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Oriente Próximo, un orden posgenocidio

Irán es una obsesión compartida por Trump y Netanyahu, aunque de forma distinta. Con esa fisura cuenta Teherán para reprimir a una población que agoniza

Si 2025 fue un año terrible para Gaza, para Palestina en general, 2026 no promete mucho.

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Si 2025 fue un año terrible para Gaza, para Palestina en general, 2026 no promete mucho.

Netanyahu y Trump siguen discutiendo, en persona en Mar-a-Lago o por teléfono si llega el caso, no solo el porvenir de Israel / Palestina, sino de toda la región. “América (el continente) para los americanos (los estadounidenses)”, reza la doctrina Monroe-Trump. “Y Oriente Próximo para Israel”, repica el mantra sionista.

Irán es una obsesión compartida por ambos líderes, aunque de forma distinta. Y con esa fisura cuenta el régimen de Teherán para seguir existiendo y reprimiendo a una población que agoniza.

La falta de una verdadera respuesta a los ataques de junio contra sus instalaciones nucleares expuso las limitaciones de Irán. Pero una cosa es bombardear puntualmente objetivos estratégicos iraníes —como es previsible que Trump haga de nuevo— y otra lograr una insurrección generalizada que acabe con la República Islámica. A EE UU le interesaría esto último, pero sabe de la dificultad de la empresa tras casi medio siglo intentándolo. Y, sobre todo, no le interesa el caos en la región, algo previsible ante la falta de una alternativa interna iraní. Para Israel, la descomposición de Irán es política de Estado, tanto por Irán en sí mismo como porque desestabilizarlo debilita a Turquía, su otro gran enemigo.

Sin embargo, EE UU cuenta con Erdogan para la configuración de un orden neootomano: una región dividida en millets o Estados confesionales, como ha insinuado Thomas Barrack, embajador estadounidense en Ankara y enviado especial para Siria. Turquía es considerada por la Administración de Trump garante en Gaza y en Siria: es mediadora indispensable con Hamás y con el Gobierno de Al Shara.

Netanyahu es el primer interesado en la fragmentación y confesionalización de Oriente Próximo, pero a su manera. Desde 2003, con motivo de la invasión aliada de Irak, viene soñando con una pax israeliana, en expresión de Ghassan Salamé, politólogo y exministro libanés. Israel respalda a varios grupos kurdos y drusos que se han alzado contra el nuevo poder de Damasco, que a su vez cuenta con Turquía.

El Gobierno israelí ha dado varios pasos bien medidos en las últimas semanas.

Por una parte, ha reconocido como Estado independiente a Somalilandia, situado estratégicamente en el paso al mar Rojo y a 200 kilómetros de Yemen. Israel se ha quedado solo en este reconocimiento. EE UU no le ha seguido, aunque le ha respaldado en el Consejo de Seguridad de la ONU y se ha permitido comparar tal reconocimiento con el que numerosos países han hecho de Palestina. Turquía, Qatar, Arabia Saudí y Egipto han condenado este paso. Se vislumbra un nuevo eje de entendimiento que resultará decisivo para el futuro inmediato de varios conflictos, entre ellos el de Yemen y el de Sudán.

Por otra parte, Israel acaba de firmar un plan de cooperación militar con Grecia y Chipre, enemigos históricos de Turquía, y un acuerdo de seguridad con Alemania. Ambas iniciativas desnudan aún más la irrisoria política común de la UE sobre el genocidio en Gaza, al tiempo que incomodan a Turquía. Pero Erdogan, le ha recordado Trump a Netanyahu, es “muy buen amigo”, y EE UU está considerando “muy seriamente” venderle sus codiciados cazas F-35.

Lo que Netanyahu busca es la hegemonía absoluta de Israel en la región. Sin matices. Ya no se trata de la normalización de relaciones o la cooperación económica con los vecinos, algo que simbolizaban los fallidos Acuerdos de Abraham de la primera presidencia de Trump. Tras el genocidio de Gaza, que el aparato institucional israelí de propaganda se afana en archivar (en 2026 va a dedicar 750 millones de dólares a diplomacia pública, cinco veces más que en 2025), se trabaja en el entero sometimiento de Oriente Próximo.

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