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Dialecto inventado

Hay algo conmovedor en un español que se deja torcer, porque torcer la lengua propia es, en cierto modo, torcer el orgullo

Un hombre pasa junto a un supermercado en Buenos Aires.MARIANA NEDELCU

Días atrás, en el supermercado que está a la vuelta de mi casa, en Buenos Aires, el empleado, argentino, le hablaba a su jefe chino en un idioma nuevo. “Vene mecarería”, le dijo. Su jefe chino le respondió: “Ben”. Yo ya había escuchado hablar al muchacho otras veces en ese idioma con la fluidez del que habla una lengua nativa: “¿Mercaro ribre quere? “, “Ferma acá”, “Shento tlé”, “No pone azú, no vio”. Las erres se deshilachan, las sílabas caen como botones flojos. Su jefe le responde en ese mismo idioma, se entienden con rapidez. Las traducciones de esas frases son: “Viene la mercadería”, “¿Qu...

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Días atrás, en el supermercado que está a la vuelta de mi casa, en Buenos Aires, el empleado, argentino, le hablaba a su jefe chino en un idioma nuevo. “Vene mecarería”, le dijo. Su jefe chino le respondió: “Ben”. Yo ya había escuchado hablar al muchacho otras veces en ese idioma con la fluidez del que habla una lengua nativa: “¿Mercaro ribre quere? “, “Ferma acá”, “Shento tlé”, “No pone azú, no vio”. Las erres se deshilachan, las sílabas caen como botones flojos. Su jefe le responde en ese mismo idioma, se entienden con rapidez. Las traducciones de esas frases son: “Viene la mercadería”, “¿Quiere que abra Mercado Libre?”, “Firme acá”, “Ciento tres”, “No pone la tilde azul, todavía no vio el mensaje”. No es burla, no es imitación. Es una forma de hospitalidad. El muchacho argentino adapta su español a un dialecto que su empleador puede comprender sin esfuerzo. Simplifica consonantes, aplana finales, borra la exuberancia hermosa pero innecesaria para esa comunicación. Convierte su lengua en una versión portátil, plegable, más liviana. En las grandes discusiones sobre migrantes se habla de números, de economías, de empleo. En el supermercado chino de mi barrio puedo ver una negociación microscópica donde el idioma deja de ser identidad intransigente y se vuelve herramienta flexible. Entre góndolas de fideos y ofertas en fibrón rojo, se cocina una neolengua que nadie regula, que facilita las cosas. Mi padre le decía a mi abuelo sirio: “Don Elías, ¿quiere venir al campo a ver el máiz”, en vez de “maíz”, porque mi abuelo lo acentuaba así. Hay algo conmovedor en ese español que se deja torcer, porque torcer la lengua propia es, en cierto modo, torcer el orgullo. El muchacho argentino no habla mal porque no sepa hablar mejor; habla distinto porque quiere que su jefe lo entienda. En esa torsión hay pragmatismo, pero también una forma de respeto. La lengua amablemente se equivoca para que la vida funcione.

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