Jone San Martín, la estrella de la danza que baila su sordera
La coreógrafa, que perdió la audición en un importante momento de su carrera internacional, estrena un espectáculo en el que juega con la música como experiencia física
Un día cualquiera y sin esperarlo, la bailarina y coreógrafa Jone San Martín (San Sebastián, 59 años) empezó a perder audición. “Al principio no entendía por qué la gente hablaba tan bajo, hasta que personas allegadas me hicieron notar que era yo la que no escuchaba”, explica a este periódico. Tenía 30 años y formaba parte del prestigioso Ballet de Frankfurt, dirigido por William Forsythe. Con 32, empezó a us...
Un día cualquiera y sin esperarlo, la bailarina y coreógrafa Jone San Martín (San Sebastián, 59 años) empezó a perder audición. “Al principio no entendía por qué la gente hablaba tan bajo, hasta que personas allegadas me hicieron notar que era yo la que no escuchaba”, explica a este periódico. Tenía 30 años y formaba parte del prestigioso Ballet de Frankfurt, dirigido por William Forsythe. Con 32, empezó a usar audífonos, la sordera era casi total. “Después de un tiempo se lo dije a Bill [Forsythe] y le inspiró la idea de ponernos auriculares a todos los bailarines en la obra Sider. El público no sabía que los bailarines escuchábamos la película Hamlet (1969) mientras bailábamos, así como pautas que nos daba el propio Forsythe”, recuerda. Un gesto coreográfico alrededor de la escucha que confirma la personalidad deslumbrante del creador neoyorquino.
Esta sordera, que cuenta Jone San Martín que la llevó a relacionarse con la danza y con su cuerpo de otra manera, pero nunca hizo que pensara en retirarse, es la que vertebra su nuevo espectáculo, sORDA, que se estrena el 7 de febrero en el Centro de Danza Matadero de Madrid. “Con la “s” en minúscula para poner el acento en los diferentes tipos de pérdida de audición. La mía es adquirida, no de nacimiento”, apunta.
Se trata de una obra autobiográfica que abarca los años del silencio que la acompaña desde hace casi tres décadas y para el que los médicos no encontraron explicación más allá de lo hereditario. Un estado silente que ha poblado su existencia de malos entendidos, a los que dice que intenta dar la vuelta y utilizar a su favor en la creación coreográfica. “Algunos compañeros de la compañía me dijeron que pensaban que yo era una chula porque no reaccionaba cuando me hablaban. Y la bailarina Kate Strong, con quien yo bailaba entonces, también es sorda y cuando le conté lo que me estaba pasando me dijo: pero esto es maravilloso, dear, un auténtico regalo”. Con Strong también bailó un trabajo reciente, Aditu (2021), en el que ya investigaba sobre la sordera y el arte sonoro, binomio que trabaja desde hace ocho años.
En sORDA, la bailarina y coreógrafa comparte creación y escenario con los artistas audiovisuales Paola Álvarez y Manuel Escorihuela, también afincados en Berlín (Jone San Martín vive en la capital alemana desde 2015) y directores de la Paola Álvarez Filmproduktion, que coproduce este espectáculo junto al Centro de Danza Matadero. “Los tres somos muy amigos y nos conocemos y colaboramos desde hace tiempo, aunque será la primera vez que estemos juntos en escena”, explican. “De alguna manera, Jone recorre un camino hasta lo sonoro y nosotros, hacia el silencio, para encontrarnos con ella y crear nuevas escuchas”.
Sobre esta otredad del acto de oír versaba el taller que los tres artistas impartieron en una sala de ensayo de Matadero el pasado domingo. Al comienzo, una docena de personas, la mayoría sordas, atendía las instrucciones en lenguaje de signos sobre el funcionamiento de unas mochilas cableadas que les repartieron. Colocados sobre el pecho o la espalda, los macutos reciben la señal de audio que sale de un dispositivo que controla Escorihuela y se transforma en diferentes tipos de vibración. Entre los asistentes al taller se encontraba el joven actor de 12 años Pablo Fernández Pericas (se le puede ver en la película El hotel de los líos, de Ana Murugarren), que pedía más graves. Con la luz baja en la sala, los alumnos se acercaron así a la música desde lo físico, alguno de ellos por primera vez.
En el estreno también se repartirán estas mochilas a los espectadores sordos que se acerquen al espectáculo. Dirigido a todo tipo de capacidades auditivas, y con esa finalidad de experimentar, se instalará además un dispositivo de sonido subgrave (abarca las frecuencias más bajas del espectro audible) debajo del patio de butacas que hará que el público sienta en su cuerpo lo sonoro, con vibraciones de diferente intensidad. “sORDA es una reivindicación de la danza como lengua, como un lenguaje propio con el que comunicar. Jugamos con los márgenes entre lo correcto y lo incorrecto, entre nosotros tres en escena y con el público. Hay personas que siguen pensando que solo se puede bailar con música”, explica la coreógrafa.
“Habrá tres realidades sonoras”, añaden Paola Álvarez y Manuel Escorihuela, “la de Jone, que va cambiando durante la obra porque a veces lleva audífonos y otras no, y cuando no lleva, no oye; la nuestra, porque estamos en el escenario generando el sonido, con los monitores, y a veces no nos escuchamos y nos hacemos señas; y la realidad sonora del público: cada persona escuchará una cosa de manera distinta porque esperamos que venga gente con diferentes capacidades auditivas”.
La trayectoria de Jone San Martín también vibra de manera intensa y realmente espléndida, aunque no haya recibido aún el Premio Nacional de Danza, circunstancia que no le quita el sueño cuando se le pregunta por ello. “Tengo el premio de la Asociación de Profesionales de Guipuzkoa”, confiesa orgullosa. Formó parte de la Compañía Nacional de Danza y posteriormente del citado Ballet de Frankfurt y la William Forsythe Company, atesorando una carrera sobresaliente. Desde 2015 trabaja en las filas de Dance On, una agrupación con sede en Berlín que alberga en sus filas a bailarines de más de 40 años. Otra seña de esa identidad que abraza la bailarina en la que lo frágil funciona como disparador de fortalezas y parece no haber límites para la danza. “En algunas obras se pueden dar matices musicales que marcan lo corporal y que yo no recibo aunque lleve audífonos. Me pasó en Mellowing (obra de Christos Papadopoulos que interpreta junto a su compañía Dance On y que se pudo ver en el pasado festival dFeria). Entonces detecto el problema y lo asumo, pido ayuda a algún compañero para que me avise con un pequeño gesto y entro en el movimiento desde otro sitio. Cuando uno se muestra vulnerable, nos deshacemos de una barrera y podemos realmente trabajar. Es como cuando doy talleres para bailarines. Arranco diciendo: `Me llamo Jone y soy sorda. Por favor, no seáis educados conmigo y tocadme para llamar mi atención".