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Minneapolis exige una coalición feminista

A la mujer que protesta contra el ICE, como Renee Good, se la llama “puta zorra”, rompehogares y enemiga del Estado

El sexismo de los Servicios de Inmigración estadounidenses ha quedado al descubierto de la forma más sonora. El agente del ICE Jonathan Ross, durante una protesta por los derechos de los inmigrantes en Minneapolis, no solo ...

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El sexismo de los Servicios de Inmigración estadounidenses ha quedado al descubierto de la forma más sonora. El agente del ICE Jonathan Ross, durante una protesta por los derechos de los inmigrantes en Minneapolis, no solo mató de tres disparos a Renee Good, de 37 años, sino que además la llamó fucking bitch (puta zorra), según el análisis de una grabación que ha llevado a cabo The New York Times.

Algunos miembros de la derecha han empezado a asignar a las mujeres blancas que protestan contra el ICE el juego de palabras contenido en el acrónimo AWFULS (“horribles”): Affluent White Female Urban Liberals (mujeres blancas, urbanas, progresistas y acomodadas). Con el mismo sentimiento misógino que refleja este insulto, Elon Musk publicó en X que “las mujeres progresistas se divorcian de sus maridos y solo les dejan ver a sus hijos una vez al mes. Y luego proclaman a gritos que el ICE hace daño a las familias”.

La conmoción que ha causado ver a una mujer blanca de clase media (por no hablar de un hombre blanco de clase media, el enfermero de Minneapolis Alex Pretti, también asesinado por el ICE cuando se manifestaba) convertida en blanco de la violencia del Gobierno y tachada de “enemiga del Estado”, como escribió Michelle Goldberg en The New York Times, ya ha sido objeto de análisis exhaustivos. Pero también ha sido blanco de críticas porque tal vez parece que ha hecho falta que la violencia alcanzara a esa mujer blanca de clase media para que los blancos hayan empezado a sentir una “preocupación repentina” por la justicia para los inmigrantes.

No obstante, podemos extraer varias lecciones generales. Las leyes de inmigración de Estados Unidos y su aplicación siempre han sido profundamente sexistas, porque están dirigidas contra las mujeres de todo origen y condición. Partiendo de nuestra necesidad común de luchar contra esta forma de injusticia de género, podemos fomentar una solidaridad productiva, empezando por reconocer que la aplicación de esas leyes ataca a cada grupo de mujeres de diferentes maneras.

El sexismo del sistema de inmigración estadounidense tiene hondas raíces históricas. En 1875, el Congreso de los Estados Unidos aprobó la Ley Page, que prohibía la entrada al país no solo a los delincuentes, sino también a las mujeres asiáticas, porque se consideraba que llegaban “con fines lascivos e inmorales” (los agentes de aduanas tenían un inmenso poder discrecional para decidir qué mujeres asiáticas estaban intentando entrar “con fines lascivos”).

Más tarde, aunque pareció que la Ley de Contratos de Trabajo de 1885 respondía a la necesidad de facilitar la reunificación familiar mediante la política de inmigración, en realidad daba prioridad a las familias blancas anglosajonas y excluía a las que tenían una identidad racial “diferente”. La Ley de Inmigración de 1891 permitió denegar la entrada en Estados Unidos a las personas “susceptibles de convertirse en una carga pública” —entre ellas, las embarazadas— y la Ley de 1903 mostró un interés explícito por excluir a las prostitutas, los “polígamos” y las embarazadas.

Durante su primer mandato, Trump ordenó al Departamento de Seguridad Nacional y al Departamento de Estado que expusieran “las medidas que están tomando para combatir el fenómeno del turismo de maternidad”. Ahora, algunos sectores del Gobierno estadounidense están estudiando en serio la posibilidad de abolir el derecho de ciudadanía por nacimiento, consagrado en la Decimocuarta Enmienda.

Mientras tanto, a medida que el país erosiona cada vez más los derechos de salud reproductiva —sobre todo, a partir de que el Tribunal Supremo derogó Roe v. Wade en 2022—, las embarazadas de cualquier condición civil, incluidas quienes tienen la ciudadanía, están yéndose en masa de unos Estados a otros e incluso cruzando las fronteras nacionales para tener acceso a los cuidados y el aborto que no pueden obtener en su lugar de residencia. Es el fenómeno que llamo “migración por aborto”.

