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El reto pendiente de la conservación de los monumentos romanos de Tarragona

El presupuesto destinado a mantenimiento ha estado durante años muy por debajo de las necesidades reales, hecho que llevó incluso a cerrar temporalmente el anfiteatro por motivos de seguridad

El conjunto monumental de Tarragona celebra el 25º aniversario de la declaración como Patrimonio de la Humanidad por parte de la Unesco con la conservación como gran asignatura pendiente. Recientemente, se ha constituido el Consorcio de Gestión —en el que participan el Ministerio de Cultura, la Generalitat y el Ayuntamiento— con el objetivo de definir los planes de mantenimiento para cada monumento y solucionar este déficit histórico.

“Durante muchos años se ha hecho todo a pulmón”, dice el regidor de Patrimonio de Tarragona, Nacho García: “hasta hace pocos años, toda la inversión dependía del Ayuntamiento y de alguna subvención a la que optaba, sin ninguna cantidad fija”. En el anterior mandado se llegó a un acuerdo para que el Govern aportase 100.000 euros anuales, una cantidad que en 2026 con el nuevo escenario aumentará a más de un millón: “el Consorcio dará el paso definitivo”.

Son muchas las particularidades que han ido arrastrando el problema a lo largo de décadas, como el hecho de que el consistorio sea el propietario de la gran mayoría de monumentos exceptuando la Necrópolis y el Teatro Romano. Esto no es así en el resto de Ciudades Patrimonio de la Humanidad, en las que además la mayoría cuentan con un organismo propio de gestión y una vía de financiación directa: “en Mérida, por ejemplo, el dinero de las entradas de los museos se traspasa directamente al Ayuntamiento, es una cantidad muy elevada”, cuenta García. Ambas ciudades guardan muchas similitudes, según el arqueólogo y profesor universitario Ricardo Mar: “eran capitales de la Hispania romana, se convirtieron en secundarias durante la Edad Media y tienen conjuntos arqueológicos destacados”. Destaca que las necesidades financieras que requiere el patrimonio son más grandes que la capacidad de sendos ayuntamientos: “en Mérida está solucionado con el Consorcio, pero en Tarragona no”.

Mar formó parte del equipo que en 1995 empezó a redactar la candidatura para presentar a la Unesco: “había mucho interés político y la cabecera del circo romano, por ejemplo, se restauró en aquellos años. Una vez concedida la declaración, el suflé bajó y quedaron muchos aspectos pendientes que a día de hoy aún siguen inacabados, como la creación de este nuevo organismo de gestión”. Aunque ha habido dos intentos anteriores históricamente, no se han materializado “por diferencias políticas, aunque ahora parece que será diferente porque gobierna el mismo partido en el Ayuntamiento, la Generalitat y el Estado”.

Cerrados por falta de mantenimiento

La joya de la corona es el anfiteatro, del que se está elaborando un plan director para diseñar cómo tiene que ser en un futuro. Según el arqueólogo Joaquín Ruiz de Arbulo, uno de los principales puntos de mejora es el acceso. “Se encuentra en un sitio donde no es cómodo llegar, y tampoco hay ningún aparcamiento cerca”, dice, añadiendo también a la lista el diseño de nuevos recorridos por el interior o más medidas de seguridad.

Durante la séptima edición del Congreso de Arqueología y Mundo Antiguo en Tarragona, el cual dirigió, hizo hincapié en una de las características: “se han superpuesto distintos monumentos como una basílica visigótica o un cuartel y la restauración hecha en los años 30 no tuvo en cuenta todos los elementos, se podría haber hecho mucho mejor”. Valora positivamente las últimas intervenciones para eliminar la gradería nueva contemporánea o las filtraciones de agua.

Precisamente el anfiteatro tuvo que cerrarse en 2019 después que un informe externo declarara que se encontraba en situación de urgencia, señalando medio centenar de puntos de su estructura que presentaban un avanzado estado de degradación desde hacía años a causa principalmente de la lluvia.

La necrópolis, el conjunto funerario más importante de la época tardo-romana del Mediterráneo occidental, se cerró en 1992. No fue hasta más de dos décadas después, en 2013, cuando se abrió la parte del conjunto funerario pero no el museo, que continúa cerrado. Ahora se están haciendo las obras de rehabilitación de este equipamiento situado en medio del yacimiento.

La muralla es otro ejemplo de intervenciones demoradas: la sexta fase de las obras de restauración se recogió en un convenio firmado en 2018 entre el ICAC (Institut Català d’Arqueologia Clàssica) y la Generalitat, pero aún no han empezado por problemas presupuestarios y de burocracia. Consisten en garantizar la estabilidad y adecuar los accesos interiores para futuras fases. Los últimos trabajos se hicieron en 2016, cuando se reforzaron los muros internos para evitar posibles hundimientos.

El Consorcio tiene el reto de acelerar todos los trabajos pendientes y de que no se vuelvan a cometer los mismos errores que en el pasado.

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