Un Labubu es para hoy, un Chanel es para siempre: valores seguros en la industria del lujo
La industria de la opulencia no es ajena a los vaivenes económicos que sacuden el planeta. ¿Toda ella? No, hay piezas que, incluso en épocas turbulentas, incrementan su precio. Su valor no es solo material, sino también simbólico y cultural.
“¿Pagaría usted 170.000 dólares por un Labubu?”. Este verano, la periodista Elizabeth Gulino se hacía esta pregunta en la revista New York a propósito de una de esas noticias extravagantes que a veces depara el mundo del coleccionismo. La casa de subastas Yongle, en Pekín, había celebrado su primera venta especializada en muñecos Labubu, los pequeños monstruitos con orejas de conejo y sonrisas dentudas que comercializa la empresa china Pop Mart. Y la estrella de la jornada fueron dos figuras a tamaño humano que se vendieron por 147.000 y 112.000 euros, en una venta que alcanzó una suma total de 3,73 millones de yuanes (unos 450.000 euros). Sin duda, una cantidad nada desdeñable para un fenómeno surgido a partir de muñecos coleccionables que en su versión más pedestre cuestan 30 euros.
El auge de los Labubu podría considerarse otra arriesgada deriva del capitalismo pop, pero, como sucedía hace no tanto con el arte NFT, su rentabilidad a largo plazo resulta dudosa. Invertir en objetos tan recientes es una maniobra de riesgo; cuando en 2007 Damien Hirst puso a la venta una obra consistente en un cráneo recubierto de diamantes, su precio (50 millones de libras) era tan alto y su futuro tan improbable que el propio artista acabó entrando como socio en el consorcio que lo adquirió. Hoy sigue en sus manos.
En una liga diferente juega la estrella de la casa ginebrina Numismatica Genevensis SA para este otoño: un centén segoviano de 1609, una enorme moneda de oro acuñada en la España de Felipe III cuyo precio de salida ha sido de dos millones de francos suizos (unos 2,1 millones de euros), y que finalmente se vendió por más de tres millones de euros (concretamente, 3.025.739 euros), una cantidad que la convierte en la moneda europea más cara jamás vendida en subasta. Frente a criptoescepticismo, una moneda de 340 gramos de oro, la más grande del siglo XVII. “Las monedas de metales preciosos destacan por su grandeza y su carácter único”, afirma el consejero delegado de la casa de subastas, Frank Baldacci. “Esta pieza es excepcional y rara a la vez. Dentro de 10 o 15 años, con independencia de la situación socioeconómica del mundo, seguirá siendo una moneda icónica, única y emblemática”. Baldacci confirma que, una vez superada la pasión por las obras de arte digitales y el arte pop, “cada vez más personas están incorporando este tipo de objetos para diversificar sus colecciones”. Se refiere a las monedas antiguas, aunque no todas valen. “Los objetos prestigiosos conservan su valor de mercado, a diferencia de las piezas más convencionales”, señala. “Hoy, el oro despierta un interés renovado. Incluso algunos inversores de criptomonedas están interesándose en él, por su estatus como valor refugio capaz de resistir el paso de los siglos. En un contexto geopolíticamente inestable, marcado por guerras e incertidumbres, el oro sigue simbolizando estabilidad y seguridad”.
En 2025, hasta los criptobros reconocen que el oro sigue siendo el oro. Las piedras preciosas, también. “En estos momentos se están disparando los precios de las inversiones en joyas porque el oro sigue subiendo de precio”, corrobora Marta Eizaguirre, experta en joyas y diamantes, gemóloga y tasadora. Sin embargo, señala, no es oro todo lo que reluce, ni cualquier joya mantiene su valor a lo largo de los años. “Invertir en joyas y relojes requiere conocimiento, mucha búsqueda y mucha paciencia”. Menciona el caso de una gargantilla que Salvador Dalí hizo en los años sesenta para São Schlumberger, y que se subastó en Sotheby’s en octubre por 736.000 euros. Sus materiales son incuestionables: oro, diamantes, esmeraldas, zafiros y una gran perla. “Pero lo importante es su simbolismo, la cultura que representa”, explica.
