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Tribuna

Cuba, en situación de fallo multiorgánico

Sería un cruel sarcasmo histórico que tantos años después de la triunfal entrada en La Habana de Fidel Castro y sus barbudos, algún tipo de enviados de Donald Trump fueran vitoreados por una población famélica

Cola para recoger agua potable de un camión cisterna, el pasado 19 de marzo en La Habana. Norlys Perez (REUTERS)

Las noticias que llegan de Cuba son catastróficas y trágicas. Los adjetivos negativos se encadenan en los artículos y reportajes de prensa. Sin embargo, palidecen ante los que llegan de amigos y conocidos. Se escucha un grito de angustia unido a un deseo incontenible de huir, de aband...

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Las noticias que llegan de Cuba son catastróficas y trágicas. Los adjetivos negativos se encadenan en los artículos y reportajes de prensa. Sin embargo, palidecen ante los que llegan de amigos y conocidos. Se escucha un grito de angustia unido a un deseo incontenible de huir, de abandonar un país que parece haber tocado fondo tras haber sido desde hace décadas una especie de planeta que ha orbitado de forma alternativa y parásita: primero de la Unión Soviética, después de la Venezuela bolivariana y desde hace un año lo intenta con los BRICs que lideran Rusia y China.

Debemos entender que los problemas de Cuba no han comenzado con Donald Trump y Marco Rubio; con ellos han empeorado y todavía pueden hacerlo más. En Cuba nadie debería esperar nada bueno de esta pareja de jerarcas de la Administración norteamericana. Sin embargo, hay evidencia de que no son pocos los que sueñan con que intervengan. Como sea.

Es necesario aceptar que la inviabilidad del sistema impuesto por el castrismo no comenzó siquiera con el derrumbe soviético y el consiguiente Período Especial en Tiempo de Paz que lo sucedió. Los datos de lo que fue aquel descalabro son elocuentes, pero en términos de revolución social el régimen castrista ya había fracasado con claridad mucho antes.

Orbitar en torno a la Unión Soviética hizo que la economía de Cuba ahondara en su ineficiencia al centrarse en unos pocos productos básicos destinados a los países socialistas. Antes de su desaparición, el comercio exterior de Cuba se realizaba en un 72% con la Unión Soviética y en otro 15% con el resto de los países del Bloque. Además, Moscú proporcionaba el 40% de los alimentos y mantenía en la isla fábricas que producían la mitad de los bienes industriales y de los fertilizantes agrícolas consumidos. Todo ello desapareció, como quien dice, de la noche a la mañana.

El castrismo, no obstante, siempre ha sido muy aplicado y eficiente en su márquetin político. Desde el principio administró con maestría el enorme capital simbólico de haber realizado una revolución que pronto se declaró marxista leninista en las mismísimas barbas de los Estados Unidos. La Crisis de los Misiles de 1962 estableció una especie de acuerdo entre Washington y Moscú: los primeros no invadirían Cuba y la aceptarían como mal menor, y los segundos no propiciarían “más cubas” en América Latina. Eso además de la retirada de las rampas soviéticas en la isla y de las recíprocas estadounidenses en Turquía.

Durante aquellos largos días de septiembre Estados Unidos bloqueó a Cuba. Después lo que ha mantenido, con intensidad variable, ha sido un embargo a la isla que ha sido condenado durante décadas por las Naciones Unidas, por Amnistía Internacional y por multitud de países y gobiernos de diverso color político. El régimen castrista, por su parte, siempre ha hablado de bloqueo norteamericano a Cuba, y a él le ha adjudicado todas las desgracias, carencias, insuficiencias y problemas que el país lleva soportando desde los años ochenta.

Nunca, jamás se han reconocido errores, déficits de gestión, fallos en la planificación o insuficiencias del sistema. Nunca. Todo lo que en Cuba ha podido merecer la consideración de problema o de perjuicio a soportar por la ciudadanía ha sido identificado como resultado indiscutible del bloqueo de los Estados Unidos.

Hasta el hecho de que la tierra no se cultive para asegurar una soberanía alimentaria básica es puesto en la cuenta del bloqueo.

En la actualidad, los diversos indicadores no admiten discusión: Cuba padece un fallo multiorgánico que parece terminal para el castrismo, sin que nadie diga ni una palabra de qué será lo que vendrá a sustituirlo.

Ya no hay apagones, ahora son alumbrones, de vez en cuando y de manera imposible de predecir. No funciona, por razones obvias, el siempre precario transporte. No hay alimentos en las tiendas, ni medicinas en los dispensarios y los hospitales. Además, los precios reales y los salarios de ficción son cada vez más divergentes.

El turismo, que pareció funcionar como motor económico durante años, ha colapsado. La pandemia de 2020 le dio un golpe brutal, pero la evolución de la realidad interna del país en lo que llevamos de década no ha hecho sino acentuar el declive imparable. Las remesas que los que emigraron, los recursos que los exiliados, políticos y económicos, remiten a sus familiares para ayudarles a subsistir son, junto a los que genera la exportación de personal sanitario, el único oxígeno en forma de divisas que llega a Cuba. Y eso no es suficiente para abastecer las necesidades del país en una situación en la que, efectivamente, la pareja Trump-Rubio ha decidido asfixiar al régimen castrista al precio de ahogar a los cubanos y las cubanas que viven en la isla.

Nada funciona en Cuba, excepto la maquinaria represiva, a la que no se le escatiman recursos. Lo peor, no obstante, no es que nada funcione; lo peor es que no hay esperanza razonable alguna de que la situación mejore.

Sería un cruel sarcasmo histórico que tantos años después de la triunfal entrada en La Habana de Fidel Castro y sus barbudos, algún tipo de enviados de Donald Trump fueran vitoreados por una población famélica y enrabietada que está deseando que algo pase, algo, lo que sea porque así no se puede vivir.

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