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Corales buscan futuro

Nuestra mejor protección frente a los huracanes sigue siendo la naturaleza, pero los arrecifes son los paisajes que más rápido se desvanecen

Remoción de coral Cerebro (Diploria labyrinthiformis) para cultivo y posterior fertilización in vitro, en Honduras.Alexandra Wen

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Cuando los calamares hawaianos nacen, bajan sus defensas para dejarse tapizar por bacterias bioluminiscentes; llenan sus vientres de cielos estrellados que atraen a animales para devorarlos. Seres dentro de otros seres que les transfieren vida: sin esa colonización y diálogo, el calamar no sobrevivirá.

En las profundidades del mar, las simbiosis casi invisibles hacen la luz.

Más cerca de la superficie, otra simbiosis ocurre. Los corales, rígidos animales tentaculares, esqueletos calcificados incapaces de moverse dejan que las algas se les peguen a la piel: la fotosíntesis nace. Las algas unicelulares absorben la luz solar y transforman el dióxido de carbono en azúcares que alimentan a los corales. Hay mucho en juego: los arrecifes coralinos solo recubren el 0,2% del fondo del mar y, sin embargo, resguardan una cuarta parte de todas las especies marinas que mantienen a más de 500 millones de personas.

Si entendiéramos mejor las cadenas que nos sostienen, quizás seríamos más conscientes de la magnitud de nuestras dependencias.

En las costas, a la inversa de esos corales que pierden sus colores y desperecen, los huracanes y tormentas tropicales se envalentonan por el incremento de las temperaturas: se levantan, se multiplican y cuando se van, dejan tras ellos la tragedia impresa en las tierras, cuerpos y daños económicos multimillonarios.

A pesar de la tecnología y sus innovaciones, nuestra mejor protección frente a estos embates sigue siendo la naturaleza: esos arrecifes coralinos que amortiguan la violencia de las olas y vientos. Sin embargo, son los paisajes que se están desvaneciendo a mayor velocidad por el peso del cambio climático: los mares cada vez más calientes provocan el desprendimiento de algas de las pieles coralinas. Cuando el alga se va por demasiado tiempo, el coral blanqueado se muere de inanición.

Y sin los corales, nosotros tampoco sobreviviremos.

Algunos corales desarrollan estrategias de adaptación, cuando los cambios de temperatura no rebasan unas cuantas semanas, los pólipos más resistentes logran recuperar sus simbiosis. El coral se recubre entonces de una comunidad de algas que es distinta a aquella que lo abandonó: los científicos han encontrado que esas otras especies de algas modifican al coral y le permiten afrontar temperaturas de uno a dos grados más altas.

Pero cuando no todos los corales logran adaptarse: ¿cómo hacerle frente a su rápido declive?

Andrew Baker, biólogo marino de la Universidad de Miami, trabaja en ello: lidera el laboratorio para el futuro de los arrecifes coralinos. El lugar no es coincidencia, es en Miami donde esos ecosistemas se están perdiendo de manera más acelerada a nivel global: en el estado de Florida, el 90% de las colonias ya han desaparecido.

Baker y su equipo están experimentando con una técnica llamada de intercambio asistido de genes: buscan acelerar la selección natural. Es decir, eligen manualmente a aquellos individuos que provienen de otras regiones tropicales que sobreviven en mares más calientes. Es la primera vez que un país acepta introducir corales extranjeros para intentar salvar las poblaciones diezmadas de Florida y revertir, al menos temporalmente, el colapso demográfico.

Sin avances en los marcos regulatorios no habría sido posible el intercambio de esperma, huevos y posterior fecundación in vitro de corales de Honduras. Baker y su equipo han dado un paso importante: son los primeros en llevar esta técnica de intercambio asistido de genes del laboratorio a arrecifes coralinos naturales. En entrevista para América Futura, Baker menciona que espera que otros países sigan su ejemplo y flexibilicen sus regulaciones. En un mundo en dónde el cambio climático acelera los procesos, es crucial moverse del estado actual de parálisis precautorio pues en un próximo blanqueamiento, los corales cubanos, que tienen las tolerancias térmicas más altas de la región habrán, quizás, dejado de existir y con ellos se esfuma la posibilidad de intercambiar su material genético que podría salvar otros arrecifes en riesgo.

Esa variabilidad genética será el factor de éxito de los programas de restauración: los huevos naranjas se convertirán en pólipos que algún día, si todo va bien, regresarán al mar para resistir mundos de 2 a 3 grados más calientes.

Baker advierte, la idea “no es plantar manualmente todos los corales del laboratorio al arrecife, se trata de poner las semillas que permitan que el bosque vuelva a nacer […], sostener las poblaciones que ya existen y, lograr que esos corales, cuando se vuelvan adultos, puedan reproducirse sexualmente y sostengan los ecosistemas”. Y entonces, “dejar que la naturaleza tome el control y empiece a recuperarse”.

La técnica que Baker y su equipo están explorando es quirúrgica: no transfieren corales vivos de un sitio A a un sitio B, pues eso eleva los riesgos de contaminación. Y es que, un coral extraído de un ecosistema nunca se va solo, se lleva todo su mundo con él: miles de microorganismos que lo acompañan y podrían generar indeseables interacciones, especies potencialmente invasoras, en las zonas de introducción. Para evitar esto el intercambio de genes se hace por medio de fertilización in vitro: del esperma al huevo, el coral crece sin su entorno en un ambiente controlado.

Baker lanza una pregunta que ronda en la cabeza de muchos: ¿cuánto tiempo tenemos? Los severos periodos de blanqueamiento se multiplican, los corales se mueren. “Estamos ganándole unas cuantas décadas al calentamiento, unos 20, 30, 40 años más. Pero si no revertimos el cambio climático, a largo plazo ya no tendremos solución, aún con estos esfuerzos de ingeniería de corales”.

No por ello son esfuerzos en vano, proteger y reforzar los arrecifes de hoy nos asegura que en las próximas décadas todavía tendremos corales por preocuparnos por cuidar.

Sin corales en los mares, las costas y las personas que los habitan, ya sin protección, serán arrasadas por inundaciones y huracanes cada vez más violentos.

Baker y su equipo también están explorando con barreras de cemento de formas hexagonales para mitigar los impactos de los huracanes. La diferencia con otros prototipos es que en sus centros florecen corales que absorben la energía de las olas: estas estructuras híbridas logran reducir los daños en tierra hasta en un 60% más eficientemente que simples barreras de concreto. Además, no son estáticas, se mueven al ritmo de las olas y seguirán evolucionando con esos corales y otras especies que se refugian en sus núcleos. Al pasar el huracán, también lograrán regenerarse.

Baker es optimista, pero, apunta, “la esperanza tiene que generar acción, si no tomas acción, tu esperanza, al final de cuentas, no te llevará a ningún lado. No por eso hay que olvidar que nuestro planeta está en una crisis severa y que aún tenemos mucho trabajo por hacer. Esta es la pequeña parte que me toca a mi”.

¿Cómo se siente la esperanza en un mundo en crisis? Quizás es eso, aunque a nuestros mundos se les agoten las posibilidades, aún quedan algunas puertas por abrir.

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