El limbo de los Diablos, los bomberos de la frontera de Estados Unidos y México
Un grupo de locales reclutados hace décadas en las rancherías del desierto fronterizo de Coahuila y Texas para ser la brigada contra incendios del Parque Nacional Big Bend se enfrenta a un futuro incierto por los recortes presupuestarios y restricciones migratorias del Gobierno de Donald Trump

Adrián Valdéz llega lentamente sobre su caballo hasta un claro a la orilla del río Grande o Bravo, según el país desde donde se mire. No parece conocer la prisa a sus 50 años, con su bigote gris y botas de vaquero con espuelas que marcan el paso tranquilo del animal de pelaje marrón y manchas blancas. El tiempo se amolda a él y a su caballo. Pero eso es solo porque este martes no tiene un trabajo al que acudir. Durante prácticamente toda su vida adulta, han sido dos los empleos que lo han sostenido a él y a su familia.
De viernes a lunes, este hombre macizo y curtido por el sol del desierto se dedica a cruzar en pequeñas lanchas a los turistas que van desde el Parque Nacional Big Bend, en Texas, a su pequeño pueblo natal de Boquillas del Carmen, en Coahuila, de su lado del río. Pero también es jefe de cuadrilla de los Diablos, los bomberos forestales mexicanos del parque nacional estadounidense, cuyos trabajos están congelados desde comienzos de 2026 por los recortes presupuestarios y las políticas migratorias del Gobierno de Donald Trump.
Valdéz se hizo bombero en 1997, cuando los Diablos se expandieron por primera vez desde su fundación en 1990. “Un guardaparques venía y contaba historias y traía el correo. Y platicando con la gente de que empezó a haber incendios [en 1989 hubo unos 40 en el parque], él dijo que podrían tratar de hacer una brigada mexicana con gente local. Y se llevó a cabo. Primero entraron como 45 bomberos. Luego se fueron haciendo viejos y otros no pasaron las pruebas. Y ya entramos nosotros en el ‘97”, recuerda Valdéz sin bajarse de su montura mientras mira el caudal que, en medio de una sequía interminable, por esta zona no es ni grande ni bravo. Igualmente, el agua marca una de las fronteras más vigiladas del mundo; aunque aquí ese límite territorial se esfuma en un solo ecosistema y pasa desapercibido si no fuera por un par de postes con cámaras que se divisan entre la vegetación desértica del lado de Estados Unidos.
Durante sus casi 30 años como bomberos, Valdéz y los Diablos han representado silenciosamente un puente. Hoy quedan solo unos cuantos más de 20 bomberos que trabajaron y se arriesgaron para preservar el árido y escarpado entorno natural protegido estadounidense, espejo de donde nacieron y crecieron —del lado mexicano, la zona está compuesta por el Parque Nacional Cañón de Santa Elena, el Área de Protección de Flora y Fauna Ocampo y el Área Natural Protegida Maderas del Carmen—. A cambio, recibieron un salario de unos 6.000 dólares anuales —a veces más, a veces menos, dependiendo de la intensidad de los fuegos—, imposible de conseguir de otra manera en sus remotos pueblos de casas de adobe y calles de polvo sin nombre. Ese dinero les permitió criar y sacar adelante familias sin tener que irse de las tierras que han albergado a sus apellidos durante tantas generaciones.
Con los años de experiencia y constante entrenamiento, los Diablos se adentraron en Estados Unidos para combatir incendios en todo el territorio como brigada de apoyo especial y se ganaron la reputación de aguerridos trabajadores. Juntos como una familia —muchos diablos son primos o cuñados—, lucharon contra las llamas en lugares tan lejanos como California o Montana, al pie de la frontera canadiense. Y hasta apoyaron en Florida y Puerto Rico tras el paso de devastadores huracanes.

