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La desintegración de un mundo que no volverá

En el futuro, no habrá ningún régimen global similar a los que existieron o se imaginaron. La historia se mueve y los sistemas surgen y caen, en ciclos que la acción humana no puede controlar

Sr. García

Cuando Antonio Gramsci escribió, en 1930, los textos que luego se denominaron Cuadernos de la cárcel, acuñó una frase que ha sostenido a los activistas progresistas durante varias generaciones de derrotas recurrentes: “La crisis consiste en que lo viejo está muriendo y lo nuevo no acaba de nacer; en este interregno, aparece una gran variedad de síntomas mórbidos”. Un año ant...

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Cuando Antonio Gramsci escribió, en 1930, los textos que luego se denominaron Cuadernos de la cárcel, acuñó una frase que ha sostenido a los activistas progresistas durante varias generaciones de derrotas recurrentes: “La crisis consiste en que lo viejo está muriendo y lo nuevo no acaba de nacer; en este interregno, aparece una gran variedad de síntomas mórbidos”. Un año antes, el pensador marxista más original del siglo XX y cofundador del Partido Comunista Italiano había escrito a su hermano Carlo para explicarle que ese análisis servía para su propio caso: “Soy pesimista por inteligencia, optimista por voluntad”. Con la salud arruinada tras más de una década en las cárceles de Mussolini —no podía comer alimentos sólidos y sufría convulsiones—, Gramsci murió de una hemorragia cerebral a los 46 años, pocos días después de terminar su condena, en 1937.

Gramsci formuló una tesis que todavía hoy sigue enmarcando el pensamiento de la izquierda: Occidente está atrapado en un estado patológico de desorden entre dos sistemas. Como se trata de un estado mórbido, es posible remediarlo si existe una decidida voluntad política. O así les gustaría creer a los progresistas, por lo menos. Porque la alternativa es la desesperación.

Pero la realidad es inflexible. No habrá ningún orden global similar a los que existieron o se imaginaron. El liberalismo y el socialismo se formularon en una época de supremacía occidental, un accidente histórico que duró unos siglos y que ahora está claramente acabándose. Los pensadores progresistas imaginan el futuro a través del prisma de sus pasados perdidos. La vida posterior es impensable.

El orden presidido por Estados Unidos, en su última encarnación, era una construcción neoliberal. Se proclamó que era inmortal en un olvidado “consenso de Washington”, pero lo que ha acabado con él ha sido precisamente el cambio de régimen en la capital estadounidense. El sistema que supuestamente iba a extenderse por todo el mundo ha desaparecido en su país de origen. Trump no solo ha hecho añicos el libre comercio. Ha adquirido participaciones en industrias estratégicas y, de esa forma, ha convertido el capitalismo estadounidense en una empresa dirigista gobernada por sus amigos y él. Al autorizar una investigación penal contra el presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, está socavando uno de los pilares fundamentales del orden neoliberal y la primacía del dólar estadounidense. El neoliberalismo como sistema funcional solo permanece semiintacto en la Unión Europea, un mercado libre continental que se tambalea, encerrado e impotente entre potencias mercantilistas depredadoras. Si decide tomar represalias contra las amenazas arancelarias de Trump, el último bastión caerá.

En vez de eternizarnos en un incómodo paréntesis, estamos volviendo a la normalidad histórica, en la que distintos regímenes —imperios y Estados nacionales, tiranías y repúblicas— compiten en alianzas cambiantes. China, aunque se incorporó a la Organización Mundial de Comercio en 2001, nunca ha aceptado la globalización del libre mercado y siempre ha querido instaurar su propio modelo estatalista. Pero no puede obligar a toda la humanidad a adoptar un único sistema económico, como tampoco pudo hacerlo Estados Unidos. La India no va a someterse al dominio chino, ni Japón se rendirá para convertirse en un Estado tributario. Vietnam y Filipinas se resistirán a incorporarse a las estructuras sinocéntricas. El eje del mundo se está trasladando del oeste al este, pero no vamos a tener un nuevo momento unipolar dirigido por China.

