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Día Mundial del Agua
Opinión

Que el agua se quede

Hay que dejar atrás una lógica reactiva y avanzar hacia una estrategia urbana del agua que combine infraestructura tradicional con soluciones basadas en la naturaleza. Pero sobre todo exige cambiar la pregunta, no cómo sacamos el agua de la ciudad, sino cómo logramos retenerla, infiltrarla y reutilizarla

Agua en un parque público, en Santiago.Esteban Felix (AP)

Cada vez que vuelve la lluvia, parece que olvidamos la sequía, como si unos días más húmedos bastaran para disipar una crisis que lleva más de una década acumulándose. Pero hay algo más profundo, seguimos pensando las ciudades bajo una lógica equivocada frente al agua y aún operamos con una premisa simple y obsoleta, evacuarla lo antes posible. Cuando el verdadero desafío es exactamente el contrario, que el agua se quede.

En el mes en que se conmemora el Día Mundial del Agua, es importante reflexionar sobre esa falsa sensación de alivio, porque la vulnerabilidad hídrica urbana no desaparece con un invierno más generoso. Sigue ahí, latente, estructural, marcada por un modelo de desarrollo que no ha sabido integrar el agua como parte central de la planificación de las ciudades.

La vulnerabilidad hídrica no desaparece con una temporada favorable, por el contrario, el estrés hídrico urbano persiste como una condición de fondo, marcada por décadas de sobreexplotación, planificación fragmentada y una débil integración entre ciudad y naturaleza. El riesgo es claro, porque cuando el agua vuelve a aparecer, el debate público se relaja y es precisamente en esos momentos cuando más deberíamos actuar.

Chile lo sabe bien, ya que desde 2010 más de 180 comunas han estado bajo decretos de escasez hídrica y en el peak de la megasequía hasta el 40% del país enfrentó esta condición. A esto se suma una realidad menos visible pero igual de crítica, que es la vulnerabilidad frente a inundaciones, de hecho, solo en el Gran Santiago el 71% de la población vive en municipios con alta susceptibilidad territorial a eventos pluviales. En municipios como San Joaquín, Cerro Navia y Lo Espejo, la totalidad de su territorio urbano presenta este riesgo, es decir, convivimos simultáneamente con la escasez y el exceso.

Este escenario exige dejar atrás una lógica reactiva y avanzar hacia una estrategia urbana del agua que combine infraestructura tradicional con soluciones basadas en la naturaleza. Pero sobre todo exige cambiar la pregunta, no cómo sacamos el agua de la ciudad, sino cómo logramos retenerla, infiltrarla y reutilizarla. Que el agua deje de ser un problema, que evacuar pase a ser un recurso que se captura y se gestiona.

Las experiencias internacionales ofrecen aprendizajes concretos. Por ejemplo, Róterdam ha convertido la adaptación climática en parte de su diseño urbano, con plazas inundables como Benthemplein, capaces de almacenar hasta 1,7 millones de litros de agua durante lluvias intensas, sin perder su función como espacio público. Singapur, por su parte, ha logrado que cerca del 40% de su agua provenga de reutilización mediante su sistema NEWater, integrando embalses urbanos y captación de aguas lluvias en gran parte de su territorio.

China ha implementado el modelo de ‘ciudades esponja’, capaz de capturar hasta el 70% del agua lluvia, reduciendo inundaciones y mejorando la biodiversidad urbana. Tokio, en tanto, ha demostrado que la eficiencia también es clave, donde su red inteligente de agua potable, basada en sensores y monitoreo en tiempo real, ha reducido las pérdidas a menos del 5%, una de las tasas más bajas del mundo.

Y quizás uno de los casos más elocuentes es el de Ciudad del Cabo, donde el concepto de ‘Día Cero’ logró instalar un sentido de urgencia real frente al riesgo de quedarse sin agua. Más que una crisis puntual, fue un punto de inflexión cultural y político.

¿Qué podemos aprender en Chile? Existen soluciones disponibles y aplicables en el corto plazo, que van desde el desarrollo de ciudades esponja -con pavimentos permeables, parques inundables y humedales urbanos- hasta la reutilización masiva de aguas tratadas para riego, uso industrial o recarga de acuíferos. A esto se suman redes inteligentes que permiten detectar fugas, optimizar el sistema en tiempo real y captar aguas lluvias en edificios, integrando el ciclo del agua a la escala doméstica y urbana.

El desafío no es técnico, sino estratégico, donde se requiere voluntad política, coordinación institucional y una visión de largo plazo que entienda que, al igual que la energía, la capacidad de acumular agua se ha transformado en una infraestructura crítica.

Según Naciones Unidas, más de 2.000 millones de personas viven en países con alto estrés hídrico y la demanda global podría aumentar un 30% al 2050. Chile, particularmente en su zona centro-norte, ya se encuentra en niveles altos o extremos, según el Aqueduct Water Risk Atlas. Ignorar esta realidad porque llovió un año más es simplemente postergar el problema.

La probable lluvia no es una solución, es en muchos casos una pausa. Una buena gestión del agua requiere una mirada integral, poniendo el énfasis en retener, limpiar y ocupar el agua, no evacuarla.

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