Mamá, papá, tenemos que hablar de porno
Los niños ven pornografía cada vez más temprano. Entre el 8% y el 20% de los menores accede a estos contenidos antes de los 10 años. ¿Qué consecuencias sociales tiene este fenómeno? Los vídeos X, cada vez más violentos y machistas, condicionan nuestra visión de la sexualidad
Los niños ven porno cada vez más temprano. El contenido de portales como Pornhub o XVideos se ha convertido en la primera y casi única forma de educación sexual. Un porno mainstream, cada vez más violento y machista, que condiciona la visión de la sexualidad y que distintos estudios vinculan con dependencia, problemas emocionales y de salud mental, y una mayor propensión a conduc...
Los niños ven porno cada vez más temprano. El contenido de portales como Pornhub o XVideos se ha convertido en la primera y casi única forma de educación sexual. Un porno mainstream, cada vez más violento y machista, que condiciona la visión de la sexualidad y que distintos estudios vinculan con dependencia, problemas emocionales y de salud mental, y una mayor propensión a conductas sexualmente agresivas.
Entre el 8% y el 20% de los menores accede a estos contenidos antes de los 10 años, más del 90% lo hace antes de los 14, y varios estudios documentan casos de exposición desde los ocho. Así lo constata Mario Ramírez Díaz, alumno del Máster Universitario en Trabajo Social Sanitario de la Universidad Oberta de Catalunya. Su análisis muestra que el primer contacto suele darse entre los 8 y los 13 años, con una edad media de inicio en torno a los 12. La situación se repite en muchos países. Una investigación británica de 2023 de la Children’s Commissioner for England (un organismo público para la defensa de los derechos de la infancia) señala que en un 38% de los casos los jóvenes afirman haber llegado al porno por accidente. El consumo se concentra casi por completo en contenidos gratuitos online y es significativamente más frecuente entre los chicos.
Un reflejo del malestar creciente en torno a esta cuestión fue la campaña para reivindicar una educación sexual positiva e igualitaria que el Ministerio de Igualdad lanzó en noviembre. Según sus datos, 3 de cada 10 adolescentes consumen porno habitualmente, y la mitad de los jóvenes “cree que ve demasiada pornografía y reconoce que ha intentado disminuir el consumo sin éxito”. En 2020, un informe de Save the Children en España concluyó que el 16% de los adolescentes no había recibido nunca educación sexual, y que más de la mitad solo había recibido entre una y cuatro horas de formación.
Uno de los problemas, explica por teléfono la sexóloga Eva Moreno, es que ese primer contacto suele producirse sin ningún tipo de explicación previa por parte de los adultos y sin herramientas para interpretar lo que se está viendo. “A muchos padres y madres todavía les cuesta asumir que la educación sexual empieza desde el momento cero. Cuando no se habla, se genera un espacio de silencio y miedo”. La pornografía, recuerda, está diseñada para excitar a personas adultas con capacidad para distinguir entre ficción y realidad. “Una criatura no tiene ese contexto: lo que encuentra es confusión, curiosidad y, en muchos casos, escenas de violencia que pueden interpretar como formas normales de relación entre adultos”.
Alejandro Villena, autor de ¿Por qué no? Cómo prevenir y ayudar en la adicción a la pornografía (Alienta Editorial, 2023), explica por teléfono que los niños y adolescentes son especialmente vulnerables a las conductas impulsivas porque las áreas del cerebro responsables del autocontrol y la toma de decisiones aún no han madurado, mientras que los circuitos del deseo y la recompensa ya están plenamente activados. Además, el consumo de cine para adultos se asocia a una habituación cerebral que obliga a buscar estímulos cada vez más intensos para sentir placer y a una alteración de los mecanismos relacionados con la empatía y la imitación, así como a una reducción de la oxitocina, la hormona vinculada al apego y a los vínculos emocionales.
En el plano psicológico, Villena señala que la adolescencia es una etapa clave para la construcción de la identidad, la autoestima y la forma de relacionarse con los demás. Diversos estudios sugieren que el consumo de pornografía a edades tempranas puede interferir en ese desarrollo. Aunque los efectos varían y siguen siendo objeto de investigación, en adultos jóvenes que comenzaron a consumir pornografía durante la adolescencia se ha observado una mayor incidencia de depresión, ansiedad, estrés e incluso ideación suicida. El consumo compulsivo, además, tiende a agravar estos problemas de salud mental.