El sistema internacional construido después de la Segunda Guerra Mundial y el que teóricamente se instauró al terminar la Guerra Fría, están en plena demolición. En la Estrategia de Seguridad Nacional (NSS) presentada en diciembre de 2025, Estados Unidos renuncia por completo a ser garante de la seguridad internacional y, al mismo tiempo, reivindica la soberanía sobre el hemisferio occidental, el “corolario Trump” a la Doctrina Monroe, rebautizada como “doctrina Donroe”. El documento refrenda la aprobación por parte de Estados Unidos de la multipolaridad, la teoría —una realidad desde hace tiempo— de que ninguna potencia posee la autoridad suficiente para imponer su economía política en todo el mundo.

La intervención de Trump en Venezuela siguió el manual de estrategia de la NSS. El golpe que la Fuerza Delta del Ejército de Estados Unidos y la CIA llevaron a cabo en Caracas no fue un intento de cambio de régimen. Aparte de sustituir a Nicolás Maduro por quien ya era su vicepresidenta, Delcy Rodríguez, el aparato represivo del Gobierno permanece intacto.

La maniobra constituye una vuelta al Gran Juego [la pugna entre Reino Unido y Rusia por controlar Asia en el siglo XIX], con una salvedad crucial. Pese a toda la palabrería sobre el ascenso de una economía basada en la expansión infinita del conocimiento, lo que está impulsando la rivalidad entre las grandes potencias es la lucha por el control de unos recursos naturales que no son inagotables, es decir, lo mismo que empujaba a los imperios europeos. La IA está reinventando los límites del crecimiento. Si China está adelantándose en la carrera tecnológica es, entre otras cosas, porque cuenta con abundante carbón para alimentar los centros de datos que tanta energía consumen. La revolución digital se apoya en los combustibles fósiles y los recursos hídricos, cada vez más escasos.

Sin embargo, las enormes reservas petroleras de Venezuela tendrán poca utilidad en una guerra de recursos. Con una infraestructura destruida por la mala gestión, extraer el petróleo sería largo y costoso y habría que hacerlo en un entorno implacablemente hostil. El país contiene una plétora de milicias antigubernamentales, bandas leales a Maduro y cárteles criminales, entre las que hay incluso redes infiltradas por Hezbolá. A los directivos petroleros convocados por Trump a la Casa Blanca el 9 de enero no pareció entusiasmarles mucho la perspectiva de trabajar en un ambiente tan anárquico; el director ejecutivo de Exxon llegó a decir que “es inviable invertir” en Venezuela.

El interés por Groenlandia revela la misma lejanía de la realidad. No es la primera vez que Estados Unidos se plantea absorber la isla. El secretario de Estado William H. Seward, que compró Alaska a Rusia en 1867, sopesó adquirir Groenlandia, y también Harry Truman en 1946. La idea no prosperó, pero su ubicación en el límite del hemisferio occidental hace que sea complicado saber dónde reside la soberanía de la isla. La geografía es una de las razones por las que es imposible el fin de la historia. Rusia está militarizando poco a poco el Ártico y China ha empezado a decir que se considera un “Estado casi ártico”.

No obstante, los argumentos a favor de la anexión son endebles. Gracias a un tratado de defensa firmado con el Gobierno danés, Groenlandia alberga sistemas de alerta temprana de misiles balísticos que ayudan a proteger a Estados Unidos de ese tipo de ataques. La presencia estadounidense se puede reforzar en el marco de los acuerdos existentes. Anexionarse el territorio en contra de la voluntad de otros miembros de la OTAN sería una catástrofe para la seguridad europea. No solo la alianza atlántica se desintegraría de la noche a la mañana, sino que, sin la vigilancia de los satélites estadounidenses, Europa quedaría indefensa.

El efecto que causa esta perspectiva en las élites europeas es un ejemplo de disonancia cognitiva. Al mismo tiempo que Trump amenaza a los países europeos (incluido el Reino Unido) con imponerles nuevos aranceles si se oponen a que se adueñe de Groenlandia, Europa le necesita ofrecer garantías de seguridad a Ucrania. En Europa, la psicopatología eclipsa la geopolítica.

