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Habermas espera a Europa

El filósofo alemán planteó esta reflexión: ¿los Estados nación surgidos de la Revolución Francesa seguían manteniendo una relación intrínseca con los nacionalismos que les habían dado forma?

Jürgen Habermas, entre su esposa, Ute, y el presidente alemán Johannes Rau, en Frankfurt en 2001. Ralph Orlowski (REUTERS)

Él tampoco pudo dormir bien aquella noche en Valencia. Pero el problema no fue el ruido, como le ocurrió a Morrisey, sino la pregunta que uno de los asistentes le planteó al finalizar. Por entonces, aquel hombre que en su juventud a punto estuvo de ser movilizado para ir al frente, ya era uno de los principa...

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Él tampoco pudo dormir bien aquella noche en Valencia. Pero el problema no fue el ruido, como le ocurrió a Morrisey, sino la pregunta que uno de los asistentes le planteó al finalizar. Por entonces, aquel hombre que en su juventud a punto estuvo de ser movilizado para ir al frente, ya era uno de los principales intelectuales occidentales. A mediados de octubre de 1991 Jürgen Habermas tenía 62 años y el título de su conferencia fue Ciudadanía política e identidad nacional: consideraciones sobre el futuro europeo. Entonces la gran cuestión era la reconfiguración continental tras la implosión del bloque soviético, como se desprende de la entrevista que concedió a Adolf Beltran. “El estalinismo ha desacreditado todas las esperanzas de la izquierda”, declaró contundente. Y ante la ausencia de un horizonte de profundización democrática desde una lógica progresista constataba que estaba ocurriendo algo inquietante que rima con el presente. “En una depresión económica y social como la que vivimos, cuando se contemplan las cosas desde la óptica de la psicología social, se entiende que la gente busque una salida”, dijo, “por esta razón estamos asistiendo al resurgimiento de las aspiraciones nacionalistas”. Aquella tarde en el Departamento de Filosofía, Habermas expuso su teoría del discurso como una propuesta de ahondar en la deliberación democrática que se planteaba como una alternativa a liberalismo y republicanismo, como una afirmación frente al poder del dinero y al poder administrativo. Tras sus palabras, se abrió el turno de preguntas. Y se quedó pensativo con una de ellas, se comprometió a darle las vueltas necesarias y luego a contestar por escrito. Por eso, buscando la respuesta, apenas durmió. Se lo contó su mujer Ute a un joven profesor de Filosofía catalán que se había formado con él en la Universidad de Frankfurt.

Pere Fabra se recuerda un lunes lejano, una carta de recomendación en las manos, frente al despacho del autor que iba a ser el tema de su tesis. Esperó su turno porque siempre había cola, Habermas leyó la carta y desde el primer momento le invitó a asistir a sus clases abiertas, pero también a su seminario más restringido. Al cabo de pocas semanas, como hacía con los alumnos y visitantes extranjeros, le invitó a cenar a su casa para proseguir con la conversación. No es una costumbre tan extraña en otros ambientes académicos, pero en el caso del autor de Teoría de la acción comunicativa se trataba no solo de un gesto de hospitalidad, sino sobre todo de un compromiso nutrido en su ética ciudadana y de una afinada sensibilidad por lo que en alemán se expresa con el substantivo “Verletzbarkeit”: la vulnerabilidad del ser humano, su reconocimiento al formar parte de la comunidad. “Nadie puede afirmar su integridad por sí solo”. El día después de la conferencia de Valencia, Fabra lo esperaba en el aeropuerto de Barcelona. Repetiría esa conferencia en el estreno de una cátedra que llevaba por nombre Lluís Companys, el presidente de la Generalitat al que la Gestapo libró a la España franquista para fusilarlo. Agradeció que él, un alemán, dijo, fuese el elegido para ese acto académico y afirmó que representaba una demostración de las buenas relaciones existentes entre dos países por fin constituidos en democracias. La cuestión europea sobre la que quería reflexionar era la siguiente: ¿los Estados nación surgidos de la Revolución Francesa seguían manteniendo una relación intrínseca con los nacionalismos que les habían dado forma? Lo que dijo entonces, hoy es una urgencia. “Es necesaria una nueva autoconciencia política que se corresponda con el papel de Europa en el siglo XXI”. Sigue siendo necesaria, pero sin él, ¿quién lo defenderá?

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