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La vacuna del herpes zóster: prometedores ‘efectos secundarios’ contra la demencia

Inmunizarse frente al virus ha mostrado retrasar el alzhéimer. “Esperamos que este incentivo sirva para mejorar las coberturas”, señalan desde las administraciones

Carme Guilló en su piso en Barcelona. Gianluca Battista

La primavera de 2022 fue desdichada para Carme Guilló. Primero sufrió una lumbalgia y después, cuando ya estaba recuperándose, llegaron los “insoportables pinchazos” del herpes zóster. “Lo peor es que el dolor en el costado derecho, entre el pecho y la espalda, nunca se fue”, cuenta esta exempleada de la Universidad de Barcelona de 77 años, que ahora siente que su jubilación se ha truncado. “Al vestirme, el roce de la ropa me duele tanto que no puedo evitar chillar. Cuando estoy leyendo tranquila, de repente me vienen como cuchilladas. Solo lograba dormir cinco horas seguidas con morfina, pero ahora me la han retirado. He tenido mala suerte y ya no creo que mejore”.

La neuralgia postherpética de Carme es una complicación crónica frecuente entre las personas de edad avanzada o inmunodeprimidas diagnosticadas de herpes zóster. La desarrollan más de la mitad de los mayores de 70 años que sufren esta dolencia, que se desencadena cuando el virus de la varicela se reactiva y ataca al sistema nervioso periférico después de estar décadas latente en el organismo tras pasar esta infección durante la infancia.

La vacuna Shingrix, de la farmacéutica GSK, ha sido la apuesta de gobiernos de todo el mundo para hacer frente a este problema de salud pública. El fármaco fue aprobado por la Agencia Europea del Medicamento (EMA) en marzo de 2018, pero durante años las vacunas han sido caras y escasas, lo que ha llevado a los países a inmunizar estos años solo a algunos grupos de población (mayormente a quienes cumplían 65 años).

Sin ser este el objetivo, la decisión ha acabado por generar un gigantesco campo de experimentación en el que conviven pacientes inmunizados y no inmunizados prácticamente de la misma edad. Esto permite ahora, comparando datos de uno y otro grupo, investigar una teoría emergente: si un prometedor efecto secundario de la vacuna protege frente a la demencia.

Pascal Geldsetzer, investigador en Stanford y epidemiólogo, es una de las personas que está demostrando esta relación. Un estudio poblacional que dirigió y publicó en Nature el año pasado constató que recibir la inyección disminuía la probabilidad de un diagnóstico de demencia en un 20%. Lo hizo con una base de datos de 280.000 personas en Gales. El mes pasado refrendó esa idea de forma exacta —reducción de 20 puntos porcentuales— con otro análisis, esta vez basado en los datos de casi medio millón de canadienses.

El experto asegura que los efectos protectores de la vacuna son “sustancialmente mayores que los de las herramientas farmacológicas existentes”. En cualquier caso, estos fármacos sirven para paliar sus efectos. No previenen su aparición como sí haría la vacuna.

Los estudios de Geldsetzer han demostrado con bastante fuerza una relación entre la vacuna y la prevalencia del alzhéimer, pero son poblacionales y el mecanismo subyacente, la explicación médica, continúa siendo un misterio. “Existen dos mecanismos generales que podrían intervenir en este caso. El primero es que cada vez hay más investigaciones que demuestran que los virus que atacan preferentemente al sistema nervioso y permanecen en él durante gran parte de la vida pueden estar implicados en el desarrollo de la demencia. Y uno de ellos es el de la varicela”.

El segundo es independiente y no excluyente del primero. “Cada vez hay más pruebas que demuestran que las vacunas pueden tener efectos beneficiosos en el sistema inmunitario que van más allá de la respuesta de anticuerpos específica para la que fueron diseñadas”, apunta el epidemiólogo.

Estas teorías tienen base médica, pero no dejan de ser eso. Teorías. No hay una explicación a lo incontestable de estos números. Por eso es complicado recomendar la vacuna, desde las administraciones, para prevenir la demencia. Alberto Ascherio, neurólogo y epidemiólogo en la Universidad de Harvard, se muestra cauto con esta idea. “Creo que sería prematuro cambiar las indicaciones para la vacuna herpes zóster”, dice. “Los beneficios parecen limitados en el tiempo y no sabemos el efecto de la edad sobre la eficacia de la vacuna en reducir el riesgo de alzhéimer”. En opinión de este experto, la evidencia es robusta, pero se necesitan más ensayos, idealmente incluyendo los dos tipos de vacunas [la Shingris y la Zostavax] y estratificados por edad y sexo.

