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Falta autocrítica

El PP y el PSOE no pueden hacer como si no tuvieran ninguna responsabilidad en el ascenso electoral de Vox

Dos elecciones autonómicas adelantadas y celebradas en apenas mes y medio han tenido como principal derivada política, más allá de la renovación de los Parlamentos de Extremadura y Aragón, fortalecer las posiciones y la legitimación como partido de gobierno de Vox, una formación de ultraderecha que alardea de cuestionar algunos de los consensos básicos de la democracia liberal y de la Constitución española. Frente a esa realidad, resulta preocupante que ni el PP ni el PSOE hayan hecho, en especial tras los comicios aragoneses del domingo, la menor autocrítica y se hayan embarcado, de nuevo, en un estéril cruce de acusaciones sobre quién es el responsable de haber regalado dos espléndidos resultados a la extrema derecha.

El principal debate político que vive hoy Occidente es cómo socialdemócratas y conservadores, las corrientes que han construido las democracias liberales en Europa, hacen frente al avance de una reacción populista que cuestiona el sistema mismo y solo ofrece respuestas demagógicas a problemas complejos. Ni el PP, preso de su obsesión antisanchista tras quedarse a las puertas de La Moncloa, ni el PSOE, muy debilitado autonómicamente y cuya estrategia empieza y acaba en las políticas del Gobierno, han logrado impedir que Vox sea ya el tercero en discordia en cualquier elección en España.

Desde que Vox inició su ascenso tras entrar en el Parlamento andaluz a finales de 2018, el PP no ha sido capaz de desactivar un partido a su derecha que cada vez exhibe con mayor agresividad su agenda xenófoba, recentralizadora, antifeminista o negacionista del cambio climático. María Guardiola en Extremadura y Jorge Azcón en Aragón adelantaron sus comicios, con el beneplácito de Feijóo, para reforzar sus propias posiciones y, de paso, exhibir dos previsibles derrotas del PSOE y acelerar así la sensación de fin de ciclo a nivel nacional. Lo que ha comprobado es que el malestar con el PSOE es real, pero que no lo capitaliza el PP. Ahora ambos necesitan más que antes a Vox. Guardiola puede exhibir al menos que ha ganado un diputado, pero Azcón ha perdido dos. El PP tendrá que negociar ambas investiduras y los futuros gobiernos con un partido que ya le ha forzado en la Comunidad Valenciana o en Murcia a hacer fe explícita de su apoyo a esa agenda reaccionaria.

En el PSOE, los llamamientos genéricos a detener a la extrema derecha y los equilibrios que Sánchez debe hacer con sus aliados parlamentarios no funcionan en unas elecciones autonómicas. El PSOE con menos poder territorial sigue teniendo pendiente una reflexión profunda sobre su despliegue y su discurso en las autonomías. Priorizar por encima de todo las medidas del Ejecutivo central y desplegar a ministros como candidatos no sirve en este tipo de comicios frente a la labor pegada al territorio. En lugar de hacer algún tipo de autocrítica, en las últimas 72 horas tras la contundente derrota en Aragón ha transmitido a sus votantes que todo se hizo bien, lo cual es una manera de decir que los votantes se han equivocado.

El 15 de marzo, irá a las urnas Castilla y León, una comunidad en cuyas últimas elecciones Vox logró casi un 18% de los votos, notablemente por encima del nivel del que partía en Extremadura y en Aragón. Antes de finales de junio serán las andaluzas, donde parte de casi un 14%. Socialistas y populares deben decidir si van a seguir reprochándose el avance ultra o tienen alguna respuesta para quienes, legítimamente, terminan votando a Vox.

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