Estas consecuencias se prolongan en la edad adulta. Villena, que también trabaja como terapeuta sexual, explica que el consumo de pornografía puede generar insatisfacción sexual y aburrimiento en la relación de pareja. Cuanto mayor es el consumo, menor tiende a ser la autoestima sexual. A su juicio, el porno fomenta una instrumentalización de la otra persona: “Te utilizo para mi placer, pero no comparto mi placer contigo”. Y empuja a una escalada constante de estímulos, cada vez más intensos. Relata el caso de una pareja en la que el hombre necesitaba llevar el ordenador a la relación sexual para poder alcanzar el orgasmo. “Nuestro cuerpo no está preparado para la pornografía actual: un menú infinito a la carta, diseñado por una industria millonaria para generar excitación y adicción”.
Hay fuertes indicios de que el porno te vuelve más propenso a cometer delitos sexuales. Según explica por correo el sociólogo Lluís Ballester, coautor de La industria pornográfica en internet (Octaedro, 2024), diversas investigaciones han hallado una relación estadística entre el consumo regular de pornografía, especialmente la violenta, y una mayor probabilidad de perpetrar conductas de coerción sexual, abuso y acoso, sobre todo en jóvenes varones. Algunos estudios concluyen, por ejemplo, que los varones adolescentes que consumen porno violento tienen entre dos y seis veces más probabilidades de llevar a cabo algún acto de violencia sexual en comparación con quienes no lo consumen.
Un porno cada vez peor
“La pornografía mainstream, la que ve el común de la gente, está impregnada de violencia, cosificación y trato denigrante hacia las mujeres”, afirma Ballester. En España, según datos que aporta este experto, el 76% de los adolescentes reconoce ver pornografía hardcore (prácticas de sexo duro). En Política sexual de la pornografía (Cátedra, 2021), Mónica Alario desvela que uno de los vídeos porno más vistos de 2019 fue una violación colectiva de cuatro hombres a una mujer que aparece llorando, gritando e intentando escapar mientras la persiguen, la sujetan y se turnan para violarla. Contrariamente a lo que sería lógico esperar, el caso de la violación de La Manada aumentó la búsqueda de este tipo de vídeos en webs pornográficas.
Erika Lust, directora y productora sueca de más de 300 cortometrajes pornográficos, critica que la pornografía se haya convertido en una burbuja en la que todo vale al servicio del placer masculino. Lamenta que el porno convencional no represente de forma “realista” la sexualidad femenina: “Casi ni se ve estimulación clitoriana, cuando sabemos que la mayoría de las mujeres la necesitan para llegar a un orgasmo placentero”. Frente a ese modelo, reivindica la posibilidad de un porno feminista y ético, como el que intenta desarrollar en las piezas que dirige y produce.
En Pornocracia (Arpa, 2025), el escritor y periodista Jorge Dioni denuncia la ausencia total de compromiso social o ético por parte de las empresas que están detrás de los grandes portales de porno gratuito, como MindGeek. “Lo único que las frena es la legalidad”, sostiene por teléfono. Como ejemplo cita el reciente caso de Gisèle Pelicot: las plataformas retiraron la mayoría de los vídeos en los que hombres mantenían relaciones con mujeres supuestamente dormidas. Aunque lo cierto es que se siguen leyendo títulos como Hermanastra despertó después de la fiesta con una polla en la boca o Pequeña puta adolescente es destrozada”.
Tanto Dioni como Lust coinciden en señalar el carácter de “termómetro social” que tiene la pornografía. Por un lado, subrayan, produce consecuencias profundas y a menudo dañinas sobre la sociedad; por otro, actúa como un reflejo fiel de valores machistas y patriarcales que nunca han desaparecido del todo. “En tanto discurso público, el porno construye el universo del deseo social y sus prácticas. Pero, al mismo tiempo, refleja sus pulsiones, sus tensiones y sus jerarquías”.
Antes de la irrupción de las grandes plataformas de porno gratuito, el cine para adultos solía apoyarse —aunque mínimamente— en pequeñas tramas. Con el porno online, explica Ballester, cualquier atisbo de argumento o comunicación desaparece: prima la activación rápida, la gimnasia sexual desprovista de contexto, relato o espera. Un modelo que, sostiene, termina degradando la idea misma de erotismo que interioriza la sociedad.
