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Un gigante afable llamado Taj Mahal

Con casi 60 años en activo y un enorme legado discográfico, no se conformó con tocar solo blues

Taj Mahal en una actuación con The Phantom Blues Band en Nueva Orleans en abril de 2025. Douglas Mason (WireImage)

Me impresionan las imágenes del concierto homenaje a Taj Mahal de finales del pasado mes. En realidad, se trataba de un evento benéfico para Sweet Relief, organización que facilita cuidados a músicos en estado de necesidad. Allí vemos a un Taj Mahal de movilidad reducida, junto a Van Morrison y otros admiradores.

Conocí a Henry St. Claire Fredericks Jr. (su verdadero nombre) en el ...

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Me impresionan las imágenes del concierto homenaje a Taj Mahal de finales del pasado mes. En realidad, se trataba de un evento benéfico para Sweet Relief, organización que facilita cuidados a músicos en estado de necesidad. Allí vemos a un Taj Mahal de movilidad reducida, junto a Van Morrison y otros admiradores.

Conocí a Henry St. Claire Fredericks Jr. (su verdadero nombre) en el festival Mar de Músicas en Cartagena, donde impresionaba por su envergadura y su accesibilidad: vendía copias de su autobiografía, charlaba con cualquiera que se le acercara.

El Taj Mahal que irrumpió en la escena allá por 1968 rompía los tópicos del bluesman. Crecido en una familia de clase media, era un universitario que comenzó a destacar en California, pilotando un grupo interracial con Ry Cooder, los Rising Sons. Frente a las agonías que parecían ser obligatorias para los músicos de blues blancos con ansia de credibilidad, se mostraba risueño, pícaro y pegado a la tierra: hasta practicaba la agricultura. Multiinstrumentista y altamente educado, chocaba con el público negro, al que desconcertaba con su aire bohemio, por lo mismo que fascinaba a los músicos de rock. La teoría de Taj Mahal sugería que las estrellas del rock practicaban un blues miserabilista para conjurar, vaya, su culpabilidad por basar su carrera en la apropiación cultural.

Esa actitud desacomplejada explica que, allá por 1968, los Rolling Stones le convocaran en Londres, como único representante estadounidense, para participar en su Rock and Roll Circus, ambicioso especial de televisión que contaba con John Lennon, Eric Clapton y otras superestrellas. Fue una gran oportunidad… frustrada: el programa solo se difundiría treinta años después.

No creo que Taj Mahal quiera colgarse esa medalla pero sospecho que fue pionero en la world music, en su variedad de grabaciones compartidas entre intérpretes de diferentes culturas. De hecho, se podría argüir que fue quién inspiró lo que sería Buenavista Social Club, recuerden, inicialmente concebido como reunión de músicos cubanos y africanos, en la onda de un disco como Muntaz Mahal (1995). Que le juntaba con invitados de la India y que, debe decirse, olía levemente a turismo musical, con todo el repertorio aportado por Taj Mahal. Luego, debe constar, desarrolló planteamientos más equitativos: su Sacred Island ofrecía un muy relajado encuentro con músicos de Hawai.

¿He dicho que es un tipo afable? Y engatusador: estuvo muchos años facturando discos relativamente caros para Columbia, hoy Sony. Sin grandes éxitos en listas, le permitieron audacias como trabajar con los metales del jazzero Howard Johnson o grabar prácticamente un disco entero de reggae, cuando aquella música no estaba comercialmente establecida en su país.

Además, tiene buena memoria. En 1970, tras un conflicto amoroso, se refugió en España. Como tantos hippies estadounidense, terminó en Ibiza; allí coincidió con unos arquitectos jóvenes que planeaban la denominada Ciudad en el Espacio en Madrid, más exactamente en Moratalaz. Contaban con un escenario y allí se presentó Taj Mahal, actuando (gratuitamente) durante tres días ante la chavalería del barrio. Había aprendió algo de español, como demostraría en 1974 en Why did you have to desert me?, una simpática crónica vital. Muchos años después quiso volver a visitar ese escenario. Imposible: el alcalde Arias Navarro vetó aquel proyecto urbanístico.

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