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“No a la guerra” y algo más

Son siempre hombres quienes hablan de una paz que ignora la de las mujeres

Una mujer velada pasa frente a un edificio bombardeado en Teherán. ABEDIN TAHERKENAREH (EFE)

Ninguna contienda bélica ha solucionado nunca nada en ningún lugar, como mucho ha reordenado el tablero geopolítico, redefinido relaciones de poder y establecido nuevas fronteras, esas cicatrices de la historia. Lo que no es poco, pero después de las atrocidades del siglo XX, la escalada nuclear y la destrucción absoluta que puede acabar con la humanidad entera, parecía que habíamos llegado al consenso unánime de que hay otras formas de solucionar los conflictos. Un consenso por otro lado desmentido por la existencia de violencia en muchos países durante todo este tiempo que hemos venido llama...

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Ninguna contienda bélica ha solucionado nunca nada en ningún lugar, como mucho ha reordenado el tablero geopolítico, redefinido relaciones de poder y establecido nuevas fronteras, esas cicatrices de la historia. Lo que no es poco, pero después de las atrocidades del siglo XX, la escalada nuclear y la destrucción absoluta que puede acabar con la humanidad entera, parecía que habíamos llegado al consenso unánime de que hay otras formas de solucionar los conflictos. Un consenso por otro lado desmentido por la existencia de violencia en muchos países durante todo este tiempo que hemos venido llamando paz. ¿La paz de quién? Cuando Vladímir Putin invadió Ucrania se repitió hasta la saciedad que era la primera guerra en suelo europeo desde la Segunda Mundial, como si Bosnia perteneciera a otro continente. Las contiendas que ocurren en otros países tampoco rompen ese espejismo tan presente en el imaginario occidental. El “no a la guerra”, en este sentido, parece una proclama dúctil que se enarbola en función de los intereses de cada momento. Muchos pacifistas no lo son para todo. Y la atención de los medios también parece condicionada por intereses variables y no por la gravedad de los conflictos.

Yo también digo “no a la guerra” pero no solo a la armada e imperialista, a la invasión extranjera que ocupa países soberanos camuflando intereses económicos bajo supuestos principios democráticos (me río al escribir esto pensando en Donald Trump), también digo “no a la guerra” que se libra contra los ciudadanos de dictaduras tan atroces como la iraní. Nos lo cuentan las víctimas que alzan la voz pagando un enorme precio: cárcel, torturas, condenas a muerte. ¿Qué ha hecho Occidente en las últimas décadas para contribuir a esa paz que es la libertad y el respeto a los derechos humanos? Para mi vergüenza de ciudadana europea, creo que muy poco. Sanciones por el armamento nuclear pero no se sanciona a ninguna teocracia misógina por maltratar a las mujeres. No hay más que ver las buenas relaciones que tiene España con Marruecos (donde el adulterio sigue siendo delito, donde la hija hereda la mitad que el hijo y sigue existiendo el matrimonio infantil) o Arabia Saudí (donde hacer un baile en un vídeo de TikTok te lleva a la cárcel).

Son hombres siempre, en traje oscuro y amordazados por la corrección de la diplomacia, quienes hablan de una paz que ignora la de las mujeres. Sobre ese guerra no se pronuncia nunca. Es la normal, la de toda la vida.

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