Nos hemos acostumbrados a saber cosas cuando saber cosas es algo realmente extraordinario. Antes saber cosas requería esfuerzos monumentales y encontrar novedades era toda una proeza. Igual por eso ahora olvidamos con mayor facilidad. ...
Nos hemos acostumbrados a saber cosas cuando saber cosas es algo realmente extraordinario. Antes saber cosas requería esfuerzos monumentales y encontrar novedades era toda una proeza. Igual por eso ahora olvidamos con mayor facilidad. El algoritmo tiene tan machacada mi cabeza que, de repente, sé cosas, pero cosicas que no sirven para nada. Cosas como que hay un auge de cuentas de Instagram de mujeres fingiendo que su marido les pone los cuernos y ellas los pillan. No sé. Ahí está esa auténtica mierda compitiendo por nuestra atención junto a ensayos, papers e investigaciones de gente fascinante.
Quiero decir, ese chicle algorítmico que nos tiene atrapados ha logrado ralentizarme de tal manera que he tardado una semana y media en recordar de dónde me vino la música que doy por sentado: fui niña en las faldas de mis hermanas. Recuerdo la estantería y la mesa verde oscura, el tacto áspero. Recuerdo la minicadena en una de las baldas, el frizz que hacía cuando no encontraba la emisora y saber que ellas estaban en casa porque sonaba en bucle un CD-R74 TDK que tenía escrito en rotulador azul brillante: Música LSS.
Música LSS era un recopilatorio que empezaba con Texas y terminaba con Pearl Jam. El que, con ocho años, me hacía recitar: “Por qué ya no me baila un gusano en la tripa” ―sin saber que no era, literalmente, un gusano en la tripa― y el que me hizo creer que Rosa de Lima era una tema que Joaquín Sabina había compuesto para mí. El gusto me fue creciendo como una ramificación del de una de mis hermanas y dejarme caer en esos años es reconocer todo lo que soy que es, en realidad, ellas. El algoritmo no detecta nuestra memoria ni bagaje ni subconsciente, todo lo que hemos vivido sin advertirlo, así que Spotify jamás me recomendará a los Dire Straits o a Dover porque no detecta que, como dice esa manida frase de Walt Whitman, “contengo multitudes”. Como explica a menudo el divulgador y crítico cultural Frankie Pizá en su web Franka: hay que salir de Spotify.
Me interesa el gusto como gusto y no como identidad. Y como identidad me refiero a etiqueta en el mercado. El saber buscado, trabajado y conseguido. La música, los libros, las películas que, supuestamente, atraen a todo el mundo acaban por colonizar el panorama cultural y estos prescriptores sin cara y estos unos y ceros descontrolados, me convencen de que debería entusiasmarme por Comerás flores de Lucía Solla Sobral, que debería conectar con Amarga Navidad de Pedro Almodóvar y sentir pasión por el último disco de Rosalía solo por sus petardazos de contenido. Todo lo que soy es todo el mundo y ahora, de repente, contengo multitudes de gente que no conozco.
Pasaron los años y nos fuimos de casa de mis padres y aquel disco se quedó en la guantera de un coche que ahora está en una caja que acabo de sacar. Música LSS, significa (y esto lo supe años después): Música La Santa Sed. La Santa Sed fue un bar que frecuentaba mi hermana en los años 90 en el barrio de Hortaleza y que hoy ya no existe. Ella llevaba el disco consigo y se lo entregaba a los camareros para que lo pusieran. Jorge me escribe por Instagram y recuerda: “La buena música: rock y una juke box de vídeo donde nos dejábamos las pelas. Había desde gente con más poder adquisitivo a las más crápula”. La Santa Sed no tiene huella digital así que no tiene forma de ser ubicada en tiempo y en espacio más allá del relato de los que allí estuvieron. La Santa Sed no te va a gritar cosicas que no sirven para nada.
La historia de los bares es la historia de donde estuvimos y bebimos, pero la memoria de un bar puede también saltarse generaciones de forma silenciosa como lo haría una enfermedad rara. “Una vecina que ha vivido toda la vida en esa placita nos comentaba que fue primero una casa y a la vez hielería. El dueño cortaba el hielo y lo repartía en un motocarro por el barrio. Después fue una tienda de muebles. Cuando cerró esta tienda montaron el Triana, que era un garito estilo andaluz. Después vino la Santa Sed hasta ahora que se llama Las Rocas”, me escribe Jaque por redes sociales.
El otro día, sobre las siete de la tarde, me senté en la terraza de un bar en la calle Miguel Servet y un camarero se acercó y me dijo: “Si solo vas a tomar una cerveza y viene alguien a cenar, te tendré que levantar”. Me fui, claro. Lo que no le dije es que, a diferencia de un turista, yo podría haber ido esa vez y mil millones de veces más. Que, aunque mis años de fidelidad no valgan el dinero y los storis de un turista, yo podría haberles hecho un CD recopilatorio que es el mayor gesto de amor que se puede hacer. Si no queda más remedio, me iré despidiendo de Madrid poco a poco. Quedaos con Los Gabrieles, Casa Macareno, el Candela y los Yayos, pervertid los lugares donde se sabían cosas, los bares como La Santa Sed.