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Yo, Donald Trump, soy el imperio al final de la decadencia

El manejo de la guerra de Irán evidencia los límites internacionales y la podredumbre interna del poderío de Estados Unidos

El presidente de EE UU, Donald Trump, durante la celebración de Pascua en la Casa Blanca, este lunes.Julia Demaree Nikhinson (AP)

El célebre verso inicial de un poema de Paul Verlaine reza: “Yo soy el imperio al final de la decadencia”. Difícil imaginar una mejor descripción de Donald Trump. El presidente de Estados Unidos amenazó con la muerte de la civilización iraní, pero lo que está muriendo es el imperio estadounidens...

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El célebre verso inicial de un poema de Paul Verlaine reza: “Yo soy el imperio al final de la decadencia”. Difícil imaginar una mejor descripción de Donald Trump. El presidente de Estados Unidos amenazó con la muerte de la civilización iraní, pero lo que está muriendo es el imperio estadounidense tal y como lo hemos conocido tras la victoria en la Segunda Guerra Mundial y, especialmente, en la Guerra Fría. Él es el emblema de esa decadencia, esa descomposición, como demuestra la repugnante ligereza con la cual profiere amenazas genocidas y la estupefaciente acumulación de reveses estratégicos.

Es oportuno analizar dos planos. El primero, interno, relativo al significado político profundo de un liderazgo como el de Trump. El segundo, internacional, relacionado con el significado geopolítico de la guerra contra Irán ―y el contexto en el que se inscribe―.

En el primero, lo que se ve es un presidente que lanza amenazas genocidas como si se tratara de un truco negociador más en un trato inmobiliario cualquiera en una esquina de Queens, que profiere urbi et orbi en una materia trascendental insultos y exabruptos propios de una barra de bar después de varias rondas. Trump preside con un liderazgo inmoral, arrogante, desbocado, que no quiere apoyarse en el conocimiento sino solo en lacayos, nepotista, extractivo, inestable. Está a la vista de todos, incluso de sus acólitos que, por interés, lo avalan.

El hecho de que nadie frene ciertos excesos, el hecho de que Trump haya conseguido regresar después de todo lo que demostró ―errar es una cosa, perseverar otra―, es un conjunto que habla de un fallo sistémico de Estados Unidos. Hay algo podrido en un sistema que otorga el poder dos veces a un liderazgo de esa índole y no es capaz de frenar ciertas derivas ―quienes lo intentan son destituidos o perseguidos―. A Obama le bastaron tres palabras hace una década para retratarle antes de que Trump ganara su primer mandato: unfit to lead ―no está capacitado para liderar―. Más de una década después, el sistema estadounidense no ha logrado metabolizar esa simple verdad.

En el segundo plano, lo que se ve es el enésimo episodio de una nación que, bajo ese liderazgo, comete errores estratégicos en cadena, evidenciando sus límites y las fortalezas ajenas ―sean las de China con el control de las materias primas estratégicas o las de Irán con el control del estrecho de Ormuz o incluso las de Europa que, con un mínimo de unidad, pudo repeler el anhelo anexionista sobre Groenlandia―. El aroma a impotencia y frustración es intenso.

El acuerdo alcanzado poco antes de la expiración del ultimátum para desencadenar el apocalipsis amenazado revela rasgos de esa impotencia. Los trumpistas pueden esgrimir que las amenazas hiperbólicas de su líder han convencido a Irán de aceptar un acuerdo que implica la reapertura del estrecho sin un pacto de paz omnicomprensivo y permanente, como venían reclamando. Y sin duda pueden sostener haber infligido graves golpes a la capacidad militar iraní y a su cúpula de mando con una tecnología ofensiva muy eficaz. Pero estas observaciones son solo un aspecto de una realidad muy problemática. Para ello, basta con fijar la atención en la asombrosa declaración del propio Trump que, en su red social, sostuvo que el plan de 10 puntos presentado por Irán es una “base trabajable”. Entre esos puntos hay cosas como la salida de las tropas de Estados Unidos de la región, control del estrecho con cobro de impuestos de paso y reconocimiento del derecho a enriquecer uranio.

Más allá del acuerdo, toda la aventura de la guerra ilegal contra Irán muestra grandes rasgos de impotencia. El poderío de Estados Unidos no consiguió doblegar al régimen, no consiguió arrastrar a sus aliados, no consiguió eliminar el residuo del programa nuclear iraní (que se había declarado obliterado el año pasado). El supuesto éxito es reabrir un paso que quedó cerrado a causa de su guerra. Si el trumpismo cree que las amenazas de su líder son una hábil táctica negociadora, el resto del mundo ha tomado nota con espanto de un mandatario desatado, exasperado, sin autocontrol ni control externo, lanzado a una aventura ilegal, ignorante ―una civilización no se mata salvo que se esté dispuesto al exterminio―, mal planificada.

Estados Unidos fracasó en Vietnam, fracasó en Irak, fracasó en Afganistán y, aunque el veredicto final no está escrito, tiene pinta de que fracasará en Irán. Se abre ahora una negociación compleja, y el tiempo aclarará el balance del desenlace. Los puntos nodales son por supuesto el estatus del estrecho ―con la pretensión iraní de cobrar el paso― y el del programa nuclear. Pero el balance, hasta ahora oscuro para Washington, y a los elementos ya mencionados hay que añadir que el régimen no solo sobrevive: incluso sale fortalecido. Y el agotamiento de los arsenales causará dificultades a Estados Unidos durante tiempo. El problema es que ―a diferencia de los fracasos anteriores― los errores actuales tienen peso doble porque hoy Washington tiene un competidor, China, más temible de lo que fue la URSS, y porque sus aliados observan ya con desprecio un liderazgo de rasgos neronianos.

Hoy, Estados Unidos ―y, desde luego, Israel― parece acercarse a esa etiqueta de Estado canalla que solía ir repartiendo por el mundo. Naturalmente, se trata de un concepto político sin definición formal y la categorización es discutible. Pero lean la definición que ofrece la Enciclopedia de la Seguridad Nacional de Estados Unidos, publicada por SAGE: “Nación que rechaza el derecho internacional y las convenciones de la comunidad internacional. Los Estados canallas son temidos y condenados en la comunidad internacional (o, al menos, otros Estados se sienten inquietos respecto a su liderazgo) porque rechazan la rendición de cuentas internacional. Su comportamiento en la toma de decisiones no sigue patrones tradicionales y reconocidos, y resulta difícil predecir qué harán”.

Estados Unidos ha cometido muchos abusos en el pasado, pero bajo Trump rechaza el derecho internacional hasta el punto de perseguir a los juristas del Tribunal Penal Internacional, es temido hasta por sus propios aliados y no sigue patrones tradicionales en un nivel sin precedentes, hasta amenazar con borrar de la faz de la tierra una civilización sin que ni siquiera mediara un ataque previo de esta.

Por todo ello ―por los síntomas internos e internacionales―, el imperio estadounidense se muestra en decadencia. Ello no significa que no mantenga asombrosos resortes de poder, que su sociedad no sea capaz de conseguir extraordinarios logros, que su vigor no pueda seguir consiguiendo cosas. Estados Unidos sigue siendo un país formidable, un competidor temible. Pero su liderazgo actual está provocando estragos en los cimientos sobre los que se fundó el imperio. Seguirá siendo una potencia, pero es otra cosa.

Curiosamente, si el verso de Verlaine parece una descripción perfecta de Trump, el sentido del poema en el que está incluido es antitético al espíritu de los tiempos trumpistas. Aquel habla de languidez, como expresa el título; esto en cambio va de acción desbocada, de ira, de prepotencia, de revanchismos. Pero, aunque por otro camino, Trump se parece mucho al imperio al final de su decadencia.

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