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Nadie está a salvo

El mundo, si se mira bien, está hecho de dos sustancias: la historia irrepetible y la cifra

Una persona sin hogar descansa en la Terminal 4 del Aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas, en mayo de 2025. Diego Radamés (Europa Press)

En La conversación, esa extraordinaria película de Coppola, una pareja pasea por un parque cuando ella se detiene frente a un mendigo tirado en un banco y dice que cada vez que ve a alguien así no puede evitar pensar que fue un niño querido, alguien al que sus padres abrazaron, alguien que tuvo un lugar en el mundo. “Dónde están ahora sus padres, dónde está su familia”, se pregunta. A lo que el hombre ...

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En La conversación, esa extraordinaria película de Coppola, una pareja pasea por un parque cuando ella se detiene frente a un mendigo tirado en un banco y dice que cada vez que ve a alguien así no puede evitar pensar que fue un niño querido, alguien al que sus padres abrazaron, alguien que tuvo un lugar en el mundo. “Dónde están ahora sus padres, dónde está su familia”, se pregunta. A lo que el hombre responde que durante una huelga de prensa, en Nueva York, murieron de frío decenas de mendigos que solían cubrirse con periódicos. Pero lo dice como a efectos estadísticos.

A mí esa escena me rompe el alma, como si me obligara a elegir entre dos modos de estar en el mundo: el de la mujer, que rescata al mendigo del presente y lo devuelve a su pasado, donde alguien lo quiso, y el del hombre, que lo arranca de su biografía y lo introduce en una cifra. Yo oscilo entre ambas posiciones con una facilidad que me incomoda. Hay días en los que me descubro mirando a un desconocido con la piedad activa de la mujer. Intento imaginar su infancia, su nombre, la manera en que su madre lo llamaba para cenar. Y hay otros en los que, sin darme cuenta, lo reduzco a una categoría, a una palabra, a un recuento que cabría en una línea de periódico.

Lo malo es que el mundo, si se mira bien, está hecho de esas dos sustancias: la historia irrepetible y la cifra. El mismo cuerpo que alguien acunó es el que aparece después en un inventario de la morgue. El mismo nombre que fue pronunciado con ternura acaba diluido en un número manejable, tranquilizador. Cuando paso junto a alguien que duerme en la calle, no sé muy bien a quién veo, si al niño que fue o al dato en el que lo hemos convertido. Y en esa vacilación hay algo más que una duda moral: hay una forma de vértigo. Porque si el tránsito de una condición a otra es posible (si se puede pasar de ser historia a ser mera estadística), ninguno de nosotros está del todo a salvo.

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