Ir al contenido
_
_
_
_
Polít¡ca chilena
Opinión

Elogio de la duda

Todos sabemos que el choque de trenes se avizora en el horizonte y que poco podremos hacer frente a quienes se permiten no dudar. Ocurrió con la reforma de pensiones, cuando los atrincherados de ambos lados estuvieron cerca de dinamitar un muy buen acuerdo

José Antonio Kast en el Palacio de la Moneda, el 22 de abril.marcelo segura (Presidencia de Chile)

A veces no está mal dudar en política.

Contrariamente a lo que suele pensarse, no es malo que la toma de decisiones vaya acompañada de cierto escepticismo. Escepticismo frente a los otros, pero también –y a veces más relevante– frente a uno mismo y a las verdades que hemos construido con el tiempo. Eso exige humildad y madurez; disposición a escuchar y a ser escuchado; capacidad de conversar, de callar a tiempo y de dejarse convencer cuando la realidad se impone.

La contracara de la duda es la convicción más absoluta en lo que uno cree y propone. En algunos casos, esa convicción es condición necesaria para que una causa pueda salir adelante sin morir en el intento. En muchos otros, en cambio, las certezas individuales entorpecen el objetivo que se busca alcanzar. Ocurre sobre todo en los debates con tintes ideológicos, es decir, cuando se enfrentan concepciones disímiles de lo que es o debería ser la vida en sociedad.

Es en las revoluciones donde ese choque de ideas e intereses se da con mayor fuerza. De un lado, quienes buscan preservar el antiguo régimen; del otro, los grupos que desafían el statu quo y pretenden modificarlo de manera estructural, idealmente reemplazándolo por un sistema completamente nuevo. En esos contextos, la convivencia pacífica se vuelve intolerable –incluso indeseable– habida cuenta de las convicciones que unos y otros defienden como si fuera el último aliento.

Los ejemplos sobran: los milicianos de las Trece Colonias contra los monarquistas ingleses; los jacobinos franceses contra los defensores del absolutismo; los revolucionarios hispanoamericanos contra la camarilla de Fernando VII; los mexicanos que aspiraban a elecciones libres contra la oligarquía del Porfiriato; los barbudos de Fidel contra la corrupción de Batista. Movimientos muy distintos entre sí, pero con una característica común: la convicción de que su posición era irrevocable e incuestionable. Nadie dudaba, nadie cedía. Todo o nada. Guerra a muerte.

En el Chile de hoy estamos muy lejos de algo semejante, pese a los impulsos refundacionales de cierta izquierda durante el estallido social y el primer proceso constituyente. No cabe duda de que esos sectores romantizaron con la revolución, con la caída del capitalismo, con el decrecimiento, con el asambleísmo y con la plurinacionalidad, y que defendieron esas causas con la certeza del fanático. Sin embargo, ese fanatismo perdió una y otra vez, no solo en las urnas, sino en la mente de los ciudadanos de a pie. De ahí su escasa legitimidad actual.

Al otro lado del espectro, las cosas no son muy distintas. El fanatismo aparece camuflado de tecnicismo, pero con resultados similares: dogmas absolutos disfrazados de ideas; propuestas que en realidad son axiomas; disposición al diálogo, pero a un diálogo de sordos. Se proclaman liberales y tolerantes, sin ser ninguna de las dos cosas. El disenso, para ellos, es intolerable: prueba inequívoca de amarillismo y tibieza. Si no estás conmigo, estás contra mí. Así de simple.

Lo peor es que todos sabemos que el choque de trenes se avizora en el horizonte y que poco podremos hacer frente a quienes se permiten no dudar. Ocurrió con la reforma de pensiones, cuando los atrincherados de ambos lados estuvieron cerca de dinamitar un muy buen acuerdo. Y es probable que algo parecido suceda con la ley de ‘reconstrucción' del Gobierno de José Antonio Kast. En otras ocasiones he escrito que, en términos generales, se trata de un proyecto que merece apoyo, pues aborda lo que es quizás el mayor problema de la economía chilena: un crecimiento mediocre causado, entre otras cosas, por normas poco claras y una carga impositiva excesiva.

Que eso sea así no significa, sin embargo, que el proyecto esté escrito en piedra. Si lo estuviera, la separación de poderes sería poco más que un juego. ¿Para qué existen las comisiones del Congreso, si no es para mejorar las propuestas del Ejecutivo? ¿Por qué no recurrir a los técnicos dispuestos a aportar su conocimiento para resolver los nudos que inevitablemente irán apareciendo? Los ministros políticos, por lo demás, han mostrado buena disposición para negociar con los parlamentarios, y sería extraño que no lo hicieran en el momento más importante.

Dudar en política no significa abandonar los principios. Significa, más bien, estar dispuesto a dejarse convencer por quien está al frente. Solo los fanáticos no cambian ni dudan. Y eso, en una democracia representativa, es simplemente inaceptable.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_