Marta Fernández-Muro: “Nunca he sido ‘la guapa’ y eso cambia mucho tu carrera”
A sus 75 años se ha convertido en una de las actrices revelación del año por su papel en ‘Poquita fe’ y en enero recibirá el Premio Feroz de Honor. Habla de amor, la fama y el anhelo de ir a contracorriente
Tras varios intentos fallidos de que le sirvan un café o un té sin pretensiones, Marta Fernández-Muro (Madrid, 1950) acaba pidiendo un zumo de naranja. Estamos en una cafetería de especialidad, en el madrileño barrio de las Letras donde nació, creció y sigue viviendo, “porque aún queda un poquito de barrio”. A sus 75 años, la actriz que fue rostro emblemático de Almodóvar y Zulueta vive una inesperada segunda juventud profesional gracias al éxito de Poquita fe (Movistar Plus+). La llaman “icono”. Ella se ríe: “Ni duermes mejor ni te sienta mejor la comida ni tienes más dinero en el banco. Yo lo que quiero es que esta repercusión se traduzca en trabajo digno”.
Dijo una vez que las famas y los éxitos pasados llegaron a asustarla. ¿Los teme ahora?
Sí, antes me asustaban. Eso no me vuelve loca, aunque necesito mucho el reconocimiento ajeno para reafirmarme en que estoy haciendo las cosas bien, en que no soy un mamarracho de actriz. Supongo que ahora trabajo más porque soy mayor y no deben quedar tantas actrices de mi edad con energía y salud para seguir trabajando. Estoy más preparada, ya es ahora o nunca.
¿Se considera una outsider?
De todo. De la sociedad y de la industria. Es algo innato. A los 14 años descubrí a los Beatles en una revista y me explotó la cabeza. Pensé: “Yo pertenezco al mundo que cambia, a las mujeres que se cortan las faldas, a las relaciones más ambiguas…”. En el cine también, porque mis intereses iban por otros caminos. Soy una outsider porque soy muy crítica y la gente lo nota.
¿Es verdad que estuvo en el aeropuerto cuando los Beatles llegaron por primera vez a España en verano del 65?
Estuve en el aeropuerto y luego en Las Ventas. Fui con unas amigas del colegio, cada una tenía su Beatle favorito. El mío era George Harrison, claro. Tenía algo espiritual, outsider, me atraía todo ese mundo. En el aeropuerto había muchísima policía, no nos dejaban acercarnos ni subir. Fue todo un poco violento. Nos miraban como locas o como peligrosas. No fue acogedor, era como si estuviéramos en contra del orden establecido. El franquismo lo vendió todo como un fracaso. Entonces llevar el pelo largo era de ‘mariquitas’ y llevar minifalda, un horror. Estaba el ambiente sembrado de que todo eso era terrible.
¿A qué achaca no haber sido nominada nunca a un Goya?
A que no soy nada participativa. Hay que estar ahí, y yo no estoy. Fíjate si seré absurda: recién llegada de Estados Unidos en el 88, sin un duro, me llama Fernando Trueba para decirme que me haga de la Academia, y le contesto que no quiero pagar la cuota. ¿Tú te crees? Soy así, rara, me da pereza todo.
Ha contado que hubo una época en la que solo le ofrecían papeles de monja o de criada.
Porque no era ‘la guapa’ y eso cambia mucho tu carrera. Si eres ‘la guapa’, lo tienen claro. Pero yo no lo era, aunque tampoco me considero fea radical. Según me pusieran, podía tener un punto o no. También llegué demasiado pronto, antes de que hubiera personajes femeninos más variados.
¿Cómo se siente en este momento generalizado de reivindicación de su trabajo?
En este momento de mi vida no me lo esperaba. Pero Poquita fe ha tenido una resonancia brutal, y además salí en la serie Sin gluten, también con mucha audiencia. Así que, de repente, he vuelto a estar de moda, porque esto va por modas. Me entrevistan, me llaman, y me parece bien, aunque me sorprende. Sobre todo, lo del “icono”, porque realmente mi vida no ha cambiado en nada, salvo que tengo más lío porque tengo que ir de un sitio a otro.
Acaba de anunciarse que va a recibir el Premio Feroz de Honor 2026, que recibirá el 24 de enero en Pontevedra. ¿Cómo recibió la noticia?
Me hizo muchísima ilusión, no me lo esperaba para nada. Además, ver la alegría de la gente que de verdad me quiere. Pensé: “Pues mira, solo por esto merece la pena”. Es como si Poquita fe me hubiera vuelto a poner en el mapa, como si me hubiera resucitado en la cabeza de todo el mundo: del público, de la gente, de los medios. De pronto ha habido un interés renovado por mí, también mediático. Y bueno, al final han decidido darme a mí el Feroz de Honor. Me alegra mucho.
¿A qué cosas en la vida le sigue teniendo mucha fe?
A todo y a nada. Depende del día. A veces puedo ser la persona más deprimida del mundo, pero con un desayuno rico o con que no llueva ya se me pasa. Me río mucho de mí misma. Tengo una fe confusa en que la humanidad no la va a fastidiar del todo. Estamos en un momento muy malo. Siempre se dice que la risa es necesaria, y es verdad, pero ahora más que nunca lo que hace falta es pensar, reflexionar y preguntarse en qué nos hemos convertido.