En definitiva, el asesinato de Renee Good forma parte de un viejo sistema patriarcal de inmigración. Como dijo la filósofa feminista chicana Gloria Anzaldúa, “las fronteras se establecen para definir los lugares que son seguros y los que no lo son, para diferenciarnos de los demás”. Hace mucho tiempo que nuestra política de inmigración se centra en determinados inmigrantes y separa conceptualmente a las “mujeres buenas” de las “malas”. Las “mujeres malas” suelen ser mujeres de color, embarazadas, pobres y de clase trabajadora, discapacitadas, queer y transgénero que cruzan la frontera y, además, prácticamente cualquier mujer que se atreva a oponerse a la violencia contra los inmigrantes.

Por si fuera poco, para separar a las “mujeres buenas” de las “mujeres malas”, el Servicio de Inmigración está inventándose unas normas sobre lo que significa ser mujer que todas, incluidas las “buenas”, tienen obligación de cumplir bajo amenaza de morir. Por eso, a la mujer que protesta contra el ICE se le dice que odia a los hombres y se la llama fucking bitch, rompehogares y enemiga del Estado. Al enfrentarse a la violencia de las fronteras estadounidenses, está desmantelando las fronteras establecidas que encierran su propia feminidad.

¿Qué podemos deducir de todo ello? En primer lugar, esto demuestra que la defensa de los derechos de los inmigrantes es una tarea feminista y viceversa. Un sistema político que defienda verdaderamente los derechos de las mujeres debe incluir políticas de inmigración justas y humanitarias.

En segundo lugar, tenemos que estudiar cómo se entrecruzan el sexismo y la opresión contra los inmigrantes. Ya las integrantes del colectivo feminista negro Combahee River Collective escribieron, en su famosa declaración de 1980 en la que introdujeron el concepto de interseccionalidad, que “no queremos combatir solo la opresión en un frente, ni siquiera en dos, sino abordar múltiples opresiones muy variadas”. Como explica el filósofo Olúfẹ́mi O. Táíwò, el Combahee River Collective luchaba para que las mujeres negras “establecieran sus propias agendas políticas” y, al mismo tiempo, fomentaba la creación de coaliciones por encima de las diferencias y la cooperación para abordar “problemas comunes”. Esta es nuestra tarea principal si queremos resistir contra un control migratorio patriarcal.

Entre las formas de opresión entrecruzadas están, además de los peligros de unas fronteras cada vez más militarizadas, los que representan las separaciones familiares en la frontera, la obligación de las personas transgénero, no binarias e intersexuales a identificarse con un género inapropiado en el pasaporte, la erosión continua del derecho al aborto, los interrogatorios a personas queer sobre su sexualidad en las fronteras, la aplicación de las leyes de inmigración a los territorios indígenas y más. Otra muestra es la invasión de nuestros espacios íntimos por parte de los servicios de inmigración, que empujan tanto a los no ciudadanos como a los ciudadanos disidentes a una especie de exilio.

La tercera conclusión es que no podemos caer en una desesperación sin remedio. Como han demostrado las activistas feministas y los estudiosos de las migraciones, hace mucho tiempo que las mujeres migrantes empezaron a desarrollar estrategias para luchar contra las injusticias migratorias en circunstancias terribles. Saben aprovechar muy bien la fuerza de las redes familiares y de amistad. Construyen con cuidado cadenas de ayuda a través de las fronteras. Cuentan valientemente las historias que demuestran su perseverancia. Descubren aliados a lo largo del camino. Y son un ejemplo en el que todos podemos inspirarnos.

Renee Good, activista y madre de tres hijos, no era inmigrante. Esta, por supuesto, es una distinción fundamental. Muchas mujeres con una identidad marginada por diversos motivos se encuentran, en materia de inmigración, con unos obstáculos que no sufren otras mujeres, y ese es un hecho que no debemos olvidar. Sin embargo, el trágico asesinato de Renee Good, que se enfrentó con tanta valentía a los servicios de inmigración patriarcales, nos ofrece lecciones vitales sobre nuestra causa común. Y es un llamamiento atronador a crear coaliciones por encima de nuestras diferencias, mientras continúa el terror del ICE.

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