En la misma línea, Dioni define el cine de adultos actual como “una receta industrial, sin espacio para la fantasía ni para el deseo entendido como tensión”. El planteamiento y el desenlace son siempre los mismos; no hay lugar para la imaginación. “El porno es literalidad. Coagulación. No hay metáfora, ni misterio ni incertidumbre”, resume.
Lo raro sería que el porno no fuese como es. Al igual que las noticias falsas se propagan más rápido, más lejos y con más personas implicadas que las verdaderas, los vídeos porno con más views son los más violentos. Según explica López, las prácticas más normativas del porno dejaron de llamar la atención y entraron otras más duras, que retenían la atención del espectador. El resultado es un porno cada vez más previsible en su estructura y más extremo en sus formas. “La previsibilidad del porno refleja la previsibilidad del mundo contemporáneo, sin suspense ni erotismo”, asegura el escritor.
Este año, el tiempo que un usuario pasa en Pornhub ha caído casi 30 segundos, hasta los 9 minutos y 40 segundos. En este tiempo abren de media 10 vídeos. “Abren ventana tras ventana y buscan impacto tras impacto”, afirma Lust. “Es un sistema de consumo como Instagram o TikTok, vídeo corto, vídeo corto, vídeo corto, con la constante amenaza de que en otro sitio hay algo más divertido”. Y claro, todo esto también está llegando a esos niños que acceden de manera temprana a contenidos muy explícitos.
Soluciones políticas
El Gobierno español está ultimando la Cartera Digital Beta, una aplicación que servirá para verificar la edad de los usuarios antes de acceder a páginas o contenidos pornográficos, sin revelar su identidad. La herramienta, desarrollada por el Ministerio de Transformación Digital y seleccionada por la Comisión Europea como proyecto piloto, permitirá que las plataformas consulten de forma anónima si alguien es mayor de edad mediante una credencial temporal emitida por el Estado. España se adelanta así a la normativa europea que, a partir de este años, obligará a todos los países a implantar sistemas de verificación.
El Reino Unido, por ejemplo, ha optado por una regulación más estricta. En julio del año pasado, el regulador de medios Ofcom comenzó a hacer cumplir los nuevos requisitos para que las grandes webs de contenido para adultos verificaran de forma efectiva la edad de sus usuarios. Para acceder, estos debían, entre otras cosas, subir un documento de identidad, introducir los datos de una tarjeta de crédito o escanear su rostro con la cámara del dispositivo para demostrar que eran mayores de 18 años. En las semanas posteriores, Pornhub, hasta entonces la web pornográfica más visitada del país, registró una caída de tráfico cercana al 47%, un descenso similar al observado en otras grandes plataformas.
Además de las complicaciones éticas y tecnológicas de regular la pornografía, otros expertos abogan por solucionar el problema incidiendo en la educación sexual que hoy, en palabras de Dioni, “está subcontratada a Mindgeek”. “No creo que prohibir sirva de nada”, afirma. “Las drogas están prohibidas y la gente consume drogas. Las redes sociales están llenas de pornografía. Yo abogo por educar sexualmente poco a poco, pensando que es un problema que no se resuelve de una generación a otra. Por tener una conversación con tus hijos y decirles: esto que ves aquí no es”. Lust reivindica “una pornografía ética” como un medio legítimo y efectivo para transformar la sexualidad.
Uno de los pocos libros dirigidos a niños que explica el porno y los efectos que puede causarles es El porno no mola (Montena Ed, 2024), del proyecto de educación sexual Menstruita, creado por la ilustradora y escritora Cristina Torrón. El libro, que ha vendido más de 120.000 ejemplares, aborda las diferencias entre porno y sexo real, y los problemas que les puede causar. La editorial recomienda su lectura acompañando al menor a partir de los 11 años, aunque añade: “Pero léelo y valóralo según tu criterio y cómo sea ese chico o chica”.
“El mensaje es claro: el silencio no es una opción”, afirma Moreno. La sexóloga sostiene que los primeros que deben educarse y enfrentarse a sus miedos son los padres y las madres. “Hablar de sexo en el día a día, aprovechar noticias sobre violencia sexual, bullying o relaciones para abrir conversaciones, preguntar qué piensan los hijos y, sobre todo, escuchar. Hablar no es solo hablar: es dejar espacio para que se expresen. Hay que quitarse la venda del ‘mi hijo no’. A todos les llega. Hay que empezar a hablar ya”.