En un discurso pronunciado el 19 de enero, Keir Starmer se aferró al orden que está desapareciendo. Es una reacción comprensible: el cambio de régimen en Estados Unidos deja a Gran Bretaña en una situación casi imposible. El primer ministro predijo que el presidente estadounidense no recurriría a la acción militar. Starmer pasa por alto las palabras del propio Trump, que escribió en su carta al primer ministro noruego ese mismo día: “Ya no siento la obligación de pensar únicamente en la paz”.

Trump es un personaje demasiado solipsista como para dejarse guiar por una visión del mundo. Pero el subjefe de gabinete de Estados Unidos, Stephen Miller, la detalló en su nombre durante una entrevista con la CNN: “Vivimos en un mundo en el que, por mucho que se hable de sutilezas internacionales y todo lo demás, … vivimos en un mundo, el mundo real, en el que lo que cuenta es la fuerza, el poder… Estas son las leyes de hierro del mundo”.

La aparición de Miller era parte de una comedia negra. El “realismo” trumpiano no es una estrategia, sino un ejemplo de postureo performativo, una escenificación para causar efecto inmediato en el resplandor evanescente de las pantallas de los móviles. Seguramente, las empresas estadounidenses tienen tan pocos deseos de apresurarse a explotar los recursos de Groenlandia como los de Venezuela. Se encuentran enterrados bajo el suelo helado y no está claro qué beneficios hay en extraerlos. En cambio, China controla las tierras raras de África, Myanmar y otros países. Y ese es el problema: mientras los tiranos acumulan activos materiales, los adoradores del poder de la Casa Blanca persiguen fantasmas.

El verdadero interregno fue el orden encabezado por Estados Unidos. Estaba destinado a ser temporal y acortó su vida útil por extralimitarse. Los fantasiosos proyectos de construcción nacional fueron desapareciendo bajo los escombros esparcidos por la terapia económica de choque en Rusia y las arenas de Afganistán, Irak y Libia. Hoy en día, lo que queda del Occidente liberal lo está desmantelando su antigua potencia hegemónica.

Los regímenes van y vienen. Los cambios actuales coinciden con un momento de avances tecnológicos cada vez más rápidos. Desde finales del siglo XVIII, los visionarios progresistas han pensado que la tecnología era una fuerza unificadora. Tanto si la culminación era la tecnocracia jerárquica de Henri de Saint-Simon, como el comunismo igualitario de Marx, el mercado “espontáneo” de Hayek o el “capitalismo democrático” de Fukuyama, la lógica de la historia era una civilización planetaria basada en el modelo occidental.

Sin embargo, la historia no revela ninguna lógica de ese tipo, sino, en todo caso, lo contrario. Para empezar, la difusión de nuevas tecnologías desemboca en la democratización de la guerra. Una tribu fundamentalista sigue interrumpiendo cadenas de suministro vitales en el mar Rojo. Un dron hutí cuesta miles de dólares, mientras que el misil tierra-aire occidental lanzado para interceptarlo cuesta millones. Además, el progreso tecnológico no necesita el individualismo liberal. El Japón de la era Meiji se industrializó en el plazo de una generación sin incorporar los valores liberales y se convirtió en el primer país asiático capaz de derrotar a un imperio europeo, cuando venció a Rusia en la batalla naval de Tsushima en 1905.

Todas las probabilidades indican que, en el futuro, Estados Unidos seguirá siendo prodigiosamente innovador y sus divisiones seguirán alimentando su vitalidad inagotable, pero ya no será el pilar de un régimen mundial. En algunos círculos de MAGA se insiste en que Estados Unidos está actuando como corresponde al guardián de la civilización occidental, pero, en realidad, el régimen de Trump está dando a la izquierda hiperprogresista lo que siempre ha deseado: la deconstrucción de Occidente. Ese es el verdadero significado de “Estados Unidos primero”.

