Y entonces se acaba el verano
La nostalgia de las playas ya no sirve frente a la de los campos. Unos pierden unas semanas y otros toda una vida. Habrá que entender cómo ha podido ser
Y entonces se acaba el verano. Incluso antes de haber empezado, en plena primavera se acaba.
Nos olvidamos de que vivimos. Dejamos de ser ausentes. Volvemos a las ciudades y nos acordamos de todo eso que era hueco, en balde, pero que era libre, con el cielo volando en lo alto.
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Y entonces se acaba el verano. Incluso antes de haber empezado, en plena primavera se acaba.
Nos olvidamos de que vivimos. Dejamos de ser ausentes. Volvemos a las ciudades y nos acordamos de todo eso que era hueco, en balde, pero que era libre, con el cielo volando en lo alto.
Nos acordamos del teléfono que sonaba, de cuando no había nadie para cogerlo, de los mensajes dejados sin abrir en los buzones, del móvil que no nos aprieta el corazón, que deja de vibrar.
Nos olvidamos del sol que se ponía a torear en el cielo, despacio, a fuego lento, con el remate en la otra mano, y el viento poniéndole el peto, citando de rodillas, dándole a la zurda. Nos acordamos de todo eso que ha sido y se ha ido. Tampoco es que nos apetezca la resaca, pero algún que otro pellizco sí se queda atrapado en la piel, y no podemos dejar de echar una mirada por encima de la barandilla.
Y entonces se acaban los tiempos muertos, de los que se matan callando, como si fueran piojos o mariposas, algo sin importancia, pero que lo era todo. Se acaban las horas huecas, las tardes vacías, las que esperaban quietas en el cuarto, calladas, íntimas, y de ahí ni se mueven.
Y así, con desdén, con mantilla, las miramos caer. Y ellas, con culebras en la mirada, se apiñan en los ángulos. Y así vamos una hora más, dándole a la cama, apretando la mañana contra el pecho. Pasarán los años volando, vendrá el tiempo rociándolo todo con gasolina, perdiéndole fuego, metiéndole leña, olvido, a todo lo que ha sido, y vendrán más años, y volverán más días.
Pasarán los años y los veranos se nos quedarán clavados como navajas abiertas, y un día nos cansaremos por fuera y por dentro.
Pero ese verano, este verano que se ha ido antes de llegar, o que vendrá de nuevo, se quedará en algún lugar a donde ni las islas llegan.
Los puertos se apagarán, las luces caminarán de vuelta a casa. Pero quedará este verano, quedará. Y tú, estarás en él, y nosotros, los dos, hablando de cosas simples, del tiempo que nadie entiende, y me hablas, y me besas, y te ríes, con esa risa de vela, de navío, esa risa de los que aman la vida. Y tú en esa isla, tu primer viaje a solas, tú en esas calles como en una fiesta. Me cuentas el barco sobre la mar, y los peces como ríos, y luego las partidas de ajedrez y los tintos de verano, luego todas esas cosas grandes pequeñas que eran tan bonitas.
Y también nos acordamos de que este verano tuvo algo de inminente, como un sendero en el tiempo que se bifurca. Los llanos en llamas, los montes que arden, la leña que quema. Miles de hectáreas devoradas en un puñado de semanas. Los pueblos, las aldeas que se transforman en combustible. El calor se convierte entonces en un sicario despiadado. Y lo que un día ha sido paraíso, al borde de un lago, se transforma en infierno, en dedales. Los cielos chambuqueados que ni de día hace día, y las noches rojas, nunca vistas.
Unos quejándose por que los trenes dejaron de ir como balas a través de los campos, porque el fuego lo para todo, el día, la noche, el tren. Unos piden poder ir a sus hoteles mientras otros se quedan sin hogares. La nostalgia de las playas ya no sirve frente a la de los campos. Unos pierden unas semanas y otros toda una vida. Pierdan las granjas, los montes.
Y esto, este nuevo clima, ha llegado para quedarse. No se irá de una patada con el otoño, vendrá otro verano y habrá que alicatar las causas, entender por qué, cómo ha podido ser. Y volveremos a decir que nunca más. Nunca más.
Montes que arden, vacíos, llanos que se quedan más huecos todavía, más esteparios. Mientras, los veranos dejarán de ser lo que han sido. Se irán esfumando como los años pero también en ríos revueltos de cenizas. Quizás tengamos que pensárnoslo antes. Cuidar desde ahora, desde esta primavera, el verano que viene, a la vuelta de la esquina. Y entonces empezará, por fin, un verano de los de cuando el azul no se llenaba de llamas.