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Impuestos
Opinión

Impuestos, intuición y datos

Bajar impuestos se puede sentir como una solución pro-crecimiento. Pero la economía no recompensa las sensaciones, sino las combinaciones complejas de políticas bien ejecutadas

Billete de veinte mil pesos chilenos.Andrzej Rostek (Getty Images)

Cada cierto tiempo, el debate económico vuelve a un punto que parece indiscutible: bajar los impuestos a las empresas sería la clave para recuperar el crecimiento. La propuesta del gobierno de reducir el impuesto corporativo del 27% al 23% se apoya precisamente en esa intuición: si a las empresas se les rebaja el peso tributario, invertirán más, crecerán más y, por extensión, crecerá el país.

El problema es que la economía real rara vez se comporta como dicta la intuición. Y en economía (así como en la vida) las ideas que parecen más obvias suelen ser también las más peligrosas.

Es cierto que, desde un punto de vista teórico, los impuestos a las utilidades corporativas generan distorsiones. La OCDE sostiene que, comparados con otros tributos, tienden a ser los más perjudiciales para el crecimiento, lo que ha alimentado por años la narrativa de que reducirlos es una política “pro-crecimiento” casi por definición.

Pero aquí aparece la primera trampa conceptual: que un impuesto sea distorsionador en teoría no implica que su reducción produzca, en la práctica, grandes efectos sobre el crecimiento si no se ajustan también otros tributos.

Con todo, de los 38 países de la OCDE, Chile aparece en el lugar 28 en términos de competitividad de su sistema tributario, lo que sugiere que algo hay que hacer. La pregunta es qué, exactamente.

Cuando se pasa del pizarrón a los datos, la intuición comienza a evaporarse. Uno de los metaanálisis más amplios sobre la materia —Gechert y Heimberger, revisando más de 400 estimaciones empíricas de 42 estudios— concluye algo incómodo: una vez corregidos los sesgos de publicación, no puede descartarse que el efecto promedio de reducir el impuesto corporativo sobre el crecimiento sea cercano a cero. No negativo, pero tampoco el motor de desarrollo que promete el relato político.

Peor aún para los defensores de las soluciones simples, el trabajo de David Hope y Julian Limberg, basado en cinco décadas de datos de países OCDE, es brutalmente claro: el crecimiento no responde de manera sistemática a este tipo de reformas. La intuición dice una cosa; los datos, otra.

¿Significa esto que los impuestos no importan? No. Importan, y mucho. Estudios del CEP confirman que aumentos en la tasa corporativa tienen efectos negativos significativos sobre la inversión privada en el tiempo. Y la evidencia para Chile también muestra que una reducción de tres puntos en la tasa (según un estudio de Rodrigo Cerda y Felipe Larraín) podría aumentar el PIB en el largo plazo. El problema no está en reconocer ese efecto, sino en sobreestimarlo hasta convertirlo en la solución total.

Porque la inversión no es un animal que responde únicamente a la tasa impositiva. Kahneman y Tversky, dos sicólogos que acercaron las finanzas a las emociones, demostraron que la aversión a la pérdida y la incertidumbre inducen la postergación de decisiones incluso cuando la rentabilidad esperada mejora.

Así, cambios regulatorios, incertidumbre política, desorden fiscal o políticas laborales agresivas pueden incidir mucho más a la hora de que una empresa decida materializar una inversión. La teoría del crecimiento —desde Solow hasta Mankiw, Romer y Weil— insiste en que estos factores pesan más que cualquier ajuste aislado en impuestos.

Además, reducir el debate al nivel de la tasa ignora además una dimensión clave: el rol de la recaudación en el desarrollo. El FMI ha mostrado que existe un umbral mínimo de capacidad fiscal que permite financiar bienes públicos, fortalecer instituciones y sostener el crecimiento en el largo plazo. Superar ese umbral no sofoca la economía; puede acelerarla cuando va acompañado de mejoras en gobernanza y efectividad del gasto.

Por ejemplo, el recorte tributario más grande de las últimas décadas fue el de Estados Unidos en 2017, cuando Trump redujo la tasa corporativa de 35% a 21%. ¿El resultado? Por cierto hubo efectos sobre la inversión, pero que no fue compensada de manera suficiente para justificar el impacto fiscal de largo plazo. Y eso en la economía más poderosa del mundo, con mercados de capital profundos y un dólar de reserva.

No existe, entonces, una fórmula tributaria simple para el crecimiento. Las economías que han logrado desarrollarse no lo hicieron porque “acertaron” con una tasa corporativa específica, sino porque construyeron sistemas tributarios coherentes, estables y creíbles, capaces de financiar inversión pública, educación e infraestructura.

Bajar impuestos se puede sentir como una solución pro-crecimiento. Pero la economía no recompensa las sensaciones, sino las combinaciones complejas de políticas bien ejecutadas.

Tal vez el debate que Chile necesita no es si el impuesto corporativo debe ser 27% o 23%, sino qué Estado, qué sistema productivo y qué instituciones queremos financiar.

Todo lo demás es intuición.

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