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Los nuevos barones ladrones son los magnates tecnológicos

Las grandes fortunas estadounidenses del siglo XIX intentaron imponer monopolios titánicos. Las grandes fortunas actuales quieren hacer lo mismo

Nicolás Aznárez

La primera vez que se aprobó una legislación antiinmigración es posible que fuera en 1879 y en un país donde la pulsión antiinmigración, con un tinte racista, ha estado siempre agazapada, pese a tener constancia de que la mano de obra extranjera era imprescindible para su desarrollo. Se trata de Estados Unidos, cu...

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La primera vez que se aprobó una legislación antiinmigración es posible que fuera en 1879 y en un país donde la pulsión antiinmigración, con un tinte racista, ha estado siempre agazapada, pese a tener constancia de que la mano de obra extranjera era imprescindible para su desarrollo. Se trata de Estados Unidos, cuyo Congreso y un presidente republicano llamado Chester A. Arthur pusieron en vigor, en 1882, la llamada “ley de exclusión china”, prohibiendo la llegada de trabajadores chinos durante, al menos, 10 años.

Era la época denominada Golden Age (edad de oro), en la que se habían creado enormes fortunas industriales y ferroviarias, parecidas a las fortunas tecnológicas que hoy nos deslumbran. La Golden Age, en la que esos trabajadores chinos, los famosos coolies, habían levantado con sus manos la impresionante red ferroviaria y telegráfica que facilitó el desarrollo de un país con una extensión física formidable y necesitado de vías rápidas de comunicación. Estados Unidos se convirtió en el primer productor mundial de acero, carbón, trigo o algodón. La ley estuvo en vigor mucho más de 10 años. Duró hasta 1943, 61 años, y solo desapareció cuando empezó la II Guerra Mundial y China se convirtió en un aliado de Estados Unidos, frente a Alemania y Japón.

Si algo caracterizó la Golden Age fue la aparición de fortunas como las de John D. Rockefeller, Andrew Carnegie o J. P. Morgan. En total, el 10% más rico de la Golden Age poseía el 70% de todas las propiedades del país. Su presencia en la sociedad estadounidense causó una conmoción parecida a la que causan ahora Elon Musk, Jeff Bezos o Mark Zuckerberg. Se los llamó durante mucho tiempo “barones ladrones” y eran menos discretos que los barones actuales. Sus fiestas, o sus colecciones de arte (el museo Frick, en Nueva York, contiene una increíble colección de cuadros de Veermer o Rembrandt), fueron famosas en su época.

En lo que sí coincidieron con los barones actuales es en su lucha permanente por no pagar impuestos y evitar cualquier tipo de regulación de sus negocios. Hasta la llegada al poder de personajes como Franklin D. Roosevelt no quedó claro que esas empresas habían alcanzado demasiado poder y eran capaces de provocar enormes crisis económicas. Para el presidente demócrata Roosevelt no se trataba de un problema de libre empresa, sino de empresas que habían alcanzado demasiado poder y estaban privilegiadas, como la que era propiedad de Cornelius Vanderbilt. Como escribió el historiador T. J. Stiles, “la expresión ‘barones ladrones’ evoca visiones de monopolios titánicos que aplastaron a competidores, amañaron mercados y corrompieron gobiernos”.

De hecho, algunos de esos barones atajaron huelgas contratando hasta a 300 agentes armados de la agencia de detectives Pinkerton, aunque la verdad es que ni tan siquiera con 300 rifles consiguieron su objetivo. Era una época, principios del XX, en la que los sindicatos estadounidenses habían desarrollado también poder y un enorme número de afiliados en todo el país. El historiador económico Hal Bridges dijo que el término representaba la idea de que los líderes empresariales de Estados Unidos en 1900 eran “en general, un conjunto de avaros sinvergüenzas que habitualmente engañaban y robaban a inversores y consumidores, corrompían al Gobierno, luchaban despiadadamente entre ellos y, en general, llevaban a cabo actividades predatorias comparables a las de los barones ladrones de la Europa medieval”.

La fortuna de los ahora llamados “siete magníficos”, es decir los siete líderes del mercado tecnológico (Apple, Microsoft, Alphabet, Amazon, Meta, Nvidia y Tesla), representa una concentración de riqueza y unos métodos de actuación sin precedentes en la economía de Estados Unidos, actuando como el principal motor de sus mercados financieros. La capitalización conjunta de estas empresas supera los 20 billones de dólares (un billón es un millón de millones), y Nvidia lidera el grupo con una valoración de 4,6 billones de dólares. En su libro Outsider in the White House (Verso Book), el senador demócrata Bernie Sanders escribe: “Creemos en este país; nos encanta este país; y nos condenaremos si dejamos que un puñado de barones ladrones controlen el futuro de este país”. Las prácticas comerciales y el poder político de los multimillonarios de Silicon Valley han llevado, con mucha razón, a su identificación con los anteriores barones ladrones. Repitamos, barones ladrones.

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