Rocha Moya no es Morena
El partido debe recordar que se debe a sus votantes más que a cualquier gobernador


Nadie pondría sus manos al fuego por el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya. Nadie debería. La evidencia periodística en su contra es aplastante. Su desfachatez lo es aún más.
Rocha Moya es un político cínico y corrupto que, con descaro, ha mantenido a su estado en la ingobernabilidad y a sus votantes en el miedo. El gobernador de Sinaloa es lo peor de la política y no toma mucho darse cuenta.
Es por ello que resulta tan desafortunado que haya quien considere que equiparar al gobernador Rocha Moya con Morena es la estrategia correcta para reaccionar ante la crisis. Pocas cosas son más erradas. Morena es mucho más que Rocha Moya. Es verdad que el partido cobija dentro de sus filas a políticos corruptos e impresentables. Pero también es cierto que, por encima de todo, Morena es un movimiento gestado en la esperanza genuina de millones de votantes y miles de militantes de transformar al país. Morena se debe a ellos más que a cualquier político.
Que las oposiciones busquen sembrar la idea de que Morena y Rocha Moya son lo mismo no sorprende. Para estas, el símil es una carta de supervivencia. Un argumento que les permite justificar su existencia y disimular sus propias corruptelas, las cuales, en el retrovisor, ya les parecen menores.
Que Rocha Moya busque equipararse a sí mismo con Morena tampoco sorprende. El gobernador está aterrado y sabe que existe una probabilidad real de que termine el resto de sus días en prisión. Para él, igualarse con el partido es un escudo, una fortaleza desde la cual argumenta que cualquier arremetida en su contra es un ataque al movimiento y a la propia presidenta.
Lo que realmente sorprende es que haya dentro de Morena quienes crean que proteger a Rocha Moya equivale a proteger al partido. Esto no solo es moralmente inaceptable, sino políticamente miope.
Morena no gana nada defendiendo a un político radiactivo como Rocha Moya. Pierde. Desde el verano pasado, el partido ha ido reduciendo su número esperado de votantes precisamente por su incapacidad de separarse de sus políticos corruptos. Al movimiento la gente lo valora. A los corruptos, los desprecia. Por supuesto que hay un costo por purgar a los cuadros menos probos del partido. Estos pueden vengarse o crear un partido propio. Morena puede perder tamaño y fuerza. Pero no debe olvidarse que cualquier costo en el que se incurra por hacer lo correcto es menor que permitir que un puñado de figuras políticas descaradas sigan ostentándose como representantes del movimiento. Vale la pena recordar la filosofía de López Obrador, quien, en su momento, sostuvo que por el bien de su Gobierno no defendería los actos de corrupción de nadie, ni respondería por nadie. Solo soy responsable, dijo, de mi hijo menor de edad.
Esa afirmación descansaba sobre una sabiduría política que Morena, hoy, parece estar extraviando: que mantener la confianza de los votantes lo es todo. Y que sin ella se pierde la esperanza y la capacidad de movilizar. Si Morena se permite defender a ultranza a Rocha Moya, se habrá permitido convertirse en una cofradía de ambiciosos que disputan el poder. Una hermandad de políticos que persiguen el cargo por el cargo mismo.
Según han reportado algunos analistas, “los morenistas” no quieren que la presidenta vaya tras Rocha Moya. A ello mi pregunta es ¿qué morenistas? Porque, entre los militantes de base, los votantes y la gente que de verdad importa, no hay un ápice de interés en protegerlo. No dudo que haya políticos de carrera y gobernadores que, temerosos de correr la misma suerte, buscan cobijar a Rocha, pero son los menos. En la calle, en el territorio donde Morena verdaderamente se fraguó, no existe más que el deseo de tener un partido más íntegro.
La dirigencia del partido lo sabe, pero tiene miedo de hacer lo correcto. Como ha reportado El País en más de una ocasión, dirigentes de alto nivel del partido le han hecho llegar a Rocha el mensaje de que renuncie. Hasta ahora, el gobernador se ha negado. Es tiempo de hacer efectiva su renuncia, o de lo contrario iniciar una investigación en su contra. La Fiscalía no debe ser instrumentalizada para protegerlo, porque si eso ocurre, nada queda. El movimiento habrá quedado en manos de sus peores cuadros.
Es verdad que el caso de Rocha Moya es una injerencia directa de Estados Unidos. Y es innegable que en el territorio, abajo, la gente anhela un México soberano, capaz de tomar decisiones sin presiones de Estados Unidos. Pero es mentira que el votante quiera anteponer esa soberanía a la lucha contra el crimen y la corrupción. La soberanía no puede ser pretexto para esquivar lo que toca hacer, que en este momento es conducir una investigación real y profunda sobre Rocha Moya. No hay indispensables.







































