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¿Quién rearma Europa?

Habermas no advertía contra el rearme, sino exactamente contra el rearme que está ocurriendo, el de una Alemania que busca ser la potencia militar dominante sin haber resuelto la cuestión de la soberanía política europea

DEL HAMBRE

“El desarme de la Alemania de posguerra fue una sobrecorrección por la que Europa está pagando hoy un precio elevado. La castración de posguerra de Alemania y Japón debe ser deshecha”. La frase no la firma un nostálgico de la extrema derecha europea. Es una de las tesis de The Technological Republic, libro publicado en febrero de 2025 por Alexander Karp, CEO de ...

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“El desarme de la Alemania de posguerra fue una sobrecorrección por la que Europa está pagando hoy un precio elevado. La castración de posguerra de Alemania y Japón debe ser deshecha”. La frase no la firma un nostálgico de la extrema derecha europea. Es una de las tesis de The Technological Republic, libro publicado en febrero de 2025 por Alexander Karp, CEO de Palantir, empresa estadounidense que provee buena parte del software con el que se construye hoy el rearme europeo. Tiene contratos con Alemania y el Reino Unido, opera infraestructura en Ucrania y colabora estratégicamente con Israel. Un mes después, Jürgen Habermas publicaba un llamamiento sobre el rearme europeo. No era un texto pacifista (él no lo fue nunca), pero formulaba la pregunta más exigente que un filósofo podía hacerse ante lo que se anunciaba: qué sería de una Europa con el Estado más poblado y más poderoso económicamente siendo, además, una potencia militar muy superior a todos sus vecinos, todo esto sin integrar en una constitución supranacional la sujeción a una política exterior y de defensa europea común ligada a decisiones mayoritarias.

Esta semana, el ministro de Defensa alemán, Boris Pistorius, presentó la primera doctrina militar autónoma de la República Federal desde 1955: “Nuestra ambición es, y debe ser, ser el ejército convencional más fuerte de Europa”. Se trata, básicamente, de la reescritura del pacto tácito sobre el que se construyó el orden europeo de posguerra. Desde 1945, ese pacto tenía una forma reconocible: Alemania sería la primera economía del continente, pero no la primera fuerza militar. Esa asimetría (centralidad económica y contención estratégica) fue la condición bajo la que el resto de Europa aceptamos, primero, la reunificación, y después la hegemonía económica alemana. ¿Desde dónde se autoriza esa reescritura? Porque un ministro no rescribe un pacto fundacional con una sola frase si no hay ya en circulación una matriz que lo legitima. Y esa matriz no es alemana, sino estadounidense. Y tiene un autor concreto.

Karp se doctoró en 2002 en la Universidad Goethe de Frankfurt con la intención explícita de tener a Habermas como director de tesis. Habermas se la rechazó. Acabaron separándose por desacuerdos sobre el contenido. El núcleo de su discrepancia era una pregunta sencilla: ¿qué hay en el fondo de la convivencia humana? Para Habermas, capacidad de entendimiento. Para Karp, agresión. Los seres humanos seríamos criaturas que se agreden, y lo único que puede organizar de verdad la convivencia es la fuerza o, en su versión moderna, la disuasión. Esto significa que el hombre que dirige una pieza central de la infraestructura tecnológica del aparato securitario occidental se formó intelectualmente en la órbita de la Escuela de Frankfurt, la tradición que Habermas pasó toda su vida defendiendo como matriz de la deliberación racional, y ha construido un imperio que es la antítesis exacta de esa tradición.

Habermas describía sin nombrarlo el proyecto Karp, al hablar del “sueño libertario de abolición de la política” de Silicon Valley, sustituida por la gestión empresarial y dirigida por las nuevas tecnologías. Eso es Palantir: el discípulo rechazado de Habermas convertido en proveedor del tipo de poder técnico contra el que su maestro construyó toda su filosofía. Frankfurt regresa a Frankfurt 80 años después, pero del revés. Habermas no advertía contra el rearme, sino exactamente contra el rearme que está ocurriendo, el de una Alemania que busca ser la potencia militar dominante sin haber resuelto la cuestión de la soberanía política europea. Lo que está en juego, por tanto, no es el armamento, sino el sujeto político que lo empuña. Y aquí la voz de Karp, el doctorando frustrado de Frankfurt, dueño de parte de la infraestructura técnica de esta nueva era, no es marginal, pues modifica la respuesta a la pregunta habermasiana. Habermas no pregunta si hemos de rearmarnos sino quién es ese “nosotros” que decide rearmarse, y con qué legitimidad lo decidimos.

Cuando un ministro alemán abandona el léxico del Estado (tanques, soldados, fronteras, deber) y adopta el de la consultora (efectos, capacidades, eficiencia, ambición), no es una mera cuestión de estilo: el Estado que delibera, que rinde cuentas y que admite ser juzgado por sus ciudadanos cede el paso al gestor que produce resultados medibles. Y eso es lo que está ocurriendo: Europa subcontrata su rearme y, con él, la filosofía política que lo orienta. La doctrina la firma un ministro alemán y el vocabulario una empresa de Palo Alto. La pregunta de Habermas ―quién decide― recibe una respuesta que no debería tolerarse: ellos, los que tienen el software, las palabras y el manifiesto. Los poderosos.

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