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Después de Ucrania, Europa

Moscú busca comprobar la efectividad de la solidaridad entre los aliados de la OTAN. Si constata su inutilidad, se haría con la llave estratégica de la seguridad continental   

Todas las alertas están en rojo. Respecto a Ucrania, por supuesto, sometida a la máxima presión para que acepte cesiones territoriales, hipoteque su soberanía y su capacidad de defensa y se resigne a vivir desprotegida, bajo la amenaza de una nueva ofensiva rusa con la que Putin corone su incorporación a la esfera de influencia rusa, sea por las armas, sea por la ...

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Todas las alertas están en rojo. Respecto a Ucrania, por supuesto, sometida a la máxima presión para que acepte cesiones territoriales, hipoteque su soberanía y su capacidad de defensa y se resigne a vivir desprotegida, bajo la amenaza de una nueva ofensiva rusa con la que Putin corone su incorporación a la esfera de influencia rusa, sea por las armas, sea por la instalación en Kiev de un presidente títere al estilo de Bielorrusia como efecto del plan de paz trumpista.

También están encendidas para el conjunto de Europa, que no puede cerrar los ojos ante las ambiciones hegemónicas de Putin, más allá de Ucrania e incluso de los países que antaño formaron parte de la Unión Soviética, caso de las repúblicas bálticas, o del Pacto de Varsovia, caso de Polonia. A pesar de que sean menos perceptibles para la mayoría de los europeos, afectan al conjunto del continente, pretenden erosionar e incluso destruir su sistema institucional e incluyen preparativos para una guerra europea a gran escala, según el Instituto Francés de Relaciones Internacionales (IFRI), en un estudio en el que han participado nueve think tanks de 10 países, ninguno de España, sobre la actual correlación de fuerzas entre Rusia y Europa en caso de que estallara tal conflicto.

La fase actual de la guerra cuenta con una extensión híbrida de intensidad creciente que afecta directamente al conjunto de Europa, aunque adopte mayor virulencia en sus confines orientales y especialmente en el Báltico. Ciberataques, sobrevuelo de drones, cortes de cables submarinos, peligrosas maniobras navales y aéreas en los límites de aguas y cielos europeos, movimientos migratorios provocados u operaciones de desinformación e interferencias en elecciones están afectando a los países vecinos, pero alcanzan también a Alemania, Reino Unido o Bélgica, donde se hallan la sede central y el cuartel general de la OTAN y de las instituciones de la Unión Europea.

No es extraño que este despliegue híbrido para someter a prueba los sensores europeos coincida con la actualización de los planes de defensa de los principales socios europeos, la reintroducción de un servicio militar voluntario en varios países y la intensificación de los trabajos de contenido estratégico y militar por parte de numerosos think tanks, entre los que destaca el IFRI, quizás el que ha alertado de forma más concreta sobre la opción bélica elegida por Rusia. Según Thomas Gomart, su director, “Rusia constituye una amenaza a largo plazo, conducida por intenciones hostiles y por una disputa profundamente enraizada por la arquitectura de seguridad europea”. Del estudio se deduce que Europa tiene todo el potencial para hacer frente a tal reto en 2030, incluso sin Estados Unidos, pero no está claro que cuente con la necesaria voluntad política por parte de sus gobiernos.

La estrategia de Moscú busca debilitar a los países más solidarios con Ucrania, promover las posiciones favorables a Rusia entre las fuerzas populistas de ambos extremos políticos, dividir a la OTAN hasta separar a Estados Unidos de los europeos y, sobre todo, comprobar la efectividad del artículo 5 del Tratado Atlántico por el que todos los aliados se comprometen a la solidaridad con cada uno de los socios en caso del ataque exterior a uno de ellos. Si tal prueba revelara su inutilidad, sería el momento histórico en que Rusia se haría con la llave estratégica de la seguridad europea.

La guerra psicológica es la gran especialidad de Moscú. Dominar las mentes para dominar después en los campos de batalla. La guerra no excluye a la diplomacia, pero la convierte en un arma fundamental para instilar el miedo, dividir, aislar y paralizar al adversario, convencer a todos de la ineluctabilidad de la victoria, y obtener al final en la mesa de negociación los objetivos máximos que condujeron a la invasión sin necesidad de seguir con las hostilidades.

La mayor fortaleza que ha asaltado y tomado Putin no se halla en Donbás ni en Crimea. Está en la mente de Trump, conquistada sin tanques ni misiles, solo a través de una paciente acción persuasiva, con acciones especiales sobre sus intereses económicos y sus debilidades personales —su vanidad, su pánico ante la derrota, su admiración por los dictadores—, así como la infiltración y la intoxicación del campo republicano, hasta convertirlo en un obediente agente a su servicio.

Son varias las inquietantes preguntas que ningún Gobierno europeo podrá eludir ante el control remoto de Trump desde el Kremlin, comprobado estos días con los 28 puntos del plan de paz que lleva su nombre. ¿Tendrá Ucrania suficientes capacidades militares y financieras para aguantar la embestida rusa solo con la ayuda europea y sin contar con Estados Unidos? ¿Puede extenderse la guerra como mancha de aceite a otros países fronterizos e incluso más allá? ¿Está preparada Europa en su conjunto para una guerra abierta con Rusia?

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