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Guicciardini, el Maquiavelo ‘noir’: consejos de un clásico del escepticismo

Los 221 ‘ricordi’ del florentino se basan en un crudo realismo político por el cual el poder craso tiende siempre a imponerse: toda astucia y prudencia son escasas

Moneda con la efigie de Francesco Guicciardini conservada en el museo Münzkabinett de Berlín.Major Archive / Alamy / CORDON PRESS

Italia tiene la singularidad de habernos traído repetidamente lo mejor y lo peor de la política. El país de Asís y de Cesare Beccaria, el del pacifismo y la abolición de la pena de muerte, iba a ser también el del terrorismo más cruento. La tierra que pasmó al continente con la sofisticación del “vivere libero e civile” glosado por Maquiavelo ha sido también la cuna del fascismo que lo aterrorizó. La revolució...

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Italia tiene la singularidad de habernos traído repetidamente lo mejor y lo peor de la política. El país de Asís y de Cesare Beccaria, el del pacifismo y la abolición de la pena de muerte, iba a ser también el del terrorismo más cruento. La tierra que pasmó al continente con la sofisticación del “vivere libero e civile” glosado por Maquiavelo ha sido también la cuna del fascismo que lo aterrorizó. La revolución modelo de mil revoluciones —¡recuerden la Taberna Garibaldi!— paró en un Estado conocido por su barroquismo burocrático. Y la orfebrería de su Constitución y los trabajosos equilibrios de su posguerra darían paso a un profeta, Silvio Berlusconi, del populismo performativo hoy generalizado. En la Italia central del siglo XIV había más Estados —recuerda Toynbee— que en el mundo entero en 1934: un lugar para políticas buenas o malas, pero, de Maquiavelo a Da Empoli, para extraordinarios observadores de la política. Es aquí donde entra, con laureles, Francesco Guicciardini (1483-1540).

Florentino como Maquiavelo, y amigo y confidente intelectual del autor de El Príncipe, Guicciardini iba a llegar a mayores alturas mundanas: fue embajador en España del confaloniero Pier Soderini, consejero de papas y enlace de los Médici entre Roma y Florencia. De esto último dejó testimonio en un libro fundacional para la historiografía italiana, la Storia d’Italia, rompedor por la apoyatura documental de sus fuentes. Su fama más perdurable, sin embargo, le ha llegado por un “libro secreto”, por las notas que, “siguiendo una arraigada tradición de la aristocracia florentina”, según el editor del volumen, Jorge del Palacio, dejó a su familia. Se trata de los Ricordi politici e civili, que Guicciardini comenzó en 1512 en España y que iba a completar durante dos décadas. Manual de prudencia, de “educación del juicio político”, por mucho que se nutran de su experiencia en la cosa pública, los ricordi no son memoralismo, sino recordatorios o avisos.

Es llamativo que Guicciardini se tomara el trabajo de compilar sus saberes del mundo cuando una de sus intuiciones más arraigadas es que “los hombres viven en la oscuridad de las cosas” y “andamos todos entre tinieblas, pero con las manos atadas a la espalda, para que no podamos esquivar los golpes”. Esta última y asombrosa consideración se la hará por carta a Maquiavelo. En su modélica edición, que glosa cada uno de los 221 ricordi, Jorge del Palacio reflexiona cómo ambos florentinos escriben “post res perditas”: en cierto modo, desde la autoridad de la derrota. Pero si Guicciardini había llegado más alto que Maquiavelo en la política, también iba a enfoscarse en un escepticismo mucho más profundo.

Así, tras haber visto en su propia vida cómo Florencia pasaba del autogobierno orgulloso a la tiranía de Cosme I de Médici, primer Gran Duque de Toscana, Guicciardini se lee menos como un renacentista italiano que como un barroco español. Cuando no como un nihilista posmoderno. Al sepultar la ilusión, todavía presente en Maquiavelo, de que la Historia pueda ser maestra de vida, Guicciardini no hace sino afirmar que “las cosas del mundo” no se pueden entender “conforme a regla”. Somos juguetes de fortuna. Y la mayor sabiduría será atenerse a un crudo realismo político por el cual el poder craso tiende siempre a imponerse: conscientes de ello, y de la mutabilidad de nuestra suerte, toda astucia y prudencia serán escasas. Y Guicciardini no ahorra al recomendarnos zorrerías prácticas: de la importancia de ser visto por el que manda a establecer una red de amigos, ponerse en guardia ante las desinformaciones o manejar las artes del secreto. Como último refugio, el estoicismo. En resumen, el único norte moral al que podemos aspirar para leer el mundo se halla en otra palabra que iba a entusiasmar a los barrocos españoles: “discreción”. “La cual, si no te ha sido dada por naturaleza, pocas veces se aprende tanto que baste a través de la experiencia. Y, desde luego, jamás con los libros”.

Ricordi. Consejos y advertencias para la vida civil y política

Francesco Guicciardini 
Edición de Jorge del Palacio
Traducción de Jorge del Palacio y José Ruiz Vicioso
Alianza, 2025
312 páginas
13,95 euros

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