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COLUMNA

La mujer, sujeto sexual

El principio de la inferioridad del sexo femenino y los sistemas masculinos de representación consiguen enturbiar su relación de la mujer consigo misma y con las demás

Una mujer sostiene una pancarta durante una demostración encontrar del machismo.
Una mujer sostiene una pancarta durante una demostración encontrar del machismo. AFP

Todos, hombres y mujeres, en teoría, son sujetos y objetos de deseo de otros. Todos somos sujetos corpóreos, reales y, por tanto, sexuados y sexuales, aunque apenas le demos valor a esta condición. Sin embargo, gracias a ella sentimos, pensamos, deseamos, soñamos, amamos, nos relacionamos, creamos... Los humanos no podríamos serlo sin ser sexuales y esta condición es un valor, un inconmensurable tesoro que nos estructura profundamente, pues transita todo nuestro ser.

Todos los individuos somos sujetos sociales e históricos. Nacemos en una sociedad determinada, que nos envuelve con sus significados, sus normas, mandatos, hábitos, papeles, tareas, modelos de comportamientos adecuados... Aprendemos a nombrar en ella y a relacionarnos con otros. Lo social se interioriza, se muta en palabras, en gestos, en narración existente, en cuerpos que sienten y piensan, sexuados y sexuales viviendo su tiempo junto a otros. Nos educan y nos socializamos en la aceptación de lo establecido, lo dicho y lo narrado, sin ser conscientes de ello. La conformidad con lo dado, con lo genérico, es un instrumento muy poderoso para perpetuar la realidad social vigente.

El orden patriarcal, en el que nos socializamos todos, encierra un hondo desequilibrio valorativo entre los sexos, inscrito en lo simbólico y en la realidad relacional que nos afecta. En él, el poder social lo sustenta el sexo masculino. El principio de la inferioridad del sexo femenino y los sistemas masculinos de representación, pretendiéndolo o no, vacían a la mujer de su significación de sujeto, y consiguen enturbiar su relación consigo misma y con las demás mujeres. La misoginia se instala en los dos sexos, convirtiendo a las mujeres en avergonzadas y culpables. La opresión de lo femenino y de las mujeres van de la mano, se unen en una trama de subyugación, que dificulta que las mujeres lleguen a ser sujetos en su existencia junto a otros, pues su sentido tiende a construirse al margen de ellas, en el olvido de sí mismas como sujetos en relación con otros.

Poco a poco, las mujeres aprenden a vivir como normal el desempeño del papel de sujetos sociales y sexuales de segundo orden, de sujetos subordinados o, incluso, cosificados, convertidos, a menudo, en objetos sexuales de uso y disfrute, que callan sus palabras. El sujeto mujer es usado y exhibido como objeto erótico, decorativo, accesible, comprable... Las mujeres se mutan en un producto del soñar de los hombres, se acostumbran a imitar a aquellas deseadas y valoradas por estos, a aparentar y a convertirse, sin ser conscientes de ello, en símbolos del poder masculino. La adaptación y la conformidad con su papel femenino son enaltecidas y reforzadas por medio de múltiples y diversos mecanismos.

A las mujeres se nos enseña a renunciar incluso a nosotras mismas, aprendemos que somos sobre todo para otros, para cuidarlos, nutrirlos, servirles en sus propósitos, amarles, ayudarles, sostenerlos emocionalmente... Y ser para otros también implica ser cuerpo para otros. La irracional aceptación de que nuestro cuerpo no nos pertenece es un elemento clave de la sujeción de la mujer en una sociedad patriarcal. También lo son la gestión de la sexualidad femenina y de la reproducción. El sujeto mujer enmudece en su papel de obediente, de seguir los mandatos de otros en la ignorancia de sí misma.

Las mujeres nunca deberíamos ser tratadas como cosas, como mercancías sexuales usables: no es justo, ni digno, ni humano. No se nos debe violentar por ser mujeres. Somos sujetos sexuales de igual valor que los hombres y derecho a nuestro desarrollo, personas capaces de dar vida, de crear mundos, de hacer crecer y modelar la vida de otros en cada instante vivido, en cada mirada de afecto, en cada caricia que alimenta el alma y da fuerzas al otro para seguir; sujetos capaces de transformar la realidad.

Las mujeres nos desenvolvemos en un constante conflicto entre la supuesta igualdad entre los sexos y la desigualdad real. Solo un posicionamiento consciente, decidido y tozudo frente al natural devenir de las cosas puede transformar la realidad relacional entre los sexos. La consciencia es el modo de ser sujeto. Se llega a ser sujeto comprendiéndose, considerándose y conduciéndose como tal.

Construirnos como sujetos sociales y sexuales es el gran tema de la libertad de ser. También las mujeres tenemos que cambiar y desprendernos de nuestras propias cadenas, interiorizadas en el proceso de socialización en un orden injusto. Tenemos que decidir con propiedad y elegir conscientes, sabiendo lo que realmente deseamos. El hábito de razonar se entrelaza con la libertad interna, al razonar creamos. Todo comportamiento comunica verdades. ¡Que nuestro comportamiento no trivialice lo femenino, que no sea misógino, que sea soberano!

Las mujeres tenemos que recordar que somos sujetos sexuales de igual valor que los hombres, sujetos deseantes, que deciden y actúan como sujetos, dueños de sus palabras, de sus cuerpos y de sus narraciones de vida. Tenemos que valorar nuestra condición sexual, respetar nuestra sexualidad femenina, nuestro particular desear e interactuar con otros de igual a igual, y jamás dejar de hacerlo. Nadie puede ser por nosotras. Nuestra vida es nuestro asunto más importante. Somos responsables de nosotras mismas, de nuestra personal narración de vida. ¡Hagamos que sea hermosa en su profunda humanidad y que podamos sentirnos orgullosas de nuestras creaciones. ¡Es hora de ser! Si no, ¿cuándo?