El año pasado, para resumir su análisis sobre la idea del cambio de régimen en la revista London Review of Books, [el historiador británico] Perry Anderson escribía: “El conflicto entre el neoliberalismo y el populismo, los adversarios que se han enfrentado en Occidente desde principios de siglo, se ha vuelto cada vez más explosivo, pese a que todos los aparentes reveses o concesiones del neoliberalismo no impiden que siga siendo dominante. Solo consigue sobrevivir a base de reproducir lo que amenaza con derribar, mientras que el populismo ha adquirido mayor magnitud sin desarrollar ninguna estrategia significativa. El pulso político entre ambos no se ha resuelto; nadie sabe cuánto se va a prolongar”.

Los ecos de Gramsci son inconfundibles. Occidente está encallado entre dos “modos de producción”. No existe ninguna gran teoría comparable a “los antiguos paradigmas keynesiano y hayekiano”, pero quizá tampoco sea necesaria: el Brasil de Getúlio Vargas en los años treinta y la China posmaoísta progresaron sin contar con ninguna “doctrina sistemática”. El detonante fue una gran conmoción: la Gran Depresión y la Revolución Cultural. “Si alguna vez desapareciera en Occidente la convicción de que no hay alternativa posible, es de suponer que será por algo comparable”.

Anderson, como Gramsci, da por sentado que cualquier cambio de régimen debe acabar produciendo un orden hegemónico similar. Piensa, con razón, que el neoliberalismo es un sistema internacional, más que un conjunto de políticas nacionales. Pero empezó a fracasar en unos cuantos países antes de desmoronarse en su conjunto.

La debacle neoliberal comenzó en Rusia al acabar la Guerra Fría. Un breve periodo de anarquía en el mercado dio pie a un capitalismo oligárquico, que, a su vez, se transformó en una variante radical del keynesianismo militar. La economía rusa se ha comportado mejor de lo que muchos predijeron, pero es dudoso que pudiera sobrevivir en situación de paz. Varias de sus regiones más pobres se han revitalizado gracias a la guerra. Las grandes bonificaciones concedidas a las familias de los soldados que perecieron en la trituradora humana les han permitido comprar coches nuevos y abrir restaurantes. Desmilitarizar la economía sería un empeño gigantesco que correría el riesgo de fragmentar un Estado vaciado. La Rusia de Vladímir Putin solo puede funcionar como máquina de guerra. Si se impone en Ucrania, no tendrá más remedio que expandirse.

En su dimensión ideológica, la Guerra Fría era una contienda entre dos proyectos de la Ilustración. Cuando terminó, Rusia volvió a ser un imperio euroasiático y a regirse por una ideología que era una versión corrupta de la ortodoxia oriental. Si Putin cae, el imperio podría desintegrarse como ocurrió tras la caída de los Romanov. Entonces fueron los bolcheviques quienes se aprovecharon. Esta vez podría ser China, atraída por los riquísimos recursos de Siberia. Si sigue existiendo el Estado ruso, será a la sombra de China.

La teocracia iraní también da señales de mortalidad. Las desesperadas condiciones económicas —una moneda en caída libre y una inflación disparada de los alimentos— han hecho insoportable la vida cotidiana. Cuando el shah cayó derrocado y regresó del exilio el ayatolá Ruhollah Jomeini, en febrero de 1979, mucha gente acogió la Revolución Islámica como un movimiento modernizador. Michel Foucault, destacada figura de la intelectualidad occidental, mostró su satisfacción por la ruptura con el “arcaísmo” del shah. Los suníes pensaron que tal vez estaban presenciando el nacimiento de un nuevo tipo de democracia islámica. La modernidad es amorfa y cambia con los acontecimientos.

Casi medio siglo después, quien encarna un futuro democrático para el país es el hijo del shah, Reza Pahlevi. Sin embargo, no parece que tenga muchas probabilidades. La ilegitimidad popular del régimen clerical es más evidente que nunca; su capacidad de ejercer una represión feroz es indudable. Una protesta espontánea que se originó en los bazares de Teherán se ha extendido hasta convertirse casi en un intento de revolución. Los bombardeos estadounidenses no pueden dictar el curso de una guerra urbana asimétrica ni su resultado político. Otros futuros posibles son que continúe la teocracia o se desate una larga guerra civil.

