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Todos deberíamos ser luditas

No se trata de estar contra la tecnología, sino de evitar que la tecnología esté en nuestra contra

El metaverso fue la gran apuesta de Meta, la empresa dueña de Facebook, que quería ofrecernos un mundo virtual casi de ciencia ficción en el que relacionarnos con los demás.

Hablo en pasado porque ese proyecto está arrinconado, para sorpresa de nadie. The Wall Street Journal publicó en ...

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El metaverso fue la gran apuesta de Meta, la empresa dueña de Facebook, que quería ofrecernos un mundo virtual casi de ciencia ficción en el que relacionarnos con los demás.

Hablo en pasado porque ese proyecto está arrinconado, para sorpresa de nadie. The Wall Street Journal publicó en diciembre que la empresa ha perdido 77.000 millones de dólares desde 2020 con esta idea. Y el mismo medio publicaba la semana pasada que la compañía despedirá a 1.500 empleados ligados al proyecto. Resulta difícil imaginar cuánto son 77.000 millones de dólares, pero para hacernos una idea, es una cifra similar al PIB anual de países como Uruguay o Eslovenia.

Todos nos equivocamos, pero sorprende que Mark Zuckerberg, consejero delegado de Meta, haya tardado 77.000 millones de dólares en darse cuenta de su error, sobre todo si recordamos que desde que anunció el proyecto no ha recibido más que burlas hacia lo que parecía una mezcla entre la extinta Second Life y LinkedIn. Es verdad que no podemos hacer caso solo a las críticas, pero es que era lo único que había. Supongo que hizo mucho daño aquella frase de Steve Jobs: “Muchas veces, la gente no sabe lo que quiere hasta que se lo muestras”. Bien, pues nos lo mostraron y no lo queríamos usar ni en el móvil de otro.

El fiasco del Metaverso recuerda que no debemos creernos todo lo que los empresarios tecnológicos nos venden como un futuro inevitable y que una dosis de ludismo es una defensa necesaria. Los luditas, esos artesanos textiles ingleses que entre 1811 y 1816 destrozaron telares mecánicos, no estaban en contra ni del progreso ni de las máquinas, sino de la implantación sin ningún debate de unos artefactos que amenazaban sus empleos, sus comunidades y sus valores. Lo explican libros recientes como Sangre en las máquinas, de Brian Merchant, y Romper cosas en el trabajo, de Gavin Mueller.

Pensemos en la inteligencia artificial (IA) generativa: los dueños de las máquinas, ahora y en el siglo XIX, solo quieren ganar dinero y les importa muy poco que las consecuencias sean la destrucción de millones de empleos y la precarización de los que queden. Desde luego, la IA ya es más útil que el metaverso (cualquier cosa lo es), pero los empresarios minimizan o desprecian los efectos que tiene en la actualidad —como la vulneración de los derechos de autor de escritores e ilustradores—, a cambio de una promesa de un futuro maravilloso que aún tiene poco que lo sustente. Es más, antes de llegar a ese supuesto porvenir en el que la IA soluciona el cambio climático y cura el cáncer, quizás haya que hacer una parada técnica en una burbuja financiera. Recordemos que OpenAI, la empresa de ChatGPT, acumula pérdidas de 7.800 millones en la primera mitad de 2025 y no espera registrar beneficios anuales hasta 2030.

Esto no significa que nos liemos a reventar ordenadores a hachazos o que nos vayamos a vivir a una cueva, por muy tentador que resulte. Pero sí que recordemos que no tenemos por qué rendirnos y aceptar ese futuro supuestamente obligatorio: nos dicen que nos tenemos que preparar para los recortes en las pensiones, para la precariedad laboral, para la privatización de la educación y la sanidad, y, ahora, para la llegada de la inteligencia artificial, que nos intentan colar con calzador incluso aunque a veces solo cause problemas sin solucionar ninguno, como en el caso de las búsquedas de Google.

Nada de esto es inevitable y hay margen para imaginar un futuro mejor que el que quieren Altman, Musk y Zuckerberg, empezando por una regulación que tenga presentes los derechos y los intereses de los trabajadores y de los ciudadanos. No se trata de estar en contra de la tecnología ni de la inteligencia artificial, pero quizás sí de esta tecnología y de esta inteligencia artificial. Y un ejemplo del margen que tenemos como ciudadanos y como consumidores es el fracaso del metaverso, al que no hicimos ni caso a pesar de que contaba con un presupuesto comparable al PIB de un país mediano.

77.000 millones es, básicamente, el coste de TODA la red de alta velocidad española entera. Y Zuck se los ha fundido en avatares de mierda en el metaverso. Visionario.

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— Roger Senserrich (@4freedoms.es) 19 de enero de 2026, 15:03

look, losing $77 billion isn’t ideal, but it’s not like everyone said ‘what a pile of dogshit, who’s going to want that’ when they saw it

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— Toby Earle 🇺🇦 (@tobyontv.bsky.social) 18 de enero de 2026, 19:01

$77 billion could have solved homelessness in America for over 8 years, but they had to make second life with no legs.

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— Professor Xtra (@depresseddeveloper.bsky.social) 18 de enero de 2026, 17:08

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