¿Por qué los almendros ahora florecen antes de tiempo?
Es la táctica que juegan los almendros para que sus hijos puedan beberse cada gota de agua caída en primavera y aprovecharla para crecer, sí. Pero, sobre todo, es un gesto de cuidado hacia las abejas
Es cosa de poetas con cataratas y de grandes escritores de pluma deslumbrada y espíritu atormentado creer que los almendros florecen en pleno invierno para regalarles la vista e inspirarles versos, cuando la verdad es que las florecillas rosadas de papel de seda de estos arbolillos de color de libro antiguo brotan en febrero para proteger la blancura de las sábanas tendidas al sol en las azoteas.
No puede decirse que las abejas hibernen del todo. Una buena colonia obrera no se toma nunca vacaciones. Lo que hacen las soldadas, cuando aparece el frío, es encerrarse en la colmena y apelotonarse alrededor de la reina en un gran abrazo zumbante. Hiele o nieve en el exterior, dentro del panal pueden llegar a mantenerse a más de veinte grados, a base de hacer temblar las alas sin batirlas del todo. En este estado de trance grupal, toman a pequeños sorbos la miel que han ido guardando durante el buen tiempo, concentradas en mantener viva la colonia. A la distancia adecuada, el sonido de un panal en invierno es el del ronroneo de un gato en un cojín. Podría decirse que el invierno es, para una abeja, el tiempo que pasa un friolero despierto en la cama, temblando de gusto, arrebujado bajo el peso de las mantas, justo antes del amanecer.
Durante este tiempo, las abejas no salen a volar a no ser que afuera brille un día excepcionalmente cálido. Si salieran al frío, morirían. El Sol les avisa. Cuando eso ocurre, ellas aprovechan para hacer lo que se conoce como un vuelo de limpieza. Los insectos, tan pequeños, no tienen orinales ni bacinillas a su medida, pero sí un sentido extremadamente elevado de la pulcritud. Puesto que el interior de la colmena debe mantenerse siempre impecable, los sufridos animalillos se lo guardan todo en el vientre, y he aquí el gran peligro para las coladas de los vecinos humanos.
El fenómeno es parecido al extraño magnetismo que, entre las cinco y las siete de la mañana hace que mesillas de noche y dedos meñiques se atraigan: en este primer vuelo adormilado y apresurado, los insectos suelen estrellarse, confundidos y deslumbrados, contra el blanco luminoso de las sábanas y los colores chillones de camisetas y chándales brillantes, fragantes de aroma floral de suavizante, donde se dejan ir y descargan, dejando la ropa tendida en las cercanías de la colonia hecha unos zorros, salpicada de manchitas.
A todo esto, el apicultor lleva días inquieto, observando la colonia, tratando de prever y prepararse para este gran momento. Esparcirá ceniza, ramas secas u hojas alrededor de las colmenas, si hubiese nieve, para derretirla y despejarles el camino. Protegerá el apiario del viento y las corrientes de aire. Orientará las cajas hacia el sur, donde da el sol. Y cuando ellas salgan, no mirará las flores ni las sábanas: observará su vuelo. Si marchan fuertes y seguras, si caen, si sus alas son transparentes u opacas, si regresan demasiado pronto, o si no vuelven. En las dos horas que dura el acontecimiento, adivinará qué clase de miel llenará los tarros en mayo.
Podría pensarse que la floración temprana de los almendros es solo una estrategia de supervivencia de los árboles para sí mismos, pero eso sería un error.
A diferencia de tomateras y cucurbitáceas, de brío nervioso de ardilla y capacidad de dar frutos en cuestión de días, los almendros son lentos y parsimoniosos. Estos árboles pueden llegar a tomarse seis meses de sesudo trabajo para transformar flores en almendras maduras.
En el clima mediterráneo es más probable una larga sequía en verano que una helada sostenida pasado febrero. Si los almendros, como el resto de los árboles frutales, florecieran más tarde o diesen fruto más deprisa, estas típicas sequías estivales arruinarían las almendras, aún jóvenes y tiernas. Florecer tan pronto es la táctica que juegan los almendros para que sus hijos puedan beberse cada gota de agua caída en primavera y aprovecharla para crecer, sí. Pero, sobre todo, es un gesto de cuidado hacia las abejas.
En febrero, al salir a la luz por primera vez después de meses de oscuridad, los insectos encuentran en el almendro un amigo que les ofrece la única flor a la que pueden acudir, en un mar de calzoncillos, ramas desnudas y tendederos de alambre plastificado, a abrazarse.