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La fuerza de la FIL de Guadalajara

El valor de la mayor feria del libro en español como foro de integración cultural cobra una especial relevancia en tiempos de división política

En un continente donde casi todo parece estar atravesado por la polarización, la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL), que empieza hoy, sigue siendo una excepción luminosa. Cada fin de año, la ciudad mexicana se convierte en un territorio neutral donde los países dialogan sin filtros y donde el libro adquiere un protagonismo que contrasta con la fragilidad de las políticas culturales en buena parte de América Latina. La FIL es, desde hace 39 años, mucho más que un evento editorial: es una geografía propia, un espacio simbólico donde Latinoamérica imagina lo que podría ser si la conversación fluyera con la misma intensidad que lo hace en sus pasillos.

Consolidada como la mayor feria del libro en español y la segunda más importante del mundo tras la de Fráncfort, la FIL se ha convertido en el gran barómetro del ecosistema literario hispano. Su mayor fuerza, no obstante, no está en los números, sino en su capacidad para tejer redes. En una región donde la edición independiente convive con gigantes transnacionales y donde la distancia física sigue siendo una barrera real, Guadalajara funciona como un nudo: el punto de encuentro donde autores, editores, agentes y lectores comparten un mismo espacio y, sobre todo, un mismo idioma. Esa confluencia permite que obras que nacen en circuitos pequeños accedan a audiencias más amplias y que proyectos culturales encuentren socios inesperados, algo impagable en una región de enormes contrastes.

En esta edición, la presencia de Barcelona como invitada de honor refuerza una idea histórica: el puente literario que une a América Latina con España, un vínculo tan intenso como cambiante. Barcelona, referencia indiscutible del libro en español, es la ciudad que acogió y acoge a escritores latinoamericanos exiliados o en búsqueda de oportunidades, el lugar donde se consolidó buena parte de la literatura que hoy llamamos “universal”. Su participación en la FIL —donde muestra la vitalidad actual de las letras en castellano y catalán— no es un gesto ceremonial; es una relectura de ese lazo en un momento en que ambas orillas se necesitan, tanto para consolidar modelos editoriales sostenibles como para revitalizar el intercambio cultural.

La FIL demuestra cada año que la cultura sigue siendo uno de los pocos territorios donde las alianzas son posibles. En un mundo en el que las palabras se desgastan rápidamente en la arena política, los libros recuperan su capacidad de tender puentes. Y Guadalajara, con su mezcla de rigor profesional y fiesta popular, ofrece el ecosistema ideal para que esas conexiones se mantengan. Quizá por eso la FIL no solo sobrevive, sino que se expande. Porque, más allá de las ideologías y las fracturas, América Latina, España, el mundo, siguen necesitando espacios donde reconocerse y dialogar sin fronteras. Y porque, cuando todo lo demás se fragmenta, los libros siguen recordándonos que la cultura es, todavía, la forma más poderosa de integración.

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