Amigos de la calle
Da gusto descubrir en el vínculo perdido de la infancia y la calle tanta lealtad y gratitud
La vejez les ha sentado bien a Martin Scorsese y Robert De Niro, dos octogenarios cada vez más generosos a la hora de abrirse ante una cámara para hablar de sus vidas y de sus trayectorias. La estupenda serie documental de Rebecca Miller Mr.Scorsese (Apple TV) permite comprender mucho mejor el trabajo y la figura del director de Taxi Driver. Uno de los mejores capítulos tiene que ver con el vínculo con uno de sus colaboradores más antiguos. Literalmente, Scorsese y De Niro se conocieron de críos en las (malas) calles del downtown de Manhattan y la vida difícil y extraordinaria de aquellas aceras los ha mantenido unidos hasta hoy.
El desnudo de Scorsese ante Miller, muy revelador en su faceta personal, me recuerda a otro proyecto que desde hace años planea alrededor de De Niro. El actor lleva tiempo dejándose grabar por el artista JR para un documental sobre la figura de su padre, el pintor expresionista abstracto Robert De Niro senior. Poco amigo de la confesión pública, De Niro parece haber encontrado ahí el lugar idóneo para ajustar cuentas con su biografía. El actor descubrió con veintipico que su padre era homosexual y tanto su vida secreta como la relación con su legado artístico lo han marcado profundamente. Hijo único, De Niro nunca se ha perdonado que su fama como actor eclipsara el nombre de su padre y esa culpa le persigue. De Niro Sr. murió en 1993 y desde entonces De Niro Jr. ha mantenido su estudio en el Soho neoyorquino intacto. Incluso conserva los ceniceros con las colillas que dejó el artista al morir.
El actor, hijo también de la pintora y poeta Virginia Admiral, quiere recuperar en ese estudio el tiempo que no pasó junto a su padre y mantener vivo su nombre. Quizá por eso el título del documental es The Past Goes Fast (El pasado corre deprisa). Fue cerca del taller de su padre donde De Niro descubrió a su otra familia, en las calles donde él era “Bobby, de Grand Street”. A espaldas de su entorno bohemio, el chico se juntaba con el lumpen del barrio, hijos de inmigrantes italianos entre los que había un enclenque enfermizo llamado Martin Scorsese, con quien años más tarde volvería a encontrarse en esas mismas calles con una cámara y una historia que contar.
Como John Ford, Scorsese tuvo una infancia delicada de salud que le obligaba a observar las leyes de la calle desde una ventana. Ford se veía a sí mismo como un hombre poco agraciado y físicamente débil, y Scorsese, desde su mínima altura, descubrió en el cine una manera de superar sus límites. Si Ford forjó el gran ideal masculino del cine americano a través de John Wayne y Monument Valley, Scorsese inventó otro tipo de masculinidad, más enajenada y marginal, a través de De Niro y Nueva York.
La deuda y el respeto entre el actor y el director quedan claros en el documental de Miller. Da gusto descubrir en el vínculo perdido de la infancia y la calle tanta lealtad y gratitud. Ninguno hubiese sido quien es sin el otro y esa complicidad —materializada en las célebres improvisaciones de De Niro— perdura en algunas de las secuencias más famosas de la historia del cine. Scorsese define así la simbiosis: “Es una sensación de confianza y compenetración, de unidad, que te permite experimentar sin miedo”.