Alfredo
Esperaremos sus libros en abril o en cualquier mes, porque la inmortalidad literaria de Bryce Echenique está asegurada
Cuando se nos va un amigo escritor, resulta más difícil despedirse del amigo que del escritor. Y despedirse es necesario, porque conviene no encerrarse en el duelo, aunque resulte complicado entender las costumbres más hirientes de la vida. Son ya muchas las pérdidas. Miro ...
Cuando se nos va un amigo escritor, resulta más difícil despedirse del amigo que del escritor. Y despedirse es necesario, porque conviene no encerrarse en el duelo, aunque resulte complicado entender las costumbres más hirientes de la vida. Son ya muchas las pérdidas. Miro los libros de Alfredo Bryce Echenique en la biblioteca, los ordeno, vuelvo a sentir la infancia conmovedora de un niño solitario en Lima, la exageración sentimental de un peruano en París, las historias de amor que mezclan la risa con las mudanzas y las llamadas de teléfono con un permiso para vivir. Las carcajadas no cierran nunca los ojos, pero los naufragios consiguen darle pena a la tristeza.
Alfredo resumió la energía oral de sus narraciones en la pasión de los locutores deportivos que retransmitían partidos de fútbol en su adolescencia: avanza Perú, avanza Perú, gol de Brasil. Así suele comportarse la vida cuando los planes de futuro se niegan a borrar los latidos del corazón literario de Bryce, encarnado en Julius, Martín Romaña o Felipe Carrillo. El reconocimiento y la admiración permiten repetir que esperaremos sus libros en abril o en cualquier mes del año, porque la inmortalidad literaria está asegurada.
Pero a Alfredo no le basta la inmortalidad literaria. Después de la noticia de su muerte, llama por teléfono para que salgamos a cenar con Chus Visor y Pepe Esteban. La cena se alarga, volvemos a vivir historias en mil ciudades. La última copa abre la puerta a la siguiente, y las conversaciones sobre García Márquez, Vargas Llosa o Carlos Barral dan paso a los secretos del amor. El taxi tendrá que esperar en la calle con más disciplina que las estanterías. Los libros no pueden quedarse quietos, su autor escapa de ellos para cantar boleros, proponer un viaje o repetir el nombre de un bar. Claro que sí, Alfredo, allí nos tomamos el gin-tonic. Y voy, y en la mesa del fondo veo a Alfredo. Está contándole algo a Ángel González y a Almudena.