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La sombra hace lo que puede

El tenista Carlos Alcaraz en el Australian Open, el pasado 30 de enero en Melbourne, AustraliaClive Brunskill (Getty Images)

No es Nadal, claro, es Alcaraz. Y se nota porque esta sombra no pertenece a alguien que se despide, sino a alguien que acaba de llegar. El cuerpo del tenista avanza mientras que la sombra se queda atrás, pegada al suelo como una calcomanía que no comprende el salto. Hay una disc...

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No es Nadal, claro, es Alcaraz. Y se nota porque esta sombra no pertenece a alguien que se despide, sino a alguien que acaba de llegar. El cuerpo del tenista avanza mientras que la sombra se queda atrás, pegada al suelo como una calcomanía que no comprende el salto. Hay una discordancia brutal entre la realidad y su reflejo oscuro. El reflejo oscuro no obedece. El cuerpo sabe cosas que la sombra ignora. Intenta, sí, imitar el gesto del hombre, pero fracasa estrepitosamente. Estira un brazo imposible, empuña una raqueta que no alcanza el lugar donde ya ha tenido lugar el suceso, el golpe. La sombra llega tarde, como esas explicaciones que uno se da a sí mismo al día siguiente de un fracaso. Esa sombra no acompaña, persigue. Es una sombra lenta, inhábil para un joven impaciente, un joven que no pide permiso para alcanzar el éxito, para ser el número uno.

De hecho, esa sombra dibuja sobre el suelo una mancha monstruosa, desnaturalizada. Nunca llegará adonde llega el cuerpo. Hay algo casi pedagógico en esta imagen. El cuerpo ensaya el futuro inmediato —la victoria, la plenitud, la potencia— mientras la sombra toma apuntes desde atrás. Aprende más despacio. Necesita repetición, desgaste, tiempo. Es la parte de Alcaraz que no está dispuesta al sacrificio. Significa que no asistimos solo a la consecución de un punto decisivo, sino a lo que separa lo que el tenista es de lo que podría llegar a ser si su sombra se lo permite. De momento, la distancia es enorme. El cuerpo va primero. La sombra hace lo que puede, que no es mucho. No entiende, está agotada. Es una rémora.

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