En el mundo de la inversión y el coleccionismo, lo único es lo más preciado. Es el caso del reloj Patek Philippe que se ha vendido en noviembre por más de 12 millones de francos suizos (más de 13 millones de euros). No es de oro rosa o blanco, sino de acero. “Ha alcanzado ese precio porque se hicieron muy pocas unidades de ese material”, apunta la gemóloga.
La tecnología también impone su propia dinámica. La llegada de los diamantes de laboratorio, creados en máquinas que reproducen las condiciones de presión y temperatura que se dan dentro de la tierra, amenaza con tambalear uno de los mercados más lucrativos del mundo. “Creo que, a la larga, afectará más a las piezas normales o más pequeñas, a los diamantes hasta cinco quilates, porque esta tecnología crea láminas de diamante, así que no permite crear piezas de mayor tamaño”, explica Eizaguirre. “Por ello, los diamantes de más de 10 quilates sí se revalorizarán”.
En el centro de la ecuación está la escasez, pero no es el único criterio. Objetos escasos hay muchos, y en momentos puntuales pueden suscitar auténticas burbujas de precios, pero la prueba definitiva está en el largo plazo. Y ese fenómeno afecta también a un sector tan aparentemente volátil como el de la moda. Cambian las tendencias, rotan los diseñadores y surgen nuevas colecciones cada temporada, pero en las tiendas de segunda mano hay una constante, que es la que marcan unos pocos objetos, como ciertos bolsos definidos por un diseño icónico y una confección artesanal. Desde la plataforma Vestiaire Collective, especializada en venta de artículos de moda de segunda mano, explican que la categoría que más se revaloriza es la de los bolsos. En los últimos cinco años, el precio del Nano Speedy, de Louis Vuitton, ha aumentado un 58% interanual; el Baguette, de Fendi, un 53%, y el Birkin 25, de Hermès, un 40%. “En Vestiaire Collective, los bolsos siguen siendo la categoría de mayor rendimiento, y suponen el 43% de sus ventas, más que la suma de las categorías de ropa y calzado”, afirman.
La misma dinámica se aplica a otros sectores. En tiempos convulsos, los valores seguros son los que no requieren mayores subterfugios para, valga la redundancia, hacerse valer. “Más allá del oro, lo que mejor conserva su valor es un objeto con una historia o procedencia significativa, con trazabilidad y garantía de autenticidad incuestionable”, explica Bernard Piguet, director y subastador de Piguet Hôtel des Ventes (Ginebra). Resulta inevitable pensar en estos rasgos al recordar el accidentado robo de joyas de la corona francesa en el Museo del Louvre, que serían valiosísimos objetos de inversión si no estuviese prohibido comprarlos. O en el alboroto que suscitó el extravío, durante unos días, de una pintura de Picasso que se creía robada y que simplemente había acabado por error en una portería madrileña. La realeza y el pedigrí artístico son precisamente los mayores atractivos de dos piezas destacadas que Piguet pone como ejemplo. En diciembre su casa subastará un servicio de mesa de Luis Felipe I, vajilla, cristalería y cubertería “con historia real y principesca”, que se espera que alcance un precio entre 150.000 y 250.000 francos suizos. El otro ejemplo que menciona Piguet es una lámpara de pie de Alberto Giacometti que se vendió por más de un millón de francos suizos en 2024 después de un complejo proceso de documentación. “Para subastarla recuperamos documentos, cartas y fotografías que permitían trazar la obra con certeza desde que el artista la encargó hasta su propietario actual”, explica. “A lo largo del tiempo, muchos objetos han sido alterados, y los compradores de hoy exigen una trazabilidad impecable que añade un valor considerable a cualquier objeto”.
Aunque el arte contemporáneo y actual sigue alcanzando valores destacables, los coleccionistas con más poder de inversión siguen buscando lo de siempre, explica Piguet. “Los artistas que se pueden equiparar a las marcas de lujo, como Picasso o Warhol, son muy buscados por clientes que desean poseer una obra reconocible por cualquiera. Estos coleccionistas están deseando pagar un extra para disfrutar de más estatus social. Y esta tendencia sigue al alza”.