El engaño fundamental de la izquierda es pensar que las secuelas del neoliberalismo son temporales. Creer que el populismo es un estallido de irracionalidad ilustra este error. Anderson dice que la “xenofobia” es “el as en la manga” de los movimientos populistas. Reconoce que la inmigración masiva carece de legitimidad entre los votantes: “Se ha producido prácticamente siempre a sus espaldas, por lo que se ha convertido en un tema político no ex ante, sino ex post facto”. Es más, la cuestión estaba excluida del discurso público. El neoliberalismo fue, en gran parte, un proyecto de despolitización de la política y ahora tiene su continuación en la legislación maximalista sobre derechos humanos, que sitúa la inmigración fuera del control democrático.

Decir que los movimientos populistas están impulsados por la xenofobia es atribuir una patología a sus votantes. ¿Por qué van a aceptar la legitimidad de un Estado que los pone a ellos, sus valores y sus intereses económicos en segundo plano cuando entran en conflicto con una interpretación exagerada de los derechos humanos? La insurgencia populista es la otra cara de la moneda política del legalismo liberal. En el Reino Unido, lo que un número cada vez mayor de votantes rechaza y considera ilegítimo es la alternativa al populismo, un régimen tecnocrático obsesionado con los procesos en el que nunca funciona nada.

Curiosamente, da la impresión de que los teóricos marxistas no han comprendido la relación dialéctica entre el cambio de régimen y la crisis de legitimación. El experimento de libre mercado de Margaret Thatcher comenzó casi al estilo gaullista, como un proyecto de renovación nacional. Keith Joseph [ministro de Comercio] empezó por desmantelar el consenso británico de posguerra, después de que, en 1976, el Partido Laborista se viera obligado a solicitar un rescate al FMI y a renunciar a la economía keynesiana. Cuando cayó Thatcher, en noviembre de 1990, el ajuste político iniciado en Gran Bretaña se había convertido en un proyecto universalista, parecido al marxismo vulgar en su enfoque estrictamente económico y su desprecio por las víctimas del progreso. La estrategia se prolongó durante los mandatos de Tony Blair y David Cameron, hasta que el Brexit lo descarriló.

El resultado del referéndum de junio de 2016, no fue ni mucho menos un voto a favor de una “Gran Bretaña global”, fue la primera gran muestra de oposición a la globalización en un país del primer mundo. La victoria electoral de Donald Trump ese mismo año se debió a un impulso similar. Con ejemplos como el desprecio de Hillary Clinton hacia un número casi mayoritario de votantes estadounidenses, a los que calificó de “deplorables”, la clase dirigente liberal despilfarró su legitimidad con el desdén hacia ellos. Los Estados Unidos de Trump son la venganza de los perdedores de la globalización.

Hay otra interacción dialéctica que está desarrollándose en un escenario mucho más amplio. Trump pretende revertir el declive de Estados Unidos mediante la reafirmación sin complejos de su poderío económico y militar. Sin embargo, su cacareada política exterior “transaccional” es contraproducente. Una serie interrumpida de acuerdos coercitivos y unidireccionales, salpicada de explosiones cinéticas intermitentes, ha dejado solo a Estados Unidos. (A medida que se acerca la rendición de cuentas de mitad de mandato, con malas perspectivas para él, es posible que Trump diseñe sus aventuras en el exterior para desviar la atención de su situación interna: una crisis cada vez peor del coste de la vida y la sombra de Jeffrey Epstein, un fantasma que no puede quitarse de encima). Se ha distanciado de los viejos aliados y, mientras tanto, los enemigos de Estados Unidos observan con schadenfreude (regodeo) y desconcierto.

Durante sus años en prisión, Gramsci se obsesionó con Maquiavelo y utilizó sus escritos para reimaginar la estrategia comunista. Se resistía, como siguen haciendo sus seguidores de la izquierda, a la visión fundamental del clarividente historiador y diplomático florentino. Los regímenes surgen y caen en ciclos interminables, que la acción humana no puede detener ni controlar. El optimismo de la voluntad es una negativa deliberada a comprender el presente. La historia se mueve y la desintegración es la lógica de los acontecimientos. El arte de la estrategia —si es que aún existe en los Estados que componen lo que antes se llamaba Occidente— consiste en saber cómo vivir en un mundo permanentemente fracturado.

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