Ha trabajado con Montero y Maidagán, los responsables de Poquita fe, en varias ocasiones. ¿Qué les gusta tanto de su figura?
Son gente muy normal, no son lameculos, no me dicen nada en plan: “Qué maravilla, cómo nos gustas”. Se trabaja de maravilla, son educadísimos y cariñosos. Se da por hecho que les gusto porque me llaman, y eso basta. Además de tener un humor y una cabeza fabulosos, son personas muy sencillas, nada ostentosas. En cuanto leí los guiones pensé: “Esto es una joya”. Compartimos muchas ideas y maneras de ver la vida, y eso hace que trabajar con ellos sea una gozada
A estas alturas, ¿qué le hace decir que sí a un proyecto?
A veces me llegan cosas que pienso: “¿Cómo me voy a meter en esto?”. Ya no tengo la energía de antes, y hacer un esfuerzo brutal para que el resultado sea pobre no compensa. Me siguen ofreciendo papeles muchos diminutos, sin presencia. No es cuestión de tener diálogo, sino de tener algo que contar en la trama.
¿Y con cuál de sus hijos en la ficción tuvo una relación más materno-filial: Cimas o Ignatius?
Con Raúl. Con él te puedes reír muchísimo, tiene esa gracia que a mí me gusta tanto, como de “pavo”, de cara de “yo no he sido”. Cuenta las cosas más atroces con una naturalidad tremenda. Tiene ese tonillo que acaba todas las frases para arriba... Debe de ser algo de Albacete, porque toda esta camada es de allí. A Ignatius lo tengo un poco perdido, pero era un tipo muy especial y revolucionario en su forma de hacer.
¿Ha decaído el estado general del mundo con respecto a décadas atrás?
¿Decaído? ¡Muchísimo! ¿Tú crees que antes había un Trump en el poder? En los sesenta todo era idealista: los hippies, Mayo del 68... Había un deseo de justicia, de igualdad. Y al final nada se movió, todo ha ido a peor: más capitalismo, más Trumps, más Sarkozys en la cárcel. El planeta hecho polvo. Pero aún quiero creer que no seremos tan estúpidos, que habrá un cambio muy gordo y que las cosas se recolocarán.
¿Se arrepiente de alguna decisión en su carrera?
No lo sé. Quizás todo esas decisiones han hecho que ahora me consideren un icono, porque saco los pies del plato. Más que por mi trabajo, porque tampoco he hecho tantas cosas grandes, creo que es por mi forma de ser, de hablar, de ver el mundo y de aguantar día a día.
En sus inicios en el cine no tenía nada claro de dedicarse a la interpretación…
Para nada. No estoy educada en eso de ‘tengo que triunfar, tengo que hacer esto para ganar’. Y eso marca. Recuerdo a Carmen Maura y Kiti Mánver hablando de sus carreras, de cómo planeaban cada paso, y pensé: “Qué clarísimo lo tienen”. Yo estaba allí como quien pone una planta. No tenía esa ambición. Creo que yo habría encajado mejor en un cine o teatro más underground, algo que entonces no existía. También he sido muy insegura, eso influye mucho.
¿Piensa que la Movida madrileña está sobrevalorada?
No, fue lo que fue y estuvo muy bien. Meneó muchas cosas, y eso es importante. Lo bonito fue el descaro, la juventud, las ganas de vivir. Salían de casa con 17 años, sin saber tocar un instrumento, pero con una fuerza tremenda. Luego, claro, la industria se los comió, como siempre. Pero fue precioso mientras duró. Yo cuando empezó la Movida ya me había movido todo lo que tenía que moverme. Lo mío fue antes. Soy de una generación anterior.
¿Nunca le ha gustado pensar en el futuro?
Exacto. Lo de planificar me parecía una trampa. Y las familias, las obligaciones… Eso no era para mí. Me horrorizaba todo ese jaleo. Cuando era jovencita, los chicos de mi edad no me atraían, y con los años seguí sintiendo lo mismo. He tenido también alguno mayor, pero los podría contar con los dedos de una mano, y uno solo me viene a la cabeza ahora. Cuando eso pasó, lo celebré: “¡Anda, me está gustando un hombre mayor!”.
Ha tenido varios novios 20 y 30 años más jóvenes.
(Ríe) Tenía novios más jóvenes porque con ellos todo era un juego. Supongo que por dentro soy muy infantil… O porque no me gustan las responsabilidades. Nunca me ha gustado proyectar nada, ni en el trabajo ni en el amor. Con los mayores había que pensar en el futuro, en compromisos, en casarse… Me horrorizaba. Yo vivía el aquí y ahora; disfrutaba y ya.
También ha sido profesora en escuelas de interpretación. ¿Sabía distinguir entre quién quería de verdad ser actor y quién buscaba ser famoso?
Eso se nota enseguida. hay mucho más deseo de popularidad que de oficio. A mí me echaron de dos escuelas. (ríe) Supongo que porque no les daba jabón. Los alumnos eran clientes. Estaban más pendientes de ver los castings en el móvil que de aprender. Desde dirección me lo recordaron una vez: “El cliente siempre tiene la razón”. Yo quería enseñar y aprender, si no te gusta, es duro. Enseñar es repetir, insistir, estar atento respirar, volver a empezar. Ellos querían magia instantánea.