Cartas al director

Lo que de verdad hiere mi sensibilidad

Escucho en la radio que en el campo de refugiados de Katsikas los niños no pueden gatear por el barro y las piedras que han dejado las últimas inundaciones. No tienen estímulo psicomotriz. Sus hermanas, también niñas, los llevan en brazos; sus hermanos tienen agujeros de bala por las metralletas con los que les obligaban a matar. El desánimo cunde en Katsikas. “Mañana será igual”, dicen. A renglón seguido escucho que la prohibición de la estelada en un partido de fútbol es un problema político nacional. No. Creo que es precisamente la cobertura que se da a algo que debería ser anecdótico y la ...

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Escucho en la radio que en el campo de refugiados de Katsikas los niños no pueden gatear por el barro y las piedras que han dejado las últimas inundaciones. No tienen estímulo psicomotriz. Sus hermanas, también niñas, los llevan en brazos; sus hermanos tienen agujeros de bala por las metralletas con los que les obligaban a matar. El desánimo cunde en Katsikas. “Mañana será igual”, dicen. A renglón seguido escucho que la prohibición de la estelada en un partido de fútbol es un problema político nacional. No. Creo que es precisamente la cobertura que se da a algo que debería ser anecdótico y la propia prohibición lo que lo ha hecho noticia. Cada cual debería poder desplegar la bandera que considere suya, sin que el Estado se arrogue defensor de nuestra sensibilidad. Porque lo que de verdad hiere mi sensibilidad es que mi padre Estado se ocupe más de lo que cada cual meta en su mochila para ir a un acto lúdico que de recibir a los 16.000 refugiados a los que se comprometió por pacto en el Consejo de la UE. Soy de Madrid y, sin embargo, estoy deseando meter una estelada en mi mochila.— Cristina González Casal. Madrid.

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