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Marina, una historia de amor

Lucía Solla Sobral nos enfrenta en ‘Comerás flores’ a esa intensidad que puede ser un laberinto que atrae y atrapa a la vez

Fue Berna González Harbour la primera que la recomendó. A mediados de agosto, preparábamos el Babelia sobre las novedades del otoño, ella leía los nuevos títulos de narrativa española con profesionalidad y, de repente, una primera novela, con la magia de lo inesperado, la cautivó. ...

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Fue Berna González Harbour la primera que la recomendó. A mediados de agosto, preparábamos el Babelia sobre las novedades del otoño, ella leía los nuevos títulos de narrativa española con profesionalidad y, de repente, una primera novela, con la magia de lo inesperado, la cautivó. Se titula Comerás flores, y esta sí es una buena historia de amor. Y también de acoso corrosivo y de baja intensidad, tan creíble, habitual e invisible. Pero usar las categorías de amor y de acoso, como si el tema que explora fuese el principal acierto del libro y tuviésemos entre manos un manual de autoayuda, implicaría simplificar la potencia del debut de Lucía Solla Sobral (Marín, Pontevedra, 1989). Su secreto, transmitido de tú a tú desde principios de septiembre como quien entrega un tesoro íntimo, es la textura hecha de palabras a través de la cual el lector comprende e incorpora una experiencia dura y auténtica a su conciencia.

La protagonista se llama Marina y va a cumplir 25 años. Tiene a Diana, la amiga que ha sido su compañera desde siempre, tiene también el trabajo, un perro al que acariciar, la familia. Esas posesiones son las que la definen en cada momento y, durante tres años, a lo largo de la novela, y esa es una virtud formal que ritma la narración, esa lista se va modificando para actualizar la imagen que ella tiene de sí misma. En algún momento apenas tendrá nada de lo que tenía al comienzo porque todo son etapas y ella es una chica perfectamente normal que vive en una ciudad mediana y quiere lo que todos queremos: una vida buena. Pero lo que no es normal es la inteligencia sensorial de la narradora que, huyendo de la retórica vana y las imágenes gastadas, explica a Marina: es una voz que tiene la intuición de captar aquellos aspectos corporales y de la realidad física cotidiana para transformarlos en señales reveladores a través de los cuales el lector la conozca desde dentro. Y ese marasmo sentimental, que conocemos como si durante 241 páginas la estuviésemos analizando con un monitor Holter, es el que atrapa, y angustia.

Desde el arranque falta el padre de Marina y esa ausencia provoca un dolor íntimo “que me dejaría fuera de la vida”. ¿Cómo volverla a encontrar? A través del deseo, esa posibilidad de redescubrirse a través del fervor con el otro y que nos releva nuestra humanidad. Son los cuerpos, pero no solo. También los detalles y la compañía. El deseo es Jaime, 20 años mayor que ella, elegante y rico, con el que empieza una relación descompensada. Pero esa descompensación, tan habitual, ella no la vive como problema porque la intensidad del amor, que son los mil detalles además de los mil mensajes, la posee.

Aquí llegamos a la verdad del libro, que no es una lección de moralina, y que trasciende el amor y el acoso como etiqueta para encarnarnos ante el abismo de una verdad literaria. Porque Comerás flores nos encara con esos espacios donde la intensidad es plenitud y puede ser laberinto en el que disfrutamos y quedamos atrapados a la vez. Es lo que le ocurre a ella, que poco a poco va advirtiendo las banderas rojas, que la van sumiendo en una historia de aterradora normalidad que yo palpaba con inquietud en esos viajes en coche en los que Jaime acelera como un loco. No sé si esta columna ha tenido mucho sentido. He escrito una crítica literaria sin querer porque lo que querría es explicar por qué este libro ilumina un espacio ambiguo y fundamental de la vida. Me ha entusiasmado.

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