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Felicidad
Tribuna

¿Cuán felices somos?

Los países van cambiando de lugar de un ranking a otro, o dentro de un mismo ranking de una medición a otra efectuada un par de años más tarde que la anterior. Chile, por ejemplo, acaba de caer del lugar 45 al 50

Vendedora de globos en la Plaza de Armas en Santiago.Esteban Felix (AP)

Cada cierto tiempo vuelven a aparecer rankings mundiales de felicidad. El de este año viene desde Finlandia, mientras otros lo hacen desde distintas naciones y centros de investigación. Tales rankings vienen ordenados por países que pueden ser felices o menos felices que otros. Hace algunos años, Bután pasó por ser el país más feliz del orbe, y eso solo porque dicho lugar, ubicado en el borde oriental del Himalaya, constituye un reino budista que desechó el conocido PIB y lo cambio por el FNB, que es algo así como el Índice de Felicidad Nacional Bruta de ese país. Entonces, y en un momento en que nadie tiene suficientemente claro qué es la felicidad y qué habría que hacer o no hacer para lograrla, o en el que se manejan algunas definiciones harto banales en ambos sentidos, estamos ocupados de medir eso que no sabemos bien qué es o en qué consiste ¿De dónde habrá surgido este obstinado afán por medirlo todo y con la más absoluta precisión? ¿Y por qué es tan bajo el turismo que llega a Butan y porqué decrece su población? En ese país hay nada menos que un Ministerio de la Felicidad y puedo imaginar a algún lugareño que marcha con una pancarta en la puerta de ese recinto, en la que pone:”¡No soy feliz!”

Los distintos países van cambiando de lugar de un ranking a otro, o dentro de un mismo ranking de una medición a otra efectuada un par de años más tarde que la anterior. Chile, por ejemplo, acaba de caer del lugar 45 al 50. ¿Qué nos pasó en ese lapso?

La literatura de auto ayuda y crecimiento personal suele hablar del “arte de la felicidad”, y donde “arte” no se refiere a ninguna creación, sino simplemente a cualquier trabajo muy bien hecho, desde un tratamiento de conductos hasta una cirugía abdominal o de un pase gol que acaba de hacer un talentoso futbolista. Todos pasan a ser considerados “artistas en lo suyo”, algo que también puede suceder tratándose de un muy buen punto que se consigue durante un partido de tenis o de una trabajo de fontanería que hemos encargado en nuestra casa a un buen y confiable maestro.

De los desplazamientos de cada país por uno u otro de los rankings —unos al alza y otros a la baja— suelen dar cuenta algunos medios con singular entusiasmo para ver a cuáles de esos países le está yendo mejor y a cuáles peor.

Sobre esto de felicidad, el destacado filósofo Arthur Schopenhauer (1788-1860), seleccionó en vida varios dichos y textos breves —fueron nada menos que medio centenar de ellos— acerca de lo que venimos hablando, esto es, la felicidad. Tales dichos y textos del filósofo germano no fueron escritos de una sola vez ni para formar parte de un mismo libro, sino que algún editor los fue recogiendo uno a uno para formar luego un solo volumen, titulándolo —cómo no— El arte de ser feliz, y varios de ellos concluyen que no hay búsqueda más eficaz de la felicidad, sea esta lo que sea, que evitar el dolor. “Hay que abrir a la felicidad todas las puertas” —invitó el filósofo— aunque “al menos nueve décimas partes de nuestra felicidad se basan exclusivamente en la salud”, concluyendo, con bastante realismo, que quien es inteligente no aspira a la felicidad, sino a la ausencia de dolor: “A la cabeza está la afirmación de que una felicidad absoluta y positiva no es posible, sino que tan solo se puede esperar un estado comparativamente menos doloroso. Comprender esto puede contribuir en mucho a que seamos partícipes del bienestar que la vida permite…”. “Lo mejor que se puede encontrar en el mundo es un presente indoloro, tranquilo y soportable”, anotó finalmente Schopenhauer.

Entonces, “si solo pensamos en escapar en lo posible del dolor y el sufrimiento”, ¿no deberíamos medir este último y no aquello que llamamos “felicidad”?

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