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‘Islandia’, de Manuel Vilas: la ruptura matrimonial de un hombre español triste

En su nueva novela, con bastantes defectos y la virtud de su parecido con el tiempo, el escritor da una y otra vuelta a su divorcio y revela una forma de masculinidad de una determinada generación

El escritor Manuel Vilas en Santander, en junio de 2025.Juan Manuel Serrano Arce (Getty Images)

El narrador es un hombre desesperado. Su esposa le ha dicho que ya no está enamorada de él. Su matrimonio se ha roto. El narrador y el autor están tan cerca, se parecen tanto, que decir que casi se tocan es quedarse corto. No hay distancia alguna entre el narrador y el autor. No la tolerarían ni la vanidad ni la exaltación. Una nota al principio del libro asegura que Islandia es una novela “porque las cosas verdaderamente importantes que ocurren en nuestras vidas suelen ser inenarrables”. Entonces, si es una ...

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El narrador es un hombre desesperado. Su esposa le ha dicho que ya no está enamorada de él. Su matrimonio se ha roto. El narrador y el autor están tan cerca, se parecen tanto, que decir que casi se tocan es quedarse corto. No hay distancia alguna entre el narrador y el autor. No la tolerarían ni la vanidad ni la exaltación. Una nota al principio del libro asegura que Islandia es una novela “porque las cosas verdaderamente importantes que ocurren en nuestras vidas suelen ser inenarrables”. Entonces, si es una novela, ya no será ni un ajuste de cuentas con el pasado ni una memoria ni un cortocircuito emocional suspendido en un texto que tiene, como defectos, bastantes, pero como virtud, su parecido con el tiempo. Justo la única que dice perseguir.

Islandia son unas páginas que dan vueltas y vueltas a un divorcio. Lo que diré ahora tiene que quedar claro, porque es verdad, y luego seguiremos: su estilo es plano y reiterativo (no en vano, el narrador declara que ni el estilo literario ni una guerra mundial le importan al hombre que ha perdido a su mujer), la mitad de las anécdotas que desflora, banales, y sus caídas en el ridículo, abundantes, con esos pasajes de escritor español obsesionado con los premios y el éxito y ser famoso, con esas pullas seguidas de cabriolas autoconmiserativas, con esas horteradas (frecuentes, no una, ni dos ni tres) que Ana Milán reivindicaría a gusto, “una varita mágica para sanar corazones devastados”, “a ella no se le ha roto el corazón”, “de los traumas huyen hasta los traumatólogos”.

Así pues, a Islandia no la podemos eximir de caer en el ridículo, y no sé cómo podríamos fingir lo contrario. Sin embargo, aquí viene algo importante: cada vez que el libro logre salvarse a ojos de un lector, será precisamente por asumir ese ridículo y reivindicarlo. Porque un escritor español no va a ser Knausgård con su precisión ni Ernaux con su lucidez, desde luego no va a ser Proust al que menciona como bromeando (qué sentido tendría querer ser Proust, por otra parte), ni va a ser Thomas Bernhard por mucho que su prosa entre en bucle y se entozudezca como lo hacía la de Bernhard, o eso pensé a ratos. A cambio, al menos puede inmolarse y ver qué pasa. Puede encaramarse al anti-intelectualismo, decir que “toda forma de inteligencia procede de la criminalización de los instintos”, y que el eterno grotesco ibérico haga su trabajo, sin las virguerías de imaginación y lenguaje que existieron hasta ese triunfo llamado Ordesa y luego cada vez menos, pero todavía con ingenio (paradojas, absurdos, salidas de tono divertidísimas) y un buen personaje extremo, bien limítrofe y orate, ocupando el centro del escenario.

En Islandia, el ritmo es lo que queda de literario. No es mucho. El ritmo arrastra y rescata lo ridículo, si es que lo rescata. Logra, si es que lo logra, que las nimiedades tediosas no parezcan tediosas, aunque te sigas preguntando qué demonios haces leyéndolas. También funcionan el viejo truco de apelar a la identificación del lector y las certeras observaciones repentinas, porque ¿se puede saber a qué viene romper un matrimonio justo el día después de pagar unas vacaciones en Islandia? ¿Eh? Por ahí el libro tiene gracia a menudo. Pero, sobre todo, el narrador de Islandia, que tanto se parece a Manuel Vilas (Barbastro, 1962), dice que su preocupación es el tiempo, e insisto: aquí hay tiempo. No por casualidad, sino por prerrogativa del ritmo. Tiempo, y el patrimonio de una voz propia.

Así que tanto lo bello como lo grueso de Islandia se van muy lejos sin desentenderse jamás lo uno de lo otro (el título, por ejemplo, qué metáfora tan obvia del frío y la lejanía, ahora bien, qué justificado a efectos narrativos, qué fácil sería para el relato esquivar el golpe preguntando “¿¿qué metáfora??” con retranca de picaresca). Esto lo convierte en un libro un poco loco, entre desvergonzado y desnudo, cursi de morirse y manipulador, pero escrito desde una fe incuestionable en la escritura, y quizá lo más parecido al sentimentalismo post-postmoderno reivindicado por David Foster Wallace que cabe esperar de España, o al menos de una generación de tristes, tristes hombres españoles.

O sea, es un libro que está vivo y que arraiga en algo real. Y esto es lo que hay.

Islandia

Manuel Vilas
Destino, 2026
400 páginas, 21,90 euros

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