Columna

Fascismo digital

Ahora sabemos que las redes sociales están en todo y sirven para todo. No hay crimen sin su compañía

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump en la casa Blanca, en Washington, el pasado 16 de noviembre.SAUL LOEB (AFP)

El móvil y la tableta han sustituido a la porra y la pistola. Echamos la vista atrás, a los años treinta del ascenso de los totalitarismos, con los que se suelen comparar los actuales tiempos, y observamos cómo hoy los extremismos han encontrado su mejor instrumento en las redes sociales. Afortunadamente. Imaginemos la tensión del Brexit, del procés o de las elecciones en EE UU o en Brasil con los viejos instrumentos de la violencia política callejera.

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El consuelo es escaso, precisamente por las expectativas liberadoras que habían acompañado a unas nuevas formas de comunicación aparentemente destinadas a dar más poder a la gente y facilitar la democracia. Ahora descubrimos el negro envés de aquella esperanza emancipadora. Si en 2011 sirvieron para derrocar a un puñado de tiranos, ahora sirven para que los aspirantes a tiranos alcancen el poder por las urnas, interfieran en elecciones ajenas, controlen y espíen a los ciudadanos o incluso promuevan populismos racistas que conducen a persecuciones y genocidios.

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Los ingredientes siempre son los mismos, se trate de Trump o de Bolsonaro, o, de forma más dramática, de las campañas contra minorías como está sucediendo en Sri Lanka y en Myanmar: noticias falsas, difundidas por unas redes sociales que nada hacen por controlar sus contenidos, e incluso promueven las ideas más radicales gracias a unos algoritmos que solo buscan la difusión, además de vender los datos de sus clientes a quien quiera conseguir dianas de propaganda mejor ajustadas. Los nuevos fascismos son digitales y juegan en el campo trazado por las grandes empresas tecnológicas, en un mundo sin fronteras que escapa a cualquier regulación. Con el monopolio sobre los datos de sus clientes, el poder de estas empresas las convierte en un peligro para el libre mercado y para las libertades en general.

En la calle, el móvil y la tableta han venido a sustituir a la porra y a la pistola de los años treinta, pero en la sombra acompañan al puñal y al veneno en el regreso vistoso del crimen de Estado que experimenta nuestro mundo global. Tal es el caso del príncipe heredero saudí Mohamed bin Salman y de sus dos lugartenientes, el poeta y diestro tuitero Saud al Qahtani y el general Ahmad Asiri, responsables de la muerte y desaparición de Jamal Khashoggi y ahora de la ciberguerra propagandística con que quieren encubrir el asesinato del periodista. Ahora sabemos que las redes sociales están en todo y sirven para todo. No hay crimen sin su compañía. No hay fascismo sin Facebook.

Sobre la firma

Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).

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