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Izquierda Chile
Tribuna

La izquierda chilena después de Gabriel Boric

La izquierda enfrenta una disyuntiva. Insistir en una agenda donde los gestos simbólicos continúen siendo el eje de su proyecto o intentar responder a las preocupaciones que alguna vez le permitieron convertirse en una fuerza mayoritaria

Gabriel Boric en su último discurso como presidente de Chile, el 10 de marzo.Presidencia de Chile

Cualquiera sea el camino que tome la izquierda chilena en los próximos años, su línea de acción debería ser el resultado de un diagnóstico común sobre las razones detrás de sus derrotas más recientes. Es lo que cabe esperar de las tradiciones políticas que han estado, y desean seguir estando, en posiciones de poder. Me temo, sin embargo, que no es evidente que algo así vaya a ocurrir, en tanto sus intelectuales no parecen verdaderamente interesados en preguntarse cómo y por qué llegaron al punto actual.

El déficit intelectual o ideológico de la izquierda es, en todo caso, de larga data. De hecho, algunos de los mejores trabajos sobre la izquierda chilena de los últimos años han sido escritos por académicos que se distancian de esa corriente. Los libros de Daniel Mansuy y Pablo Ortúzar sobre el estallido social y la generación frenteamplista, o las contribuciones de Aldo Mascareño en torno al pensamiento decolonial que tanto daño le hizo a la Convención Constitucional, son solo algunos ejemplos. Así, salvo una que otra publicación de Noam Titelman —a quien, dicho sea de paso, la izquierda no termina de considerar del todo como propio—, no se ve en el horizonte cercano una reflexión medianamente comprehensiva que provenga del propio mundo de la izquierda.

Durante el siglo XX, la izquierda chilena organizó su acción política en torno a un conjunto relativamente claro de preocupaciones. El trabajo, los salarios, la desigualdad, la educación pública o la seguridad social formaban parte de su horizonte natural. Incluso en sus versiones más radicales, la izquierda tendía a concebir la política como una herramienta destinada a mejorar las condiciones materiales de existencia de amplios sectores de la población. Esa orientación no solo definía su programa, sino también su relación con la sociedad.

Ese rasgo continuó, con matices importantes, incluso después del retorno a la democracia. La izquierda que gobernó Chile durante los años de la Concertación estaba lejos de la imagen revolucionaria de décadas anteriores, pero mantenía una preocupación por la expansión gradual de derechos sociales. Las cosas comenzaron a cambiar cuando el Frente Amplio decidió anclar su historia y su presente en oposición a ese ciclo. Para muchos de sus dirigentes, la experiencia de la transición había derivado en una política excesivamente moderada, incapaz de responder a demandas sociales que se acumulaban desde hacía tiempo.

El Gobierno de Gabriel Boric aterrizó en La Moneda en medio de ese ambiente, mediadamente propiciado, para ser justos, por el segundo mandato de Michelle Bachelet, mucho más a la izquierda que el primero. El triunfo de Boric en 2021 fue interpretado por muchos como el inicio de una nueva etapa generacional, marcada por la promesa de cambios profundos en el funcionamiento del Estado y en la estructura económica del país. Con el paso del tiempo, no obstante, comenzaron a hacerse visibles tensiones difíciles de resolver. La economía entró en un período prolongado de bajo crecimiento y la incertidumbre política terminó extendiéndose más allá de lo razonable.

Al mismo tiempo, el deterioro de la seguridad pública provocado por la violencia del estallido social —muchas veces justificada por sectores de la izquierda— se convirtió en una de las principales preocupaciones de la ciudadanía, fenómeno frente al cual el Gobierno de Boric tardó en articular una respuesta convincente. De ese modo, empezó a hacerse evidente un desfase entre el Ejecutivo y las preocupaciones concretas de la sociedad. Mientras el país discutía sobre delincuencia, migración irregular o estancamiento económico, una parte importante del discurso oficialista seguía concentrándose en cuestiones simbólicas vinculadas al lenguaje, a las identidades o a redefiniciones culturales.

La pregunta que surge de ese cuadro es relativamente simple: ¿qué es lo que mantiene hoy unida a la izquierda chilena?

La izquierda enfrenta una disyuntiva que tiene una clara dimensión histórica. Puede insistir en una agenda donde los gestos simbólicos continúen siendo el eje de su proyecto político, aun a riesgo de profundizar su fragmentación interna. O puede intentar responder a las preocupaciones que alguna vez le permitieron convertirse en una fuerza mayoritaria dentro de la sociedad. La experiencia reciente sugiere que los ciclos políticos rara vez se sostienen únicamente sobre gestos culturales.

Si bien nadie podría decir que Boric es un político menor o que su Gobierno fue un entero fracaso, es innegable que él y su círculo cercano no leyeron de buena forma a la población que tenían el deber de representar y gobernar. Se dijeron feministas, pero poco y nada hicieron para condenar los abusos de Manuel Monsalve. Se mostraron preocupados de las condiciones laborales de los chilenos, pero les dieron la espalda a los trabajadores que, como aquel gasfíter que murió en el palacio de Gobierno, falleció en circunstancias que todavía no han sido del todo clarificadas. Hicieron gárgaras con el derecho a la vivienda, pero ahí siguen cientos de familias con sus casas destruidas después de los incendios de febrero de 2024.

Es como si a la izquierda se le hubieran olvidado los más necesitados. Los mismos que, a diferencia de muchos de sus dirigentes, no organizan su vida en torno a discusiones identitarias, sino a cuestiones mucho más elementales, como la posibilidad de conseguir empleo, caminar seguros por las calles y aspirar a una vida mejor que la de sus padres. Si la izquierda no vuelve a situar esas preocupaciones en el centro de su proyecto político, no es descartable que sus élites sigan hablando un lenguaje que buena parte del país ya dejó de escuchar.

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