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Una serie única y extraña para un tiempo feroz

El problema no son los extranjeros, sino los servicios públicos. Exijamos acción a sus responsables y tengamos empatía

Una imagen promocional de la serie 'Empatía'.

Hay una serie fabulosa que estos días no solo nos entretiene, sino que nos da una hermosísima lección. Se llama Empatía y aborda la vida de una psiquiatra, su equipo y sus pacientes en un pabellón cargado de enfermedades mentales, pero sobre todo de personas con heridas, sin recursos para abordarlas, cada uno con sus ternuras y sus barbaridades. Y lo que impresiona es que no hay gran línea divisoria entre los pacientes y sus cuidadores porque todos, tan...

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Hay una serie fabulosa que estos días no solo nos entretiene, sino que nos da una hermosísima lección. Se llama Empatía y aborda la vida de una psiquiatra, su equipo y sus pacientes en un pabellón cargado de enfermedades mentales, pero sobre todo de personas con heridas, sin recursos para abordarlas, cada uno con sus ternuras y sus barbaridades. Y lo que impresiona es que no hay gran línea divisoria entre los pacientes y sus cuidadores porque todos, tanto los internos —delincuentes en muchos casos— o los profesionales que se ocupan de ellos, tienen fracturas vitales, fantasmas interiores y vulnerabilidades que les acercan. La serie lo aborda con tanto humor y respeto que llama aún más la atención en estos tiempos en que las pantallas nos devuelven salvajadas e injusticias a juego con la actualidad. Y no es en absoluto una serie ñoña, es simplemente única y extraña en este tiempo feroz.

Viene esto a cuento de un momento en que la crueldad se ha convertido en política de Estado de la mano de EE UU e Israel con la inestimable ayuda de las grandes tecnológicas. A cuento de la maldad sin complejos que abrazan Vox y el PP al defender la prioridad de los españoles sobre los extranjeros en los servicios públicos. Y a cuento de un tiempo en que es precisamente eso, la empatía, lo que nos urge a toneladas para ayudarnos entre unos y otros porque el poder —no olvidemos— no garantiza el bienestar.

Dicen filósofos notables que la colectividad ha desaparecido y que las causas ya no se socializan en este tiempo de individualismo y consumo. El ciudadano —se nos explica— quiere progresar sin pagar impuestos, pero cómo no va a ser así en un mundo cada vez más desigual en el que los ricos están cada vez más lejos de los demás mortales, que a su vez debemos pugnar de forma cada vez más frustrante por unos servicios públicos mermados.

Este es el hábitat perfecto para que estalle la bomba de la “prioridad nacional” y arrase con todo, especialmente con los valores. El uso torticero de las emociones y la apelación a las vísceras no solo no avergüenza a quienes la realizan, sino que les enorgullece. Y es obvio que todos vamos apretados en el metro, que necesitamos piso y un especialista que nos atienda antes de un año, pero que no nos engañen, el problema no son los extranjeros, sino los servicios públicos. Exijamos acción a sus responsables. E intentemos entre nosotros ejercitar eso: la empatía. Porque la línea divisoria que nos separa, en ocasiones, también estalla.

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