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La tarde que España quedó en manos de un bolso

El cambio político de la moción de censura de 2018 llegó entre casualidades y con un gran motor de fondo: nadie quiso salvar a Rajoy

El bolso de Sáenz de Santamaría en el escaño de Rajoy; imagen publicada en Twitter durante la moción de censura la tarde del 31 de mayo de 2018.Cuenta de X de Rafablue

Al poder se llega entre aplausos y se sale entre lágrimas. El giro de la moción de censura de 2018, la única que ha triunfado en España, cambió la historia política del país pero no llegó por una operación de calculado ajedrez, como quisieron hacer creer algunos de sus protagonistas, sino por un cúmulo de casualidades y un gran motor de fondo: nadie quiso salvar a un Mariano Rajoy achicharrado por la corrupción a su alrededor. La moción se ganó sobre todo porque el PDeCAT —entonces no era Junts— y el PNV se miraron de reojo varios días hasta que decidieron que no podían asumir el coste de ser ...

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Al poder se llega entre aplausos y se sale entre lágrimas. El giro de la moción de censura de 2018, la única que ha triunfado en España, cambió la historia política del país pero no llegó por una operación de calculado ajedrez, como quisieron hacer creer algunos de sus protagonistas, sino por un cúmulo de casualidades y un gran motor de fondo: nadie quiso salvar a un Mariano Rajoy achicharrado por la corrupción a su alrededor. La moción se ganó sobre todo porque el PDeCAT —entonces no era Junts— y el PNV se miraron de reojo varios días hasta que decidieron que no podían asumir el coste de ser los salvadores de alguien que en ese momento ya parecía un muerto político tras la sentencia del caso Gürtel.

En ocho días, del miércoles 23 de mayo al jueves 31, Rajoy pasó de brindar por los Presupuestos pactados con el PNV, que en teoría le garantizaban dos años más de estabilidad, a achisparse en el restaurante Arahy, al lado del Congreso. Ya sabía que estaba acabado. Mientras comía, le llamó el líder de ese mismo PNV, Andoni Ortuzar, para confirmarle que votarían sí al día siguiente a la moción de censura. Su larga carrera política se había acabado de la peor manera posible. Ortuzar le había ofrecido un último gesto de dignidad: que dimitiera y dejara al mando a Soraya Sáenz de Santamaría, la vicepresidenta. Pero Rajoy no quiso aceptarlo. Si le iban a echar, que lo hicieran ellos. No se iba a ir voluntariamente. “No arreglo nada con eso”, les repetía a los suyos, desolados.

Durante esa larga tarde del jueves, mientras el presidente ahogaba ese final en whisky y algunos de sus colaboradores lloraban, la imagen quedó para la historia: el escaño del aún líder del país, que se negaba a volver al Congreso después de comer, ocupado por el enorme bolso negro de Sáenz de Santamaría. La fotografía del vacío de poder era demoledora: el jefe del Gobierno de sobremesa eterna —duró hasta la noche— y los suyos sin atreverse a pedirle que volviera mientras se debatía la moción de censura.

En esas horas se decidió la composición de poder de la siguiente década en España. Pedro Sánchez, que en ese momento llegó a estar cuarto en las encuestas, se convirtió en el eje de todas las jugadas. Su llegada a La Moncloa lo cambió todo: se convirtió en un líder fuerte, desactivó las críticas internas, hizo un Gobierno más sólido de lo esperado, se consolidó, empezó a fraguar mayorías, ganó dos elecciones en 2019 y a partir de ahí construyó su fama de resistente, con un tercer milagro político en 2023, cuando sacó un millón de votos más de los esperados y logró mantenerse en La Moncloa, donde ocupa ahora todo el poder y el protagonismo de la política española, como el gran rival a batir.

No solo cayó Rajoy. También lo harían María Dolores de Cospedal y Sáenz de Santamaría, desangradas en la pelea por hacerse con el poder en el PP. Ni siquiera su sucesor, Pablo Casado, lograría resistir y sería destituido en 2022, cuando se lanzó contra Isabel Díaz Ayuso por el pelotazo que había pegado su hermano con un contrato de mascarillas con la Comunidad de Madrid en plena pandemia. Hasta 2023, el PP, que había logrado mayoría absoluta en 2011, no volvería a ser el primer partido, y lo logró por poco, apenas 300.000 votos.

Albert Rivera, que antes de la moción de censura llegó a figurar como el más votado en las encuestas, se equivocó al votar no y empezó a perder peso, sepultado por un Sánchez al que no aguantaba pero que le fue ganando todas las partidas hasta que Ciudadanos acabó desapareciendo pocos años después, tras otro inmenso error en 2019, cuando renunció siquiera a intentar un Gobierno con el PSOE.

Pablo Iglesias fue clave en la gestión de la moción: se movió con todos y pactó con Rivera que si no salía adelante esta, ellos presentarían otra para forzar elecciones, lo que más temía el PNV porque Ciudadanos amenazaba incluso con acabar con el cupo vasco. Logró llegar al poder y ser vicepresidente, pero al ayudar a Sánchez le dio la oportunidad de recuperarse y quedó atrás tal vez para siempre la posibilidad de un sorpasso de la izquierda al PSOE (habían estado muy cerca en 2016). Iglesias saldría del Gobierno en 2021 y empezaría ahí el hundimiento de Podemos.

En esa tarde del jueves 31 de mayo de 2018, España empezó a cambiar con una nueva configuración política: nació un gran acuerdo de fondo entre el PSOE, el espacio a su izquierda y todos los nacionalistas e independentistas, impensable un año antes, en plena crisis del procés, y que aún hoy, con dificultades, sigue configurando la única mayoría con votos para gobernar España. Solo hay otra que de momento no tiene escaños para hacerlo, pero espera lograrlos en 2027: la coalición de PP y Vox. El bolso de la vicepresidenta solo gobernó unas horas y enseguida dejó paso a esa compleja mayoría que sigue teniendo a España como una gran excepción en una Europa dominada por la derecha.

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