Para no vivir contra los otros
Nada causa tanto desasosiego como el éxito que parece estar teniendo en Europa y Estados Unidos la xenofobia organizada
Nuestro tiempo es desagradable y frustrante por varias razones: por la zafiedad inmarcesible de los líderes que elegimos, por la alegría inconsciente con que nos abandonamos a la crispación manufacturada de las plataformas tecnológicas (que a cada segundo ganan dinero y poder con nuestros miedos y nuestros odios), por la influencia irresistible que la estupidez y la ignorancia de unos pocos van teniendo en las vidas de todos: ...
Nuestro tiempo es desagradable y frustrante por varias razones: por la zafiedad inmarcesible de los líderes que elegimos, por la alegría inconsciente con que nos abandonamos a la crispación manufacturada de las plataformas tecnológicas (que a cada segundo ganan dinero y poder con nuestros miedos y nuestros odios), por la influencia irresistible que la estupidez y la ignorancia de unos pocos van teniendo en las vidas de todos: uno puede pensar en el sabotaje grotesco de las políticas ambientales que se lleva a cabo en el país más contaminante de Occidente, pero éste no es el único ejemplo de las decisiones que, tomadas sólo en una parte del mundo, tendrán consecuencias en todas. Pero tal vez nada me causa tanto desasosiego como el éxito que parecen estar teniendo en Europa y Estados Unidos la xenofobia organizada, la persecución de los inmigrantes y el racismo sin complejos. Nunca, desde que tengo uso de razón política, había visto en las democracias occidentales un ejercicio tan ostentoso y desacomplejado de propaganda cuyo único propósito sea convencer al ciudadano medio de que su modo de vida corre peligro, y de que la culpa es de los inmigrantes.
Pero eso es lo que estamos viendo. Ahora es tiempo de elecciones en muchas de esas democracias (salvo que siempre es tiempo de elecciones, o eso parecería a veces, en nuestro tiempo hipertrofiado) y por todas partes ve uno a gente que se cree decente apoyando a candidatos matones o racistas, o anunciando su voto o su simpatía por los que envenenan deliberadamente nuestra convivencia, como si para vivir fuera necesario vivir contra los otros: como si se hubiera trasladado a la vida de todos aquella necesidad de inventar enemigos que siempre ha sido una regla de la vida política. Exacerbar el resentimiento, la sensación de humillación o el enfrentamiento entre ciudadanos: es cierto que la estrategia no es nueva, pero también es cierto que nunca había sido tan eficaz. Porque algunos ciudadanos se han dejado convencer, sobre todo de unos años para acá, de que viven en un estado perpetuo de riesgo o de amenaza, a pesar de que la vida real, cuando salen estos ciudadanos de su teléfono móvil y se ponen a vivir en ella, les demuestre todo lo contrario. El nefasto resultado es una especie de espejismo apocalíptico, una realidad paralela que poco tiene que ver con la vida de todos los días.
Y a eso responde en parte el clima de xenofobia que se respira en muchas partes. Por un lado está la realidad donde existe la gente, esa realidad real donde la gente trata de convivir como mejor puede y de vencer las desconfianzas y las reticencias, esa realidad real y tangible donde vemos al otro y no vemos a un enemigo; por el otro, la realidad falseada o distorsionada de la propaganda xenófoba, que vive en las redes sociales e invade desde allí la conciencia de una generación educada en el miedo y adoctrinada en la amenaza, una generación (o varias) que sólo conoce lo que ve en las redes y no está ni siquiera dispuesta a admitir la posibilidad de sufrir manipulaciones malintencionadas. Siempre me he preguntado qué habrán pensado estos usuarios de las redes cuando, después del asesinato de tres niñas en Inglaterra, la red X fue el escenario donde se dio vía libre a los bulos que acusaban del crimen a un solicitante de asilo, musulmán para más señas, y el resultado fueron varios días de disturbios violentos contra los musulmanes, los centros de asilo y todo lo que sonara a inmigración. Elon Musk, el hombre del saludo nazi con millones de seguidores, lanzó su análisis de los disturbios, y no fue precisamente para calmar los ánimos o prevenir violencias innecesarias: “La guerra civil es inevitable”, escribió, invulnerable al ridículo.
Se trata de azuzar los odios raciales y no pararse a pensar en las consecuencias; se trata de inocular el miedo al extranjero (salvo que tenga la piel blanca, como cuando el racista Trump se preguntaba por qué los inmigrantes no pueden venir de Noruega); se trata de susurrarles a los ciudadanos que están en peligro, que los llegados de fuera los van a reemplazar. Uno diría que sólo un idiota o un completo ignorante —ignorante de la historia de las migraciones, que es la historia de Europa— se cree semejante cuento, pero hay que ver lo resultona que es la llamada teoría del Gran Reemplazo. No importa: los ciudadanos incautos o atemorizados, los que se sienten abandonados por su gobierno o dejados de lado por la vida, caen en la trampa: pues su atención ha sido colonizada por mensajes insistentes de amenaza o de riesgo, memes en que extranjeros con capucha vienen a robarles la paz o campañas publicitarias en las que el cuidado de un menor inmigrante misteriosamente le quita la pensión a una abuela española. Son supercherías que ninguna persona educada debería dar por buenas, pues su interés manipulador y tramposo es evidente, y sin embargo parecen convencer a muchos.
El anuncio que comparaba el costo de la pensión de la abuela con el del menor inmigrante —el mena, según el detestable acrónimo que ya usan los racistas como arma arrojadiza— apareció un día de 2021 en el metro de Madrid. A comienzos de ese año yo había publicado una novela, Volver la vista atrás, en que una familia de españoles exiliados tras la guerra tenía que vagar por los consulados latinoamericanos de Francia en busca de un país de acogida. Los Cabrera, que así se llamaba aquella familia, acabaron llegando a la República Dominicana en un barco de derrotados que zarpó del estuario de Burdeos, y pasaron hambre y sufrieron estrecheces y buscaron mejor suerte en Venezuela y terminaron encontrándola en Colombia, y en esa errancia se parecieron a miles de exiliados de la misma guerra que reinventaron sus vidas en América Latina. Recuerdo bien la entrevista que tuve con un periodista cultural, hombre decente donde los haya, que en medio de nuestra conversación sobre el libro comparó —pero fue una comparación casual, no rigurosa— el anuncio del metro con la acogida que en América Latina se les dio a los exiliados de la Guerra civil. “Qué vergüenza me da a veces”, dijo, aunque él no tenía nada de que avergonzarse: él no había contaminado la ciudad de todos con el racismo cobarde de unos cuantos.
Los escritores de los años 30 —pienso en Paul Valéry, que no era judío, y en Joseph Roth, que sí lo era— deploraron con frecuencia el papel de la radio, esa tecnología que todavía entonces era novedosa, pues le había abierto las puertas de las casas privadas al veneno de la retórica nazi. No soy el primero en sentir un eco molesto de esas transformaciones centenarias en las nuevas transformaciones, que nos han cambiado la vida en la última década pero que, al mismo tiempo, se han convertido en altavoz de los movimientos más reaccionarios: la plataforma de Musk es hoy el terreno predilecto de la desinformación racista y los bulos xenófobos, y sólo ahora comienzan a despertarse las democracias europeas a la necesidad de ponerle coto. Sí: sólo ahora comienza a aceptarse la idea de que regular el discurso de odio no significa coartar la libertad de expresión de nadie. Y es de esperar que no sea demasiado tarde.