Incluso el mismo Geldsetzer prefiere ser cauto a la hora de ampliar los efectos prescritos de la vacuna. “Tenemos una evidencia convincente que demuestra que la vacuna también puede tener beneficios para la demencia, lo que, por supuesto, es una razón más para recomendar la vacunación. Pero eso lo tendrán que valorar los comités”.

¿Y qué es lo que dicen, pues, los comités? El uso de la vacuna para prevenir la demencia es, por ahora, un escenario remoto. Como han contestado a EL PAÍS la mayoría de las comunidades autónomas, las investigaciones que apuntan en este sentido tendrán que confirmarse y, posteriormente, la EMA debería aprobar la nueva indicación. En cualquier caso, como confía la Xunta de Galicia, “los estudios publicados pueden aumentar la aceptación de la vacuna por parte de la población”. Aragón y Murcia, con palabras muy similares, apuntan en el mismo sentido: “Esperamos que estas informaciones sean un incentivo relevante y sirvan para mejorar las coberturas”.

Porque conseguir que más personas se protejan frente al herpes zóster ya supone, por ahora, un reto ingente para comunidades y sociedades científicas. “Las coberturas actuales, sin ser malas, son mejorables”, sostiene Jaime Pérez, presidente de la Asociación Española de Vacunología (AEV).

Las comunidades han ido introduciendo a partir de 2022 la vacuna Shingrix en sus sistemas sanitarios. La mayoría siguieron las recomendaciones de los expertos de la Ponencia de Vacunas del Ministerio de Sanidad y la financian a todas las personas que cumplen 65 y 80 años, además de pacientes de riesgo e inmunodeprimidos.

No todas las comunidades, sin embargo, empezaron el mismo año y algunas han introducido cambios en las recomendaciones. Andalucía, por ejemplo, apuesta por vacunar solo a las personas que cumplen 65 años. Navarra ha cambiado los 80 años por 75 como segundo grupo a inmunizar, mientras Cataluña ha añadido un tercero: los que cumplen 90. Madrid, por su parte, recomienda vacunarse a todas las personas de entre 65 y 80 años, mientras Cantabria lo hace si es el paciente el que lo solicita.

Todo ello hace prácticamente imposible ofrecer una imagen detallada de las coberturas alcanzadas, ya que estas difieren no solo entre comunidades, sino dentro de ellas entre los nacidos en cada año. Madrid es la que declara las más elevadas, que ascienden al 59% y el 56% entre los nacidos en 1942 y el 1957, respectivamente. Entre las que han ofrecido datos, el grueso de autonomías se mueve en porcentajes que oscilan entre el 35% y el 50%, aunque estos son siempre más reducidos a los 65 y 80 años y a medida que pasa el tiempo.

Los expertos consultados comentan las razones que hacen que las coberturas crezcan tan lentamente: “En adultos siempre son inferiores que en las infantiles. Los beneficios de vacunar a los niños están muy asumidos por la población, pero entre algunos mayores persiste una menor percepción del riesgo, el pensar que no hace falta... El reto para las comunidades es convencerles e implicar a todos los profesionales en este objetivo”.

Otra razón clave es la económica. “Cada año nacen en España unos 330.000 niños. Comprar dosis para ellos no es lo mismo que hacerlo para los más de 10 millones de mayores de 65 años que viven en el país. Aunque solo sea por volumen, una vacuna para adultos es un enorme esfuerzo económico para la sanidad pública. Y la del herpes zóster es la que tiene un precio más elevado”, añade Pérez. Según los distintos contratos de compra publicados por las comunidades, inmunizar a cada persona con las dos dosis indicadas cuesta 240 euros.

Esto ha obligado a ir introduciendo en España y el resto de países la vacuna gradualmente según el año de nacimiento, lo que también diluye el mensaje de los beneficios de vacunarse: “Como vimos con el coronavirus, convencer de golpe a todo un grupo de población es más fácil. En cambio, decir a unos que sí y a otros que no, cuando a veces solo se llevan unos meses de diferencia por edad, complica las cosas. Añade incertidumbre y, en cierta manera, resta fuerza a la idea de fondo de lo necesario que es vacunarse”.

Javier Camiña, vocal de la Sociedad Española de Neurología (SEN), considera que casos como el de Carme Guilló ponen aún más en relieve el valor de la vacuna. “La neuralgia se debe a que el virus ha producido una lesión en el nervio. Suele ser un dolor eléctrico, quemante, brusco, intenso y persistente. Afecta principalmente a personas mayores y a aquellas que reciben tratamientos inmunosupresores, como pacientes de esclerosis múltiple. En estos grupos, la vacunación es una estrategia muy relevante para prevenir una dolencia que tiene un gran impacto en la calidad de vida”, concluye.

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