En esa historia, aparte de aquel guardaparques que tuvo la idea inicial, el hombre clave fue John Morlock, que durante la mayor parte de su carrera fue el oficial de gestión de incendios de Big Bend. Morlock, un texano apasionado por la naturaleza, hoy retirado y con 70 años a sus espaldas, habla con orgullo de los Diablos. Fue él el que desde 1997 los entrenó con un español básico y logró que se les diera permiso para trabajar en incendios fuera del parque nacional en 1998. También quien aseguró que, tras el cierre del cruce fronterizo de Boquillas posterior a los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, se les otorgara a los bomberos una autorización especial para pasar a territorio estadounidense en momentos de emergencia.
La nueva estricta política migratoria que emergió después de los atentados yihadistas, la cual convirtió a Boquillas del Carmen en un pueblo fantasma hasta la reapertura del paso de la frontera en 2014, parecía una sentencia de muerte para los Diablos. Pero Morlock luchó contra la corriente: del lado estadounidense apenas había poblaciones en las que reclutar nuevos bomberos, los Diablos ya estaban entrenados y eran excelentes trabajadores, y Big Bend no podía arriesgarse a no tener un cuerpo contraincendios de acción rápida, argumentó. “Negociamos con la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP, por sus siglas en inglés) y ellos estuvieron de acuerdo en que era una situación de beneficio mutuo. Y no solo otorgaron la excepción para que pudieran cruzar, también eximieron las tarifas para la renovación anual del permiso de trabajo y migratorio”, explica por videollamada desde su casa en el pueblo de Alpine, un poco más al norte de los límites del parque nacional.
Hoy, 25 años después, la Administración republicana de Donald Trump ha vuelto a apagar la luz en el futuro de los Diablos. Por un lado, los recortes en los presupuestos de las agencias federales, incluyendo a los parques nacionales, han obligado a Big Bend a reducir a mínimos su programa contra incendios, paralizando a los Diablos. Y, por otro, las restricciones migratorias impuestas por el Gobierno han significado la cancelación de las excepciones y autorizaciones especiales que permitían a los bomberos cruzar la frontera para trabajar. Como resultado, los Diablos están en un limbo, sin claridad sobre su porvenir y obligados a buscar otros trabajos, que no saben si serán temporales o permanentes.

La espera ha empujado a Eleasar Martínez de lleno a su trabajo de albañil, su profesión cuando no es bombero. Aunque Martínez, de 48 años, espalda ancha y pocas palabras, no es un bombero a secas, es serruchero: a la vanguardia, se adentra en la vegetación más densa antes que nadie y, con su motosierra a cuestas, abre la brecha que detendrá el avance de las llamas que ya no tendrán a qué agarrarse. “Cuando salimos somos como hermanos, porque estamos todos en el mismo peligro”, dice, restándose importancia a sí mismo mientras descansa de enjarrar las paredes de una de las pocas casas nuevas en este pueblo silencioso salpicado de construcciones desgastadas.
En su caso, se volvió diablo por herencia paterna. Su padre fue parte del grupo original, pero para 1997 ya no pudo superar las pruebas físicas y entonces él tomó el relevo. Es una tradición que ahora sus propios hijos, y los de los demás diablos, estarían dispuestos a seguir, si se abriera la puerta que hoy está cerrada con el candado de los recortes presupuestarios y las restricciones migratorias. Saben que, a pesar del peligro del fuego y lo arduo del trabajo, estaría acompañado de ingresos en dólares.
Aunque el dinero no lo es todo. Hay quienes son diablos por pura pasión. Entre el grupo de hombres que por años han enfrentado las llamas, destaca la figura de Marisol Gama, una arqueóloga originaria de Michoacán, que hoy tiene 43 años y terminó rompiendo el techo de cristal de la brigada. Gama llegó inicialmente a la región para trabajar en un proyecto binacional de registro de sitios históricos y pinturas rupestres, viviendo en una casa blanca del lado estadounidense visible desde Boquillas. Su entrada al equipo fue casi accidental: su amor por la fotografía la llevó a seguir a los bomberos durante un incendio para captar imágenes, hasta que el jefe del programa la descubrió y, tras reprenderla por el peligro, le dijo que su valentía debía aprovecharse. Superó el extenuante entrenamiento y las pruebas físicas para convertirse, en 2018, en la primera diabla oficial.






Antes de irse de Boquillas para formar una familia en Arizona —aunque aún se puede unir en misiones puntuales, pues esta diabla no dejará nunca de ser diabla—, en los incendios o las quemas controladas, ella marcaba los sitios sagrados y las pinturas rupestres para evitar que la maquinaria o las brechas cortafuegos de los serrucheros destruyeran la historia milenaria del desierto. Hoy, desde la distancia, sus compañeros hablan de ella con un aprecio profundo y no hay uno solo que se oponga a que más mujeres sigan sus pasos.
Pero esa brigada renovada por hijos e hijas es, por ahora, solamente un sueño. La realidad para muchos, especialmente los que son originarios de las rancherías aledañas a Boquillas del Carmen, casi olvidadas a más de 600 kilómetros al norte de la capital estatal de Saltillo, pero vigiladas en las noches por un mar de estrellas que brillan sin obstáculos en el cielo de un desierto estancado en el tiempo, ha sido el regreso a la forma de sustento más tradicional de la zona: la candelilla.
Es lo que le ha tocado a Juan Romero, otro diablo de la generación del ‘97 que ha vuelto a Las Norias, un poblado tan pequeño a las faldas de los imponentes acantilados de El Carmen que ni siquiera está en los mapas. Ahora sus jornadas inician antes del amanecer, cuando se adentra con sus hijos adultos en el mar de arbustos para recolectar una planta silvestre que parece la cabeza de un trapeador verde y que luego se procesa en agua hirviendo con ácido sulfúrico para extraer una cera que se vende para la industria cosmética.
El peligro de quemarse con el ácido abrasador, que conoce de cerca como bombero, no lo inmuta. Pero el golpe económico es devastador. Romero, vestido con una desgastada camiseta estampada con letras en apoyo a la campaña de Donald Trump en 2020, e ignorando la ironía de su atuendo, calcula, al borde de la fogata que alimenta el proceso artesanal de la candelilla, que ahora sus ingresos son “menos de la mitad”. Como diablos, los bomberos podían recibir tranquilamente más que el promedio nacional mexicano, y mucho más que el promedio en el campo, donde cualquier cosa más que la subsistencia es un privilegio.

