23-F, materiales para la historia
Ojalá esta desclasificación sea contagiosa y tras ella vengan otras, convirtiéndose en lo habitual; después de los argumentos escuchados estos días es muy difícil seguir justificando que todo siga igual
Decía Santos Juliá que el historiador, la historiadora, debe desarrollar su oficio con la humildad del artesano. Rescatar pequeñas piezas, cuantas más mejor, y colocarlas con paciencia para intentar reconstruir y entender los hechos del pasado. Por eso los que nos dedicamos a la Historia somos tan felices en un archivo, donde cada papel tiene su ...
Decía Santos Juliá que el historiador, la historiadora, debe desarrollar su oficio con la humildad del artesano. Rescatar pequeñas piezas, cuantas más mejor, y colocarlas con paciencia para intentar reconstruir y entender los hechos del pasado. Por eso los que nos dedicamos a la Historia somos tan felices en un archivo, donde cada papel tiene su magia, aunque a veces necesitemos recorrer muchos legajos y abrir muchas cajas para que la sucesión de piececitas tenga sentido. Muy rara vez encontramos el documento que por sí solo cuenta todas las historias. Habelos hainos, claro, pero no es lo habitual. E incluso en ese caso, ese documento tan revelador necesita contexto, análisis y otros documentos, otras voces, que lo confronten, lo sitúen y nos ayuden a darle veracidad y significado.
La desclasificación de los papeles del 23-F es una buena noticia. Tardía, pero buena. La información y la transparencia siempre lo son porque nos dan herramientas para dotar de sentido los acontecimientos, para entenderlos mejor. Para que nos manipulen menos. Y si esa transparencia afecta al ataque de mayor calado que ha sufrido la democracia actual, asaltada cuando se estaban poniendo sus cimientos para frenar su construcción, ¿cómo no va a ser relevante? Llamar cortina de humo a la desclasificación de un golpe de Estado es menospreciar el valor de la democracia. Tener acceso a lo que podamos recuperar del golpe, su diseño, sus tramas, sus protagonistas, su gestión, sus consecuencias… reforzará el conocimiento sobre nuestra historia democrática, sobre sus peligros y sobre cómo se sortearon. Y con ello, es la propia democracia la que se refuerza.
Además, como dice el refrán popular, el saber no ocupa lugar y saber más del 23-F no impide saber más de otros temas relevantes. Las buenas prácticas sirven para generar buenas prácticas. Así que ojalá esta desclasificación sea contagiosa y tras ella vengan otras, convirtiéndose en lo habitual. Con una ley de secretos oficiales aprobada por el franquismo hace casi 60 años y archivos como el del Ministerio del Interior, de acceso casi imposible, hay muchos problemas pendientes. Después de los argumentos que hemos escuchado estos días es muy difícil seguir justificando que todo siga igual.
¿Descubren la verdad profunda del golpe de Estado estos papeles? ¿Aprenderemos algo nuevo con ellos? Estas son las preguntas más repetidas desde la desclasificación. Mi respuesta, tras una revisión rápida a los documentos, es similar a la que aventuraba cuando se anunció la noticia. No a la primera. Sí a la segunda. Dejando de lado disquisiciones filosóficas sobre el concepto “verdad profunda”, vamos a entenderlo como dilucidar todos los nombres detrás de la preparación del golpe, su ejecución, su final y sus consecuencias. Los documentos desclasificados no parecen dar esa respuesta completa. No hay una hoja manuscrita en la que ponga “Yo soy el elefante blanco”. Primero, porque la resolución del misterio no suele llegar con una única prueba rotunda. Segundo, porque es probable que la documentación sufriese un expurgo antes de llegar a los diferentes archivos desde los que se ha recopilado. No todos los documentos sobreviven, algo que puede suceder por múltiples razones. Por descuido. Por malas condiciones de conservación. Por accidente. Porque no hay suficiente espacio y se hace una selección, eliminando aquello que se considera irrelevante o de lo que hay otras copias, otros ejemplos. Por supuesto, también se destruyen papeles de manera consciente, por el interés de que algo no trascienda. Si existiese esa confesión sobre el elefante blanco o una prueba irrefutable de la complicidad del Rey o de alguien de su entorno cercano en la preparación o en la ejecución del golpe, no parece probable que hubiese llegado a un archivo.
¿No merece la pena, entonces, lo que se ha desclasificado? ¿No nos va a enseñar nada nuevo? Por supuesto que sí. Porque estos documentos son pequeñas piezas que se suman a las que ya teníamos. Algunas redundan en detalles conocidos y por sí solas no tendrán gran relevancia. Otras, suman voces nuevas que nos resolverán dudas, plantearán otras nuevas o terminarán de inclinar nuestras interpretaciones hacia direcciones que ya intuíamos. Ganamos información sobre tonos y palabras pronunciadas durante aquellas horas. Incorporamos a la mochila notas que nos muestran la posición concreta de un actor en un momento determinado, como un fogonazo al que hay que seguir el rastro para ver la evolución, para dilucidar si hay convicción o adaptación a las circunstancias. La selección nos ofrece documentos de tipología variada y de una cronología amplia con la que seguir completando el mapa que ya teníamos.
El camino es largo. Después de la primera impresión y el ímpetu de la primera hora, llega el turno de las historiadoras, de revisar con minuciosidad las piezas y plantear preguntas, de seguir construyendo, con el ritmo pausado del artesano, un mejor conocimiento del pasado.