Crítica:TEATRO | 'Solalá'

¡Ole el salero!

¡Qué difícil es sostener un espectáculo humorístico en solitario! El actor que acepta ese reto debe tener una paleta expresiva amplia, una técnica impecable y dominio del relato. Hay contados especialistas. En España, El Brujo, Rubianes, Leo Bassi, Pavlovsky, Christian Atanasiu... Va a haber que ampliar nómina tan corta con un nombre femenino: Cristina Medina.

Esta actriz tiene una punta de energía brutal, incesante. Se siente en escena como en casa. Solalá, que está representando en el teatro Alfil, es un espectáculo sencillo, con pocos medios bien exprimidos. Medina arranca bai...

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¡Qué difícil es sostener un espectáculo humorístico en solitario! El actor que acepta ese reto debe tener una paleta expresiva amplia, una técnica impecable y dominio del relato. Hay contados especialistas. En España, El Brujo, Rubianes, Leo Bassi, Pavlovsky, Christian Atanasiu... Va a haber que ampliar nómina tan corta con un nombre femenino: Cristina Medina.

Esta actriz tiene una punta de energía brutal, incesante. Se siente en escena como en casa. Solalá, que está representando en el teatro Alfil, es un espectáculo sencillo, con pocos medios bien exprimidos. Medina arranca bailando una rumba coreografiada por Israel Galván. Sus chistes son ágiles, rápidos: a veces parecen improvisados, pero no. Calienta al público con toda clase de recursos. Cuando lo tiene en el bolsillo, corre el telón y comienza un espectáculo dentro del espectáculo, una parodia desopilante de los melodramas del cine mudo.

Solalá

De Cristina Medina, David Sant y Joan Estrader. Intérprete: Cristina Medina. Vídeo: Óscar Paso. Coreografía: Israel Galván. Vestuario: Antonia Fuster y Época. Escenografía: Javier López y Martí Doy. Dirección: David Sant. Teatro Alfil. Madrid, hasta el 23 de abril.

Mary Lonly, su protagonista, se expresa con gestos y la ayuda de rótulos proyectados. Está arruinada, tiene cinco hijos y el marido en la guerra, pero es tontamente feliz. En las cartas que recibe desde el frente respira el humor fresco y absurdo de las llamadas telefónicas de Gila. Su casero, un inválido encarnado en un muñeco de tamaño natural, pide a Mary Lonly favores sexuales. Cristina Medina lo anima, lo convierte en un actor vivo, se deja violar por él. Los niños de la protagonista mueren, su marido muere, el casero muere, y el público se parte de risa.

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