Lucía Orozco, esposa de Adrián Valdéz, también creció entre los matorrales buscando la candelilla, pero ahora se sostiene gracias al turismo. En su pequeña casa de tres cuartos —cocina y dos habitaciones que también hacen de sala—, borda y confecciona las artesanías que vende a los turistas que cruzan el río sobre el bote de su marido los fines de semana. En un día bueno, cuenta mientras hace tortillas de harina de trigo caseras para su esposo, dos hijos y quien entre por la puerta, se pueden hacer unos 50 dólares. Pero los días buenos no son lo común.
Además, estos ingresos, como los Diablos, también están amenazados por las políticas de Donald Trump. El temor de que se construya un muro físico, se cierre la frontera y Boquillas quede convertido en un pueblo fantasma, aquí es mortal. “Ya lo hemos vivido dos veces”, cuenta Orozco, “en el 2001 y en la pandemia. Pero con el muro…”, y completa con la mirada: habrá que volver a la candelilla.







En los últimos meses, del lado estadounidense, el tema del muro fronterizo en Big Bend ha generado protestas y peticiones para detener su construcción. Por esta zona no es común el paso de migrantes indocumentados; la zona es demasiado remota y el río serpentea por altísimos cañones imposibles de escalar. En 2025, solo el 1,3% de las detenciones fronterizas se registraron en Big Bend. Además, hay cámaras que vigilan y agentes de la Patrulla Fronteriza que custodian los caminos del parque nacional.
La resistencia ciudadana e inusualmente bipartidista ha logrado, de momento, que el muro metálico que ya es una estampa de la frontera en otras zonas se aleje de Big Bend. Aquí el muro será “inteligente”, compuesto de sensores y más cámaras, de acuerdo a un mapa publicado en la página web de la CBP. Aunque no se ha hecho ningún anuncio oficial, los nervios entre los locales todavía son palpables. De llevarse a cabo, este modelo sin reja sería una victoria para los defensores de la fauna de la región que argumentan que los animales silvestres como el oso negro, el venado o el puma, entre varias decenas de especies endémicas, no reconocen el río como una frontera y cruzan de un lado a otro naturalmente. Además, un muro a la orilla del río, advierten, sería una sentencia de muerte para la biodiversidad de la zona, como se ha constatado en otros lugares como Arizona, donde las barreras se han vuelto trampas mortales y cientos de animales se han ahogado en crecidas.

Mientras en los despachos de Washington se decide el futuro de Boquillas del Carmen y de los Diablos, entre los bomberos y sus familias solo hay buena voluntad hacia Estados Unidos. “Siempre nos han ayudado. Siempre han estado más presentes que México”, dice Valdéz. “El problema no está con los vecinos del parque, el problema está con las autoridades más arriba que cambiaron todo. Pero nos dicen que están trabajando para solucionarlo. Ya casi”, continúa, con una confianza incuestionable en el porvenir, forjada por la vida del desierto, que le ha enseñado a sonreírle incluso cuando sus bolsillos están vacíos.
John Morlock, apenas unos 150 kilómetros al norte, no comparte el optimismo de su viejo compañero Valdéz. Para él, la situación es un “tiempo fuera” indefinido que amenaza con extinguir a los Diablos. “Se están haciendo viejos... las montañas son más empinadas que nunca y los caminos se hacen más largos”. Tal vez, solo una tragedia podrá ser el catalizador de una renovación. “Cuando la cabaña de un senador se queme o cuando una comunidad pierda cientos de estructuras por un incendio forestal mortal, tal vez ahí nos escucharán cuando señalemos que, si hubiéramos tenido más ayuda, se podría haber evitado”.