Adré: una economía invisible en la frontera en guerra entre Chad y Sudán
La porosidad de esta linde alimenta los negocios y mercados informales en esta ciudad chadiana donde los desplazados sudaneses por el conflicto pelean por sobrevivir
A primera hora de la mañana, cuando el calor todavía da tregua, decenas de burros cruzan una remota frontera entre Sudán y Chad cargados con sacos de grano, bidones de combustible o alfombras de colores. No hay aduanas visibles ni inspecciones en el lado chadiano, solo media docena de militares sentados bajo la sombra de un puente en ruinas que observan el trasiego sin interés. Lo primero que conocen quienes entran en Chad es Adré, una ciudad desbordada por la llegada de más de 200.000 refugiados que provienen del otro lado del gigantesco arco que marca la división territorial. Allí está Sudán, sumido desde abril de 2023 en una guerra devastadora. Entre ambos países se ha ido tejiendo, sin que nadie lo planificara, una economía paralela que permite sobrevivir allí donde la ayuda humanitaria es insuficiente, irregular o, simplemente, no llega.
Antes de la guerra, el comercio fluía en una sola dirección, explica Idriss Allaramadji Dezeh, jefe de misión en Chad del Comité Internacional para Emergencias de Canadá (CIAUD), que observa la actividad matutina de la frontera con cierta preocupación. “Todo venía de Sudán hacia Chad”, “Ahora es al revés. Y eso lo ha cambiado todo”. Sudaneses que huyeron de Darfur o de Jartum han traído consigo capital, contactos y experiencia comercial. Algunos han abierto pequeños negocios; otros cruzan cada día la frontera con mercancías básicas. La economía informal se ha convertido en el principal sostén de miles de familias que pudieron contar con un mínimo capital para empezar de nuevo.
Antes de la guerra, todo venía de Sudán hacia Chad; ahora es al revés. Y eso lo ha cambiado todoIdriss Allaramadji Dezeh, jefe en Chad del Comité Internacional para Emergencias de Canadá
En los mercados de los campos de refugiados que rodean Adré, los idiomas y las monedas se mezclan. Se paga en francos CFA, en libras sudanesas, a veces en dólares. También se acepta el trueque. Un saco de sorgo por combustible. Una alfombra por carne. En muchos mercados del Sahel, el comercio funciona bajo lógicas pragmáticas: si hay oferta y demanda, la operación sigue adelante, con controles irregulares y una trazabilidad difícil de reconstruir. Lo evidencian informes de Naciones Unidas y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), que coinciden en que las regiones con escasa supervisión estatal suelen convertirse en nodos de comercio informal donde mercancías legales e ilegales circulan a través de redes personales y acuerdos opacos.
Mohanned y Manir tienen poco más de 20 años y venden alfombras. Vivían en Sudán antes de la guerra y hacían el mismo trabajo. Ahora residen en un asentamiento espontáneo en las afueras de Adré. Compran las esterillas en el mercado chadiano por unos 1.750 francos CFA, unos 2,7 euros, y las llevan a Sudán, donde las venden por más de 2.000 francos (aproximadamente 3 euros). “Allí ya no se fabrican”, explican entre risas nerviosas. Con ese pequeño margen complementan la ayuda humanitaria que reciben. No han vuelto a ver a sus familias en Nyala. “La vida no es fácil”, dicen, casi como una disculpa.
La ayuda internacional entra mayoritariamente por el paso fronterizo de Adré. Según los informes humanitarios, es una de las principales puertas de acceso a Sudán para alimentos, medicinas y combustible. Pero una parte de esa ayuda termina, inevitablemente, en el mercado. “Eso ocurre en todas las operaciones”, reconoce Allaramadji. “Si alguien recibe sal o miel, pero necesita carne, vende una parte y compra lo que le falta”. No es un desvío organizado, sino una estrategia de supervivencia.
Las mujeres desempeñan un papel central en esta economía informal. Khaliya Mohamed Adam trabaja como jornalera en el mercado. Compra tomates allí y los revende en el campamento para ganar unas monedas. “No tenemos agricultura, así que solo si traemos algo de afuera de la comunidad anfitriona podemos venderlo en el mercado y obtener algún ingreso”, explica. El beneficio es mínimo, pero suficiente para comprar jabón o pagar una consulta médica.
Para otras, el comercio es la única alternativa. Salima Hamed Souliman vende ropa bajo el toldo de su tenderete. Llegó en 2023 desde Darfur con algunos ahorros que le dieron para adquirir las primeras prendas. A veces come una vez al día, a veces dos, porque el negocio no da para más. “Depende de lo que venda”, dice. Compra la mercancía en el gran mercado y la traslada al asentamiento durante las distribuciones humanitarias del Programa Mundial de Alimentos, cuando hay más movimiento. Acepta francos CFA y libras sudanesas. No tiene otra fuente de ingresos.
La economía informal no se limita a los bienes visibles. También circula el dinero. En ausencia de bancos accesibles, han proliferado los sistemas de transferencia informal, gestionados por intermediarios que operan con teléfonos móviles y aplicaciones. “Si quieres enviar dinero, ellos usan una cuenta bancaria y un teléfono”, explica Adoulbagi Segery, un farmacéutico sudanés que tuvo una gran botica en Al Geneina y ahora regenta un puesto en Adré, apenas una mesa, una silla y una cubierta de chapa, donde revende cajas de medicamentos básicos. Con ese sistema, algunas familias envían remesas a parientes que siguen en Sudán o en otros países.
Pero donde hay dinero, hay riesgo. “Los robos de vehículos que transportan efectivo son cada vez más frecuentes”, explica Yanik Yank, jefe de misión de Acnur en Farchana, otra gran ciudad que rebosa refugiados. Hace apenas unos días, un convoy humanitario que transportaba más de 75 millones de francos CFA que se iban a emplear en transferencias de efectivo para la población refugiada fue atacado en la región de Iriba. Los asaltantes, armados incluso con lanzacohetes, huyeron hacia Sudán. “La frontera es extremadamente porosa”, dice. “Se cruza sin que nadie revise qué se transporta”.
Esa porosidad facilita también los negocios ilícitos. El contrabando de combustible es visible a plena luz del día. Camiones y pick-ups cruzan cargados de bidones. “Si es ilegal, no lo sé”, dice Yank. “Pero pasan delante de todos”. Informes como los del panel de expertos sobre Libia de la ONU o el llamado Armas y conflictos en el Sahel, del centro de análisis Small Arms Survey, señalan que Chad, Sudán y Libia están cada vez más conectados por mercados ilícitos que alimentan las economías de guerra: tráfico de vehículos, armas, combustible.
“La frontera es extremadamente porosa. Se cruza sin que nadie revise qué se transportaYanik Yank, jefe de misión de Acnur en Farchana, Chad
La inseguridad no es constante, pero está presente. Hace semanas, un ataque con drones cerca de la frontera, en el lado sudanés, alcanzó un almacén de carburante. Murió al menos una persona. El mensaje fue claro. “Saben cómo lo estás haciendo”, resume Yank. Tras el ataque, se impuso un toque de queda nocturno que luego fue levantado. Otros refugiados entrevistados para este reportaje dan cuenta de diversos ataques, principalmente robos con violencia y agresiones sexuales, y denuncian que los campos, que alojan decenas de miles de personas, apenas cuentan con dos o tres agentes armados para velar por la seguridad de todos. Los incidentes continúan siendo puntuales, pero la tensión es latente.
Las autoridades chadianas insisten en que hacen todo lo posible, asegura Benoît Kabenye, jefe de la oficina de Acnur en Adré. “Esta zona ya era pobre antes de la guerra. Y ahora la economía de Adré no puede sostener a tanta gente”, lamenta. Los servicios son limitados, el acceso al agua es una preocupación creciente y la presión sobre la tierra ha aumentado. Aun así, destaca la convivencia. “Las autoridades tradicionales ceden tierras. Se negocian acuerdos de métayage: se trabaja la tierra y se comparte la cosecha”.
Durante la temporada de lluvias, muchos refugiados abandonan los campamentos para cultivar en pueblos cercanos. Vuelven meses después. Es un ciclo antiguo, adaptado a una crisis nueva. “La mejor solución sería que la gente pudiera volver a sus tierras”, sueña Kabenye. “Pero mientras tanto, trabajamos para mejorar las condiciones tanto para los refugiados como para la población local”.
Amouna Arbab Abaker llegó desde Geneina con sus tres hijos. Antes de la guerra, ella y su marido eran agricultores. “Nuestra vida era buena, como un paraíso”, dice. Hoy dependen de transferencias de efectivo que reciben cada dos meses. Compran sorgo y lentejas. A veces no es suficiente. Su marido trabaja como jornalero cuando encuentra algo. “Queremos comida, trabajo y tierras para cultivar”, resume.
En Adré, la economía informal no es un fenómeno marginal: es el sistema que mantiene todo en pie. Conecta a refugiados y comerciantes, a Chad y Sudán, a la ayuda humanitaria y a los mercados ilícitos. Es desordenada, frágil y desigual. Pero, en ausencia de alternativas, es también la única red de seguridad real. En esta frontera sin controles efectivos, la supervivencia se negocia cada día, a golpe de trueque, de pequeñas tasas informales y de una pregunta que nadie puede responder: cuánto tiempo más podrá sostenerse este equilibrio precario.