The New York Times. Otra posibilidad prevé bombardeos contra personalidades del régimen o entidades militares con la esperanza de precipitar una insurrección que deponga al líder supremo, Ali Jameneí. El republicano aún no ha tomado una decisión firme.

Pero el presidente ha criticado en el pasado a su predecesor Barack Obama, que en 2013 amenazó con la fuerza si Siria utilizaba armas químicas contra su población y acabó incumpliendo sus advertencias, apuntaba esta semana Jason Brodsky, del Atlantic Council, en un análisis de este laboratorio de ideas. “Combinado con la debilidad iraní, y su mensaje muy público (a los manifestantes) de que la ayuda está en camino, esto motivará al presidente a actuar”, predice. A Trump le gustan las operaciones militares rápidas, precisas y espectaculares y “esta será su táctica probable, potencialmente combinando decapitaciones del régimen con la degradación del aparato militar y de seguridad iraní”, sostiene.

Irán, sin embargo, no es Venezuela. Es un país de casi el doble de tamaño, más poblado —92 millones de habitantes, por 28 del país caribeño— y con un ejército muy superior al de Caracas. Los riesgos que acarrea una posible intervención son mucho mayores: tanto de extender y alargar el conflicto —un tabú para sus seguidores opuestos a las “guerras eternas”— como de no consumar sus objetivos.

En su comparecencia ante el Senado, Rubio reconoció esos riesgos. Gestionar un cambio de régimen, y por supuesto una tutela similar a la impuesta a Venezuela, sería “mucho más complejo”. “Espero que no lleguemos a eso”, apuntó, mientras reconocía que “no hay respuestas simples” a la pregunta de quién podría suceder a Jameneí en caso del fin del sistema actual. “Es una pregunta abierta. Nadie sabe quién le sustituiría”, admitió el secretario de Estado.

Ante estos obstáculos, las monarquías petroleras aliadas de Estados Unidos en el golfo Pérsico, a las que Trump tanto respeta personalmente, han tratado de disuadir a las partes de un choque de consecuencias impredecibles. Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos han advertido de que no permitirán que su territorio se utilice para cualquier tipo de ataque al país vecino. Esta semana, el ministro de Defensa saudí, el príncipe Kaled bin Salman, viajó a Washington para reuniones con la Administración republicana. También se desplazó a la capital estadounidense para tratar sobre Irán el jefe de la inteligencia militar israelí, el general Shlomi Binder.

“Al final, el desafío para Estados Unidos no es deponer al régimen iraní, sino gestionar una confrontación a largo plazo de manera que limite las ambiciones iraníes, proteja los intereses estadounidenses y deje la carga del cambio político interno donde corresponde: dentro de la sociedad y el sistema político iraníes”, escribe Danny Citrinowicz, exjefe de la inteligencia militar